El Universo del Camino

aventura   

Yo estaba en medio de muchas cosas que atacaban mi mente. Antes de salir, durante la marcha del servicio, tuve la oportunidad de hacer parte de la institución como soldado profesional, pero debía iniciar todo el proceso: primero los trámites de documentos, luego los exámenes psicológicos y, por último, los exámenes médicos en Valledupar.

Todo el procedimiento era de suma importancia, pero también costoso. Solo en trámites y exámenes la suma alcanzaba unos dos millones de pesos. Yo sabía que no tenía ese dinero en su totalidad, lo que me obligó a hablar con mi familia en busca de respaldo. Entre mi madre, mi padre y algunos tíos reunimos una parte, y la otra tuvimos que pedirla prestada a un familiar, con condiciones claras: cada mes debía entregar puntualmente los intereses o devolver el monto total como retribución por el favor hecho de buena fe.

Después de mucho esfuerzo, salimos hacia Valledupar para continuar con todos los exámenes médicos requeridos. La lista era extensa y rigurosa, pues de esos resultados dependía la decisión de si éramos o no aptos para ingresar como soldados profesionales. Entre las pruebas se encontraban:

  • Audiometría tonal completa.

  • Radiografía de columna dorsolumbar y tórax.

  • Cuadro hemático.

  • VSG.

  • Hemoclasificación.

  • BUN.

  • Coprológico.

  • Creatinina.

  • Glicemia.

  • VDRL y FTA-ABS confirmatoria si la VDRL resultaba positiva.

  • Antígeno de superficie para hepatitis B.

  • Parcial de orina.

  • Electrocardiograma.

  • Electroencefalograma.

  • Ecografía testicular.

  • Examen de VIH.

  • Examen de hepatitis B en original y con vigencia no mayor a 45 días.

  • Radiografía panorámica dental.

  • Prueba de sustancias psicoactivas (narcotest).

Cada examen era un filtro más, un requisito indispensable que ponía a prueba no solo la salud física, sino también la disciplina y la paciencia de quienes aspirábamos a quedarnos.

En ese ambiente de tensión y espera ocurrió algo que me marcó. Un curso de compañía se acercó a mí con una mirada inestable y desesperanzada. Era Navarro. Me comentó que no había logrado conseguir el dinero para los exámenes y que, por tal motivo, su oportunidad de seguir adelante, después de tanto esfuerzo, se derrumbaba frente a sus ojos. No podía hacer más que esperar un milagro.

Resulta que Navarro había salido con la esperanza de ser respaldado por un préstamo que había acordado con un miembro de su familia, pero por un motivo que desconozco, le quedaron mal. Yo ya lo conocía bien: a él lo habían asignado como panadero, y como parte de mis labores en el casino debía ir a buscar el pan para el desayuno de los suboficiales. Ese contacto frecuente nos permitió conocernos mejor. Nos llevábamos muy bien; ambos éramos fieles lectores y deportistas, y gracias a esos espacios compartidos habíamos logrado forjar un nivel de amistad sincera.

Entendí de inmediato su situación, porque todos habíamos pasado por algo parecido. En mi caso, ya había pagado mis exámenes, cubierto el viaje, la estadía y lo demás, y aún me quedaba un millón libre. Ese dinero se lo confié, pero bajo una condición clara:

—Viejito, este dinero me lo prestaron y tengo que devolverlo, además de pagar intereses mensuales.

Él me respondió con confianza, como alguien que todavía creía que la vida le podía dar otra oportunidad:

—Tranquilo, cursito, que después de los exámenes vamos al curso y después seremos profesionales. No será difícil devolver el dinero.

Me di por entendido y le confié la plata, quedándome en cero. Luego regresamos a la unidad, al Batallón de Infantería Mecanizado N.° 6 en Cartagena, y lo único que quedaba era esperar los resultados.

Un día fui llamado por el encargado de la tramitación, un cabo primero. Fui con afán a atender el llamado, pero allí recibí la noticia más difícil:

—Torres, usted presenta un discreto defecto en la vértebra S1 de la espalda. Por eso no pasó.

Salí de esa oficina desalentado, sin saber qué hacer. Estaba triste, aburrido, con la dolorosa sensación de haberle quedado mal a todas las personas que me habían apoyado.

Al poco tiempo, recibí mensajes de orientación de varias personas, entre ellas Navarro y Fernández. Al enterarse de mis resultados, se acercaron al casino y me hablaron de la posibilidad de seguir. Me dijeron que, con un poco de dinero, podía “arreglar” algo con el examinador y que, una vez adentro, podía entrar en tratamiento o ajustar el trámite. La recomendación era clara: no quedarme quieto, porque de lo contrario no conseguiría nada.

En mi cabeza solo había una pregunta: ¿de dónde saco el dinero para volver a presentarme? ¿Acudo a Navarro para que me devuelva lo que le presté? Pero sabía que era una situación complicada, porque él aún seguía en busca del resto del dinero que le faltaba. Era imposible aparecer en medio de todo eso y exigirle: “devuélveme lo mío”.

La otra opción era acudir nuevamente a mi familia, pero ¿cómo explicarles que ya había tenido el dinero y lo confié a alguien más con la esperanza de que todo saliera bien? Ellos ya me habían apoyado y prestado antes; no quería poner en riesgo la confianza ni la economía de quienes me habían ayudado.

Además, el diagnóstico me tenía inquieto: un discreto defecto en S1. No soy médico, pero sé que la región sacra es delicada. Forzarme podría empeorar la lesión e incluso dejarme incapacitado. Estaba atrapado entre la presión económica y el miedo real a un daño físico; no sabía cómo actuar.

Desistí. Abandoné la idea de seguir con el procedimiento. Quería entender muchas cosas, empezando por ese defecto en S1: ¿desde cuándo lo tenía?, ¿qué podía representar para mi vida a largo plazo? Lo tomé como una señal.

Hablé con mi madre sobre los resultados. Lo único que recuerdo es su voz tranquila diciéndome:

—Amor, el camino de Dios es perfecto. Ahora ya tienes una nueva experiencia y nuevas cosas por aprender.

Sabía que lo que más me desanimaba era pensar que todo el dinero invertido en el trámite se había perdido. A eso se sumaba el resultado del examen de la columna, que me obligaba a reflexionar todavía más sobre mi futuro y sobre las decisiones que debía tomar.

Retomé mis obligaciones y dejé que el tiempo pasara. Cuando menos lo esperé, los muchachos salieron de la unidad rumbo a la escuela, entre ellos Navarro, Fernández y Algunos Epiayú. En un parpadeo ya estábamos en la ceremonia de retiro y, de repente, me encontraba en camino a casa.

Mientras iba en el carro, reflexioné sobre aquel dicho de que “el tiempo pasa volando”. En lo personal, lo confirmaba: apenas ayer, estando dentro, contaba las horas; y en menos de lo que canta un gallo ya habíamos jurado bandera, luego llegaron las primeras vacaciones y después, sin darme cuenta, estaba allí, sentado en un carro, pensando en lo que vendría ahora después de todo lo sucedido.

Retomé mis obligaciones y dejé que el tiempo pasara. Cuando menos lo esperé, los muchachos salieron de la unidad rumbo a la escuela, entre ellos Navarro, Fernández y Algus Epiayú. En un parpadeo ya estábamos en la ceremonia de retiro y, de repente, me encontraba en camino a casa.

Mientras iba en el carro, reflexioné sobre aquel dicho de que “el tiempo pasa volando”. En lo personal, lo confirmaba: apenas ayer, estando dentro, contaba las horas; y en menos de lo que canta un gallo ya habíamos jurado bandera, luego llegaron las primeras vacaciones y después, sin darme cuenta, estaba allí, sentado en un carro, pensando en lo que vendría ahora después de todo lo sucedido.

Fue una experiencia única, y en ese trayecto de regreso muchos recuerdos pasaron frente a mí como secuencias que sacudían mi vida: desde el día que salí de casa diciendo que me iría a prestar servicio, hasta el primer reporte de un caso de COVID-19 en la unidad, que obligó a medidas de acuartelamiento. Recordé también mi primera rapada de cabeza, hasta quedar con el cuero casi como la palma de mi mano; la orientación de suboficiales y oficiales, algunos más cuerdos y otros más locos; el robo desmedido de celulares en la compañía de instrucción; y la convivencia con decenas de personas bajo la supervisión de dragoniantes, quienes venían del área para cumplir funciones de mando sobre la nueva compañía. Eran molestos, la verdad, en especial si llegabas a conocerlos demasiado.

Son muchas las cosas que se viven en medio de la trayectoria como soldados, incluso si solo vas a prestar el servicio. Recuerdo muy bien cuando mi padre me preguntó qué me motivaba a irme, y sin pensarlo le respondí:

—Esto solo serán unas vacaciones.

Con el tiempo entendí que, más que vacaciones, fue una gran experiencia, llena de situaciones inesperadas que nunca pensé vivir y que marcaron un antes y un después en mi vida.

















Después de un tiempo de trabajo, hubo uno en especial que realmente me sorprendió. Lo detallaré en un capítulo aparte, porque significó una renovación y aceleró una adaptación que, de alguna manera, parecía apresurada. Además, en ese proceso tuve la fortuna de conocer a personas increíbles que dejaron huella en mí.

Fue allí donde comenzó a rondar en mi mente una idea que había nacido mucho antes, mientras leía un libro que me marcó profundamente: El joven samurái. De sus páginas nació el concepto del Peregrinaje del Guerrero, una motivación suficiente para lanzarme a una nueva travesía.

Ese pensamiento se convirtió en chispa, en motor, en el punto de partida de lo que vendría. Porque más allá de las pruebas vividas en la vida militar, entendí que aún me quedaba un camino personal por recorrer, un viaje propio que debía emprender con la misma disciplina, pero con un espíritu renovado.




El Peregrinaje de los Guerreros 


Me puse en contacto con Martínez por Facebook y, para mi sorpresa, respondió casi de inmediato. Amablemente me dijo que, en cuanto bajara el sol, saldría hacia mi casa. Así quedó acordado.
A Martínez lo había conocido durante mi tiempo en el servicio militar, en uno de esos días típicos de selección de grupos. Los domingos, antes de realizar el mantenimiento personal, se formaban secciones de hombres para encargarse de las labores de limpieza en las unidades. Aquella vez, seleccionaron una sección de seis o más soldados —no recuerdo si fueron una o dos secciones— y nos enviaron al casino de oficiales.

En medio de la marcha estaba Martínez, rumbo al mismo sitio que yo para realizar mantenimiento. Nos asignaron trabajar en equipo y, casi sin proponérnoslo, una buena charla selló el inicio de nuestra amistad. Martínez hablaba con una facilidad natural, siempre alegre, y era capaz de reírse de cualquier cosa que le pareciera graciosa. Su manera de reír, contagiosa y auténtica, era su amuleto más distintivo.

Desde el primer instante se notaba que era una persona humilde, sin pretensiones. Y para completar, descubrimos que casi éramos del mismo barrio, un detalle que reforzó aún más la cercanía.

 por me casualidades difíciles de explicar, después de la compañía de instrucción terminamos casi en el mismo sitio de labor: él en el casino de oficiales y yo en el de suboficiales. Nos asignaban funciones distintas, pero, en la práctica, nuestras rutinas nos hacían coincidir una y otra vez. A veces él mismo me buscaba para preguntar dónde estaba, y al final terminábamos trabajando hombro a hombro.

Esa constante cercanía nos llevó a compartir más de lo que imaginábamos. Entre tareas, cambios de actividad y charlas improvisadas, la relación se fue fortaleciendo. No era solo cumplir con lo que nos pedían; era también reírnos de las dificultades, apoyarnos en los momentos de cansancio y descubrir que, incluso en medio de la rigidez militar, había espacio para la amistad sincera.

Al final, más que una obligación, todo aquello se convirtió en una travesía compartida, un recuerdo que marcaría el inicio de algo mucho más grande que vendría después.



Por la tarde salí hacia la tienda de los recuerdos, aquel lugar que le di de referencia para que pudiera acercarse a mi casa. Esa tienda era muy conocida en el barrio, así que no tuvo problema para ubicarla. Yo ya lo esperaba, pues había visto su mensaje que decía: “Viejito, voy saliendo”. Así que aguardé con calma su repentina aparición.

Después de un rato lo vi: ahí venía mi amigo. Y sí que habían cambios, empezando por el cabello; en serio fue una sorpresa verlo con el pelo tan largo. Desde lejos, al verme, gritó:

—¡Torres!

Aquello llamó aún más mi atención. Se acercó con una gran sonrisa y me dijo:

—¿Cómo va todo, viejito?

Nos dimos un buen abrazo y comenzamos la charla camino a mi casa, apenas dos cuadras atrás de donde estábamos.

Nos pusimos al corriente casi de inmediato. Martínez empezó a hablar de lo dura que estaba la situación y del aburrimiento que sentía porque su mujer se había ido a su tierra, precisamente por las dificultades económicas. Entre otras cosas, me confesó que estaba inquieto: quería trabajar y empezar a conseguir lo necesario, pues, además de todo, su exmujer estaba embarazada.

Esa noticia, aunque estaba cargada de preocupaciones —porque después de que ella se fue, su familia los criticó de mil maneras—, le generaba también una gran ilusión.

Martínez conoció a esa muchacha por Facebook, y en serio que estaba pasando por la mejor etapa del amor. Cuando se trataba de hablar con ella, mi amigo parecía desvanecerse, solo para prestarle toda la atención a lo que decía su amada. Lo recuerdo muy bien: recibió varios llamados de atención porque solía desaparecer de vez en cuando únicamente para comunicarse con ella y con su familia.

Nunca llegué a pensar que una relación por Facebook pudiera solidificarse de tal manera. Además, había que tener en cuenta que ella vivía en la zona bananera, más allá de Santa Marta, a unas tres horas en bus sin interrupción. Pero bueno, al final se la trajo a vivir con él.

Al principio todo marchaba bien, pues Martínez estaba trabajando en construcción. Sin embargo, ya sabemos cómo son esos trabajos: rápidos, inestables y con la suerte de que a veces pagan puntual… y otras veces no.

Esa inestabilidad terminó afectando la relación, llevándolos a circunstancias difíciles de superar. Después de apenas dos o tres meses de convivencia, ella decidió regresar a su hogar. Estoy seguro de que Martínez quedó muy desalentado por todo ese proceso: primero el entusiasmo del amor, luego la separación y, como si fuera poco, la noticia de que ella estaba embarazada. Todo eso comenzó a rondar en su interior, llenándolo de incertidumbre y preocupación.

Aun así, él insistía en esmerarse. De hecho, una de las primeras cosas que me preguntó, después de ponernos al día, fue por trabajo. Y no era para menos: a poco de pasar la crisis del COVID-19, las oportunidades laborales estaban más escasas que nunca.

Todos pasábamos por algo similar. En Riohacha, La Guajira, la situación estaba realmente apretada. Se conseguía lo justo para sobrevivir, y no exagero: después de dos años y cuatro meses de emergencia sanitaria, muchas familias habían tenido que recurrir a todo lo posible con tal de mantenerse en pie.

En medio de tanto desafío, cualquier relación joven tenía pocas probabilidades de resistir. Y eso era justamente lo que enfrentaba Martínez: la ilusión de un hogar recién formado contra la dura realidad de un país que apenas comenzaba a levantarse de la pandemia.

Después de cotorrear 

Tras un buen rato de charlas y risas, nos pusimos serios. Entonces toqué el tema que llevaba tiempo rondándome en la cabeza: viajar, de la manera más humilde posible, en bicicleta, hasta donde la vida quisiera llevarnos.

La gran sorpresa fue ver la cara de Martínez al escuchar lo que le proponía. Sus gestos mostraban una emoción verdadera, como si hubiera estado esperando una idea así desde hacía mucho. En menos de lo que canta un gallo, lo había asimilado.

Pero, en medio de aquella conversación, comentó algo que me reveló su auténtica motivación:
—Podemos llegar más allá de Santa Marta, incluso pasar por la zona bananera —dijo con determinación.

En ese momento lo entendí todo. Su entusiasmo  no era solo por aventura; había razones más profundas que lo impulsaban a aceptar sin pensarlo. Y yo, sin dudar, le respondí:
—¿Por qué no? Si contamos con suerte, incluso podríamos construir una vida después de un largo tramo de marcha, o llegar a un lugar inesperado.

Esa posibilidad, tan incierta como esperanzadora, le agregó un aire de magia a cada una de las cosas que habíamos propuesto.

Desde ese punto comenzamos a organizar lo esencial: lo que necesitábamos llevar y lo que debíamos conseguir para lanzarnos al camino. No había marcha atrás. Sin darnos cuenta, ya habíamos dado el primer paso en esta travesía.

Así, entre la emoción y la incertidumbre, nació esta aventura que estoy a punto de relatar con la mayor cantidad de detalles que pueda, porque cada instante, cada decisión y cada kilómetro recorrido dejaron una huella imposible de olvidar.

Me acuerdo que, de manera rápida, hicimos un inventario imaginario de lo que debíamos conseguir para lanzarnos al viaje. Lo primero era la bicicleta de Martínez, pues yo ya tenía la mía: se la había comprado a un viejo amigo y, desde entonces, se convirtió en mi medio de transporte más común.

Con ella iba a todos lados y, en más de una ocasión, me llevó a lugares donde construí recuerdos valiosos. Era más que un simple vehículo; era una compañera de camino, testigo de mis andanzas y de mis escapadas.

Claro, también había limitaciones inevitables: el cansancio, el sol abrazador y, a veces, la flojera que intenta detenerte. Pero al final, la bicicleta siempre me recordaba que, con voluntad, uno puede llegar mucho más lejos de lo que imagina.

Después de la bicicleta, seguimos con la lista: calderos, cuchillo, sartén y cucharas. Eso era lo esencial. Luego entramos en el campo de provisiones y en todo lo que debíamos conseguir para el viaje.

La comida era un punto clave: teníamos que llevar lo suficiente, porque los dos éramos comelones y, sinceramente, ese era uno de los temas que más nos preocupaba. Después pensábamos en dónde dormir, las herramientas básicas para cualquier imprevisto y, por supuesto, un buen machete. Esa era una herramienta indispensable: serviría tanto para cortar ramas como para partir leña.

Una vez identificadas las necesidades, pasamos a considerar el presupuesto. Yo tenía alrededor de $300.000 mil pesos, fruto de mi trabajo en la flor de Cali y de lo poco que había logrado ahorrar. Martínez, en cambio, apenas contaba con $50.000 mil pesos, pero aportaba algo que no tenía precio: un caldero, un machete y varias herramientas que nos ahorrarían un buen gasto y que, además, representaban la base práctica de todo lo que necesitaríamos en el camino.

Después de imaginar, hablar e incluso tomar apuntes de todo lo que debíamos obtener, en nosotros ya había una chispa de realismo puro respecto a lo que queríamos hacer. Esa era la verdadera iniciación: no solo soñar con el viaje, sino demostrar nuestro interés en cada detalle, en todo lo necesario para hacerlo posible. Creo que tuvimos en cuenta demasiadas cosas importantes; a simple vista ya teníamos una buena idea de lo que era la aventura y estábamos dispuestos a ponerla a prueba. En serio, nadie va a creer esto, pero éramos dos desocupados que empezaron a inventar algo aparentemente innecesario, solo por buscar un incentivo para vivir lo más plenamente posible.

Terminamos la primera etapa y quedamos en que lo siguiente era encontrar una bicicleta para Martínez, ya que él no tenía. Por la noche nos despedimos, con el compromiso de vernos al día siguiente para salir en busca de una buena nave que nos acompañara en el viaje. Se nos había hecho un poco tarde, así que cada uno tomó rumbo al descanso.

—Hasta mañana, Torres. Mañana encontraremos una bicicleta —me dijo Martínez antes de irse.

Le respondí con una sonrisa:

—De seguro, esta será una gran aventura. Cuídate en el camino a casa.

No sé qué pensaba Martínez en ese momento, pero yo sí sabía lo que sentía: desde ese primer paso de hacer inventario y tener en cuenta todo lo necesario, dentro de mí ya había una gran emoción que emergía desde el pecho. Esa noche, al tirarme en la cama y mirar el techo, confirmé lo que ya intuía… estaba listo para comenzar con esto.

Después de levantarme muy temprano, como era mi costumbre, comencé con una buena rutina de ejercicio. Luego hice un poco de meditación y terminé con una caminata, esperando la salida del sol en aquella nueva mañana. Esa era mi sección matutina habitual. Sin embargo, ese día fue distinto: había una energía nueva en mí, algo que solo podía describirse como pura emoción.

Tenía en mente todo lo que habíamos hablado la noche anterior, y estaba claro que la iniciativa seguía intacta. Me llenaba de preguntas: ¿cómo sería el trayecto?, ¿qué nos esperaría en el camino?, ¿acaso nos faltaba algo importante para el viaje?

Regresé a casa alrededor de las 7:35 a.m., saludé a mi familia y puse al tanto a mi madre sobre lo que tenía planeado. La verdad, no puso ningún pretexto; creo que reconoció en mis ojos las ganas que tenía de llevar a cabo ese nuevo reto.

Después de la charla, tomé el teléfono y vi notificaciones de mi amigo, saludándome y poniéndome al tanto sobre la posibilidad de conseguir una bicicleta en su barrio. Lo llamé y le pregunté de qué se trataba, dónde las vendían y en qué rango de precios se manejaban. Me contó que un señor, además de ofrecer servicio de reparación, también vendía bicicletas que él mismo armaba pieza por pieza, y justo tenía una grande disponible. Ese se convirtió en el primer objetivo del día respecto a nuestros planes.

Esta vez me tocaba a mí ir en mi bicicleta, aunque tendría que esperar hasta la tarde, cuando bajara el sol, pues la mañana estaba deslumbrante y poderosa. Además, el señor de las bicicletas solo estaría disponible más tarde porque en la mañana trabajaba en su taller. Martínez me dijo que tampoco estaría en casa en esas horas.

Así que, tras cuadrar mi visita a su casa para la tarde, seguimos hablando sobre herramientas y utensilios. Confirmamos que él contaba con el caldero, la cuchara, además de pegamento y parches para reparar por si nos pinchábamos en el camino.

Por la tarde salí con calma rumbo al Dividivi, el barrio donde vivía Martínez. Aunque quedaba un poco retirado, en bicicleta el trayecto no pasaba de diez minutos. Antes de salir lo llamé para avisarle que ya iba en camino y le pedí que me esperara en la vía.

—Dale, yo te espero después del colegio. El Densi, a la esquina a la izquierda, ahí estaré —me respondió.

Con esa indicación me puse en marcha. La carretera estaba en muy buen estado, lo que facilitaba el pedaleo y hacía que todo fluyera más rápido. En menos de lo que canta un gallo ya estaba frente a Martínez, que me esperaba sentado, tranquilo, como si el tiempo hubiera pausado solo para ese encuentro.

Saludos de por medio, nos pusimos en marcha hacia el punto donde vendían el vehículo que tanto buscábamos. Así que los dos salimos en la bicicleta, como si fuéramos hermanos. Martínez iba en el “caballo” y yo conducía, poniendo toda la energía que podía generar en cada pedaleo. La velocidad en la bicicleta no se regala: hay que lucharla, y eso mismo hace que el trayecto sea más interesante.

Llegamos al sitio. La casa tenía, en la parte de enfrente, unos garabatos poco llamativos hechos con marcador que decían: “Se vende y repara bicicleta”. Gracias a esos garabatos se volvió justo ese el lugar que había venido a la mente de Martínez al saber que necesitábamos una. Afuera, un señor trabajaba con un martillo, golpeando la base de un pedal para enderezarlo.

Lo saludamos con un “buenas tardes” y, sin perder tiempo, Martínez se encargó de las negociaciones.

—Amigo, estoy buscando una bicicleta que esté buena, que sea grande, como esta —le dijo, enseñándole la mía—, y que tenga frenos, de preferencia.

El señor, atento, respondió rápidamente que solo contaba con una de ese tamaño. Entró a su casa y salió con ella. No era la bicicleta más pulida a primera impresión, pero estaba en buenas condiciones: las ruedas firmes, freno trasero en orden y un sillín bastante decente.

—Vean, esta es. Es la que estoy usando para mí mismo —explicó el hombre—. Mi negocio es reparar, arreglar y vender, pero mientras espero a que aparezca algún interesado, las utilizo para movilizarme.

Después de hablarle un poco, la recomendación del señor fue clara:

—Pruébela, dé una vuelta, y si le gusta, pido 160.000  mil pesos.

El precio no estaba mal. Obviamente, la bici tenía detalles de pintura y hasta un sonido raro en uno de los pedales al ponerse en marcha. Pero, después de la prueba que dio Martínez, terminó diciéndome que, para su parecer, estaba bien.

Procedimos a negociar.

—Amigo, ahí tengo 150.000, si me los recibe… Venga, que no está mal, pero tenga en cuenta que tiene bastantes detalles —le dijo Martínez, con su sonrisa característica.

El señor, que sabía de negocios, no se dejó convencer tan fácil.

—Bueno, 155.000 y se la llevan.

Como malos negociantes que éramos, y viendo que tampoco era una diferencia tan grande, flaqueamos en el precio. Cerramos el trato, entregamos el dinero, dimos las gracias y salimos con la nueva adquisición.

La emoción era evidente. Habíamos dado un paso enorme: conseguir la bicicleta era lo primero en nuestra lista, y ahora ya estaba en nuestras manos. Incluso nos echamos una buena carrera de camino a la casa de Martínez. Y sí que se notaba la energía en esas ruedas: con un plato grande, la marcha era potente, bastaba con un par de pedalazos para sentir la fuerza del avance, aunque Martínez quedó agotado, porque había un intercambio de fuerza enorme para mantener una buena marcha.

En medio de la emoción, Martínez solo dijo:
—Está poderosa, y tengo que darle con ganas si quiero acostumbrarme rápido a ella.

Yo también quería probarla, así que se la pedí prestada. Apenas me monté, me sentí raro: cuando uno ya está acostumbrado a su bicicleta, lo toma por sorpresa la sensación de montar otra. La diferencia era inmediata: esta se sentía más alta y, en serio, corría, pero había que apretar pierna. Creo que cada pedalazo en esta bicicleta equivalía a cinco en la mía.

Después de probarla, ya era hora de regresar a casa.

Quedamos en encontrarnos nuevamente al día siguiente, pues debíamos conseguir la parrilla trasera para las bicicletas. Era fundamental fijárselas: ahí pondríamos todo lo que cargaríamos como equipaje básico para el viaje. Contar con esas parrillas nos daría comodidad al pedalear, evitando llevar el peso en la espalda con bolsos o morrales.

Con eso dimos por terminado el día. Al día siguiente, nos encontramos como a las nueve de la mañana y salimos rumbo al mercado. Íbamos como pilotos de motocross: llegamos súper rápido, sudados y casi deshidratados. Allí, entre los pasillos llenos de piezas de segunda mano, tomamos agua y nos pusimos a buscar lo que necesitábamos. Seguramente encontraríamos la parrilla para la bici de Martínez, ya que yo ya contaba con una que solo debía instalar.

fuimos directo a un local donde ya había estado antes y en donde me habían reparado la bicicleta en varias ocasiones. Justo en ese momento, el señor que atendía estaba reparando una bicicleta número 26. El solo verla nos generó una gran ilusión: su diseño era más compacto, con ruedas más grandes y un sistema de cambios eficiente.

Lo que nos atrajo: tamaño imponente, diseño compacto y llamativo, múltiples cambios de velocidad, silla cómoda y ruedas fuertes para todo terreno



El hombre, al notar nuestro interés, nos la mostró con orgullo, como dejándola a nuestra disposición. Y es que, al imaginarla en el viaje, nos parecía que no solo sería más confortable, sino también llamativa. Ese tipo de bicicletas transmite la sensación de resistencia y aventura, como si llevara escrito que está hecha para caminos largos y desafiantes.

Pero bueno, ya teníamos nuestras bicicletas. Puede que no fueran tan llamativas como una número 26, con cuadro de aluminio, frenos de disco y hasta sistema de amortiguación, pero estaban en buenas condiciones, eran más tradicionales y, lo más importante, nos llevarían a donde quisiéramos. Y con eso era suficiente.

Después de fantasear un rato con lo genial que sería tener máquinas tan poderosas como esas, volvimos a lo nuestro y empezamos a hablar con el señor que reparaba bicicletas.

—Amigo, ¿usted de casualidad tiene una parrilla para esta bicicleta? —le pregunté, señalando la de Martínez.

El hombre la miró de arriba abajo y respondió sin pensarlo mucho:
—Sí, tengo una en veinte mil. Se las puedo vender si quieren, se las muestro.

Asentimos de inmediato.
—Listo, muéstrela a ver si los vale —dije con expectativa.

El señor salió un momento y regresó con la parrilla en la mano. Mientras la sostenía, agregó:
—Vean, una parrilla nueva vale hasta noventa mil pesos. Esta es de segunda, pero está lista para usar. En veinte mil está más que bien.

Y tenía razón: para nuestro plan, era perfecta.

¿Qué puedo decir? Las cosas de segunda, y más a ese precio, siempre tienen sus detalles. Esta parrilla, en particular, tenía algunas peladuras por el maltrato del uso, pero venía con sus tuercas y, lo más importante, le encajaba perfectamente a la bicicleta de Martínez. Con eso fue suficiente para dar por cumplido el segundo objetivo de nuestro viaje: preparar el medio para cargar las cosas que serían nuestros lastres indispensables, como comida y provisiones.

Regresamos a casa, ajustamos todo con calma y, entre la emoción y la expectativa, empezamos a hablar sobre lo que vendría después.
—Bueno, mañana traemos todo lo que vamos a utilizar: ropa, hamacas, calderos, cuchillos… —dije mientras hacía un repaso mental.

La idea era reunir todo y asegurarnos de que nada faltara. Ese paso era clave: revisar bien antes de salir, porque sabíamos que en el camino cada detalle contaría. 

Pero no esperamos hasta mañana. Empecé yo a sacar de una lo que tenía: primero mi hamaca con sus cuerdas, luego unas llaves, la ropa y los zapatos. También llevé conmigo un machete que había sido de mi abuela; era más corto que el de Martínez y, de inmediato, se notó que era mucho más cómodo para cargar.

A eso le sumé un litro de aceite de oliva,  panela en polvo y algunas cosas que había conseguido gracias a María Fernanda, una señora con la que trabajé y que, antes de irse, me las dejó. Como caído del cielo, todo aquello se acoplaba perfectamente a nuestro plan.

Después de eso nos fuimos a comprar arroz, salchichón en manguera, una sardina, cebolla, ajo, sal, cebollín y un par de cubitos de Maggi. Llevamos todo a la casa y lo dejamos junto a lo relacionado con el viaje, bien organizado para no olvidar nada. Con eso dimos por cumplida la jornada y procedimos a despedirnos, con la idea de retomar mañana con calma, pues ya habíamos avanzado un poco mas.

No sé por qué, pero yo estaba sobrepensando las cosas; no quería que nada faltara. Mi mente me repetía: “No podemos olvidarnos de dónde guardar el agua, ni de llevar fósforos, la bomba para inflar, mecates —que siempre hacen falta—, pan de queso y algunas galletas”.

En eso, me acerqué a una pequeña panadería cerca de casa que conocía. Pedí un pan de queso grande, que costó 7.000 pesitos. El agua la llevaríamos en una botella de litro y cuarto.

Al día siguiente, comencé a buscar entre las cosas de la casa, verificando con calma qué podía servirme para acondicionar mejor el viaje. Entre todo lo que revisé, me encontré con una sintela muy útil para cubrirnos en caso de lluvia. Lo particular era que era camuflada, con ese aspecto militar que la hacía llamativa. Poco me importó la apariencia; lo que realmente me interesaba era su utilidad. Aunque había escuchado que llevar prendas o cosas de uso militar podía traer problemas —como regaños o incluso que te las quitaran— decidí llevarla igual.

También encontré unos parches de neumáticos, que aseguré de inmediato. Aprovechando la actividad, organicé el espacio y, casi sin darme cuenta, terminé lavando mi bicicleta.

La guerrera #1

Ahora está pintada de negro, pues un buen amigo se encargó de hacerlo, pero recuerdo que en rojo se veía espectacular. Aun así, me gustaba como estaba: freno delantero y trasero en buen estado, balineras engrasadas y la silla en condiciones únicas. No era una bicicleta fea; al contrario, ya limpia se veía aún más bacana. Le pasé un cepillo de lavar ropa a las llantas y recuperaron un color fresco, como restaurado, que le dio más presencia. En serio, cualquier cosa limpia se ve bacana.

Por la tarde apareció mi amigo, sudado, y me gritó mientras pasaba a mi lado:

—¡Torres, lavando la nave!

—Sí, ya la estoy secando. ¿Cómo se ve?

—¡Usss, está como nueva! —respondió entusiasmado.

Casi estaba terminando cuando Martínez, motivado por la misma idea de rejuvenecer su bicicleta, se animó a hacer la misma magia. Comenzó el lavado con ganas, y en poco tiempo la dejó limpia, la secó y quedó lista.


Esta foto fue recreada,
nunca le tomamos una foto
.

Nos sentamos un rato a contemplarlas, y yo le dije:

—Ya casi salimos. ¿Estás preparado, Martínez? De a poco hemos conseguido lo que necesitamos. ¿Aún quieres ir?

Él me afirmó sin dudar:

—Ya estoy preparado. ¿Cuándo salimos?

—¿Qué tal mañana? —le dije—. Ya tenemos todo, solo falta meter las cosas básicas en nuestros bolsos, organizarlas en la parrilla. Yo ya tengo unas cuerdas de neumáticos que pueden ser de mucha ayuda para amarrar, y listo.

—Bueno, no se diga más. Yo voy a buscar lo que me hace falta en la casa. Vengo cuando el sol baje y duermo acá en la hamaca para irnos temprano.

—Listo —afirmé.

La emoción se sentía de inmediato: ya partiríamos. Era hora de salir en busca de una historia que ahora puedo narrar con lujos de detalles, una historia que me dejó muchas enseñanzas y momentos difíciles de los cuales aprendimos ambos.

Ya con los vehículos listos, el entusiasmo por lanzarnos a la aventura nos gritaba en el pecho. Martínez llegó con sus cosas, colgó su hamaca y se echó a dormir. Saldremos al amanecer, pensé.

Pero es curioso: justo cuando estás a punto de marchar, la mente lógica aparece con sus rumiaciones. Empieza a sembrar dudas: “¿En serio voy a salir de casa? ¿Será seguro lo que voy a buscar? ¿Vale la pena tanto esfuerzo sin una recompensa clara?”. De repente, es como si un balde de agua fría cayera sobre el entusiasmo.

De niños, la curiosidad nos bastaba para lanzarnos a cualquier experiencia. En cambio, de adultos el cálculo pesa: el tiempo y la energía son limitados, y la mente siempre pregunta si lo que viene traerá utilidad o satisfacción. Si no lo ve, aparece la pereza, la desmotivación o la tentación de posponerlo todo.

Aun así, yo sabía que debía continuar. Estas aventuras no ofrecen certezas ni recompensas inmediatas. Lo que entregan es algo más profundo: la experiencia de abandonar la comodidad sin una justificación clara, el impulso de probarse a uno mismo y descubrir qué hay más allá de lo cotidiano.

El amanecer me encontró despierto antes que todos. Me levanté en silencio, con esa mezcla de nervios y emoción que no deja dormir del todo. Caminé hasta donde estaba Martínez, todavía envuelto en su hamaca, y lo llamé con suavidad. Bastó un par de palabras para que abriera los ojos y se incorporara con una energía sorprendente, como si también hubiera estado esperando ese momento.

Nos alistamos rápido: nos lavamos la cara, los dientes y preparamos lo necesario para el inicio del viaje.

Después fui a despertar a mi madre para despedirme. Ella salió a verme partir. La miré con algo de nostalgia, y mientras sacaba la bicicleta detrás de Martínez, le dije con firmeza:

—Madre, te llamo cuando pueda.

Lo curioso es que ni Martínez ni yo llevábamos teléfono ni nada con qué grabar. Ahora que lo pienso, estábamos locos. Sin embargo, no me subestimen: como un salvavidas, apunté en un pequeño papel algunos números de personas conocidas, por si acaso. Entre ellos estaba Beltrán, un gran amigo de armas del ejército, con quien comparto muchas afinidades, como el gusto por el entrenamiento en artes marciales. Ese papel era mi única “conexión” con el mundo exterior, y aunque simple, me daba cierta tranquilidad en medio de tanta incertidumbre.

Mi madre, aunque un poco desconcertada con mis decisiones, nunca me detuvo. Simplemente me apoyó y me permitió avanzar, como si entendiera que ese camino, con todo y sus riesgos, era necesario para mí.


DESDE RIOHACHA HASTA SANTA MARTA ERAN 177.2 KILOMETROS.

El día de la partida

Para empezar, debo ofrecerle a mi lector un poco de información geográfica sobre mi trayecto. Riohacha es mi tierra: allí nací y crecí. No sé si también moriré en ella, pues hoy me encuentro acomodado en otro lugar, aunque nunca dejo de extrañarla.

Echo de menos las mañanas de ejercicio, las tardes de lectura, la calma que traen las horas finales del día y el sencillo confort de aquella casita humilde que, aunque modesta, siempre fue un verdadero hogar. Creo que, de algún modo, todos extrañamos nuestras raíces, esos cimientos que nos sostienen y nos recuerdan de dónde venimos.

Retomando, Riohacha es el punto de partida de este viaje. Quizás algunos nunca hayan escuchado este nombre en toda su vida —no me ofende—; es comprensible: estamos apartados, en un rincón que, sin embargo, guarda riquezas. Riohacha, aunque no sea gran ciudad como otras capitales, se siente grande en su corazón: tiene playas hermosas, un sazón costero que acaricia el paladar, música vallenata en los labios de su gente, y las artesanías wayuu, cargadas de color, historia y manos maestras. Pero el turismo aún camina despacio por nuestros senderos.

Una de las celebraciones que más llama la atención es el Festival del Vallenato, una fecha esperada por los guajiros. No siempre llegan multitudes desde lejos, pero cada año llega quien busca la música, la fiesta, y conocer lo nuestro: nuestra calidez auténtica, los platos que saben a mar, a tierra y a nostalgia, y los recorridos que revelan la belleza agreste de nuestra Guajira.

Desde Riohacha parten los tours que atraviesan Manaure —con sus salinas icónicas—, Uribia, y se internan hacia paisajes desérticos que parecen pintados, dunas, bahías como Hondita, hasta llegar al Cabo de la Vela, donde el desierto se encuentra con el mar, continúa hasta Punta Gallinas, el punto más al norte de la América continental, con su faro solitario, sus acantilados, sus dunas como la de Taroa. Y aunque el sol cae con fuerza y el calor es parte inseparable de nuestra geografía, es justamente ese clima ardiente el que le da vida al desierto, a las salinas y al brillo del mar que nos rodea.

Mi abuela solía decir que “somos de sangre caliente”, y no lo mencionaba solo por el calor que nos envuelve día tras día, sino por esa energía que llevamos en la piel y en el espíritu. El sol nos marca el carácter: firme, resistente, pero también alegre y abierto. Nuestra posición geográfica, en la frontera donde el Caribe se funde con el desierto y muy cerca de la Sierra Nevada de Santa Marta, hace que aquí se sientan con fuerza los vientos, la aridez y las temperaturas intensas. Es el calor el que moldea nuestros días, el que pinta de dorado las dunas, el que brilla sobre las salinas y el que, de algún modo, también se refleja en la calidez con la que recibimos a quienes llegan a conocernos.

salimos a las  4:40 am. un día sábado 

Arrancamos cargados de confianza, convencidos de que nada nos podía detener. Reinaba en nosotros un hambre inmensa de verdadera aventura, aunque lo cierto es que no teníamos en cuenta muchas cosas… muy pocas, en serio.

¿Quién sale de casa a buscar lo que no se le ha perdido? Pues nosotros.

Dejamos el barrio y tomamos la calle 40, directo hasta la obra donde levantaban lo que sería la nueva cárcel de Riohacha. Desde ese punto cruzamos a la derecha y, después de avanzar al menos un kilómetro, comenzó el verdadero viaje: las llantas rozando el asfalto, el viento a favor y nuestras piernas dispuestas a sufrir.

Desde Riohacha hasta Santa Marta nos esperaba un camino largo, incierto y lleno de pruebas, pero también de paisajes y descubrimientos que solo quienes se atreven a rodar pueden conocer.

El primer recuerdo que nos envolvió fue el olor a mar. Desde todas partes se hacía notorio, persistente, casi como una bienvenida a nuestra travesía. Ese aroma es parte de la identidad riohachera: nos recuerda que estamos en tierras pesqueras, donde el mar ha sido alimento y refugio durante siglos.

Desde el barrio de las delicias  hasta sectores como Cachaca 1, 2 y 3, la pesca no es simplemente un oficio: es una tradición que atraviesa generaciones. Los wayuu la practican desde tiempos ancestrales, y los apalachis —pescadores afrodescendientes y mestizos— la heredaron y adaptaron con sus propias técnicas. Hoy en día, con chinchorros tejidos a mano, canoas y redes, las familias extraen mojarras, róbalos, pargos y camarones que no solo nutren sus hogares, sino que también llegan a los mercados locales y sostienen gran parte de la economía de nuestro pueblo grande.

El mar Caribe, que baña nuestras costas, es visto con respeto y reverencia por los wayuu: no solo como un recurso, sino como un ser vivo que provee y enseña. De él dependen tanto la mesa humilde del pescador como la riqueza cultural que nos identifica. Es, en definitiva, una fuente de vida que une tradición, sustento y esperanza.

Avanzábamos con entusiasmo; todo parecía fluir con naturalidad. El viento a favor era el mejor aliado de un ciclista, y aquel amanecer sobre la Troncal del Caribe nos ofrecía un clima extraordinario. El sol aún no asomaba del todo y la carretera se sentía tranquila, serena, como hecha a nuestra medida.

No estábamos solos en el asfalto. A nuestro lado rodaban equipos de ciclistas y aficionados que aprovechaban la calma de la mañana para entrenar y disfrutar de una buena pedaleada. También era común ver a jóvenes y adultos wayuu en sus bicicletas, algunos rumbo a la orilla del mar, otros cargando carbón. En estas tierras, la jornada comienza antes de que el sol se imponga con toda su fuerza.

Martínez mantenía un buen ritmo y el ánimo de marcha se sentía firme. En el trayecto pasamos por numerosos letreros con nombres de comunidades y villas: Comunidad Palasmana, Villa Kashi… cada nombre evocaba la vida que florece a lo largo de este camino.

Hombre cargando carbón



  

Dato cultural wayuu:
El carbón en las comunidades wayuu se produce mediante un método tradicional transmitido de generación en generación. La madera —troncos caídos o ramas gruesas— se acomoda en un hueco abierto en la tierra, con dos respiraderos laterales para controlar la entrada de aire. Luego se cubre con una lámina de metal o con tierra, formando un horno artesanal. El fuego se mantiene lento y constante durante horas, incluso días, bajo la atenta vigilancia de los jóvenes de la comunidad.

Cuando al fin se retira la cobertura, emergen los trozos de carbón: negros, livianos y listos para ser transportados. Muchos terminan sobre bicicletas, rumbo a restaurantes que los compran por bultos, o en pequeños negocios de distribución como el que manejaba mi abuela. Ella vaciaba los sacos grandes y los reempacaba en bolsas pequeñas, vendiéndolos cada día. Era un trabajo constante que aseguraba el sustento semanal de la familia.

Así era como entendíamos la verdadera historia: lo que se aprendía con el tiempo y se desplegaba ante nuestros ojos mientras pedaleábamos hacia Santa Marta. El camino estaba vivo con escenas cotidianas: camiones repletos de guineo verde para las plazas, o “chiveras” abarrotadas de personas y chivos, camino al mercado nuevo. Cada imagen formaba parte de un mismo río cultural, donde lo ancestral y lo presente se encontraban en movimiento.


puente del rio ranchería

El Río Ranchería, el más importante de La Guajira, nace en la Sierra Nevada de Santa Marta y atraviesa el departamento hasta llegar al mar Caribe en Riohacha. Es vital para las comunidades wayuu y para la ciudad, pues de él depende el abastecimiento de agua y muchas actividades económicas. Sin embargo, al pasar por el puente noté que el río estaba quieto y con un tono verdoso, lejos de la imagen de un cauce limpio y enérgico. Esa apariencia se debe a los largos periodos de sequía que reducen su caudal, al crecimiento de algas por la falta de movimiento y también a las intervenciones humanas, como los desvíos para riego y minería. Es un reflejo claro de cómo la naturaleza y la acción del hombre se entrelazan, dejando huellas visibles en un río que, a pesar de todo, sigue siendo el corazón de la región.


Pasamos el puente desde donde se podía contemplar el río Ranchería de lado a lado. No tenía el mejor aspecto: sus aguas verdosas parecían detenidas, sin corriente visible, y daba la sensación de estar vacío de vida.

Seguimos avanzando, y el sol ya se alzaba detrás de nosotros, iluminando la primera señalización hacia Santa Marta, Barranquilla y Cartagena. Pronto la carretera se amplió hasta convertirse en cuatro carriles. Martínez lanzó una teoría que en su momento nos pareció convincente: quizá aquellas extensiones servían como pista de emergencia para un aterrizaje imprevisto.

Con el tiempo descubrimos que no estaba tan lejos de la verdad: ese tramo correspondía a la antigua pista de aterrizaje de Riohacha. La especulación de mi amigo se transformó en un dato real, un detalle que aún hoy me emociona recordar.

El camino se volvía único. Cada kilómetro nos alejaba de la rutina y traía consigo un descubrimiento diferente. El sol estaba en su máximo esplendor, y el calor empezaba a sentirse. Pero lo mejor de arrancar el día en ruta era esa sensación de aventura: lo desconocido al frente, sorpresas a los lados, y la certeza de que no habría espacio para el aburrimiento.

Martínez y yo mirábamos hacia el horizonte. Rara vez el cielo estaba tan despejado, y pudimos distinguir las montañas a lo lejos. Para quienes venimos de tierras planas, contemplar las cumbres es un espectáculo sorprendente. Martínez, sobresaltado, comentó: “Mira, Torres, eso que se ve allá es increíble”.

A los costados se abrían lagunas naturales y excavadas por máquinas. Algunas servían como reservorios de agua, ya fuera para los chivos, animales comunes en estas tierras, o incluso como lugar de baño para los niños de las comunidades cercanas. Muchas tenían formas curiosas, casi volcánicas, con bordes de barro amarillo que parecían domos.

También encontramos puentes bajo los cuales no corría agua, apenas canales polvorientos. La sequía era evidente: árboles secos, tierras áridas, hojas escasas. Entre este paisaje, los cactus, tunas, dividivis y trupillos se erguían como testigos silenciosos del clima implacable.

Los letreros de las comunidades habían cambiado: ya no viejas tablas ni láminas de metal, sino llantas pintadas de blanco colgadas en troncos o árboles. No había rebaños a la vista, solo senderos marcados por ruedas.

El tráfico comenzó a aumentar, y en la distancia divisamos antenas, señal de que nos acercábamos a Camarones. Desde Riohacha hasta allí hay unos 20 kilómetros.

El panorama no era alentador. Todo lucía desolado, como si la tierra gritara por agua. Apenas se veían casas dispersas, que mostraban la dureza de habitar en aquel entorno. Y sin embargo, los chivos nos sorprendieron: fuertes, de pelaje oscuro, algunos con espinas de cactus enredadas en el cuerpo. Olfateaban el suelo, buscaban hojas en trupillos o dividivis, y se levantaban en dos patas para alcanzar las ramas más altas. Una lección de resistencia: capaces de prosperar en la sequía más dura.

En medio de la marcha, noté algo extraño: el pedaleo se hacía más pesado. La llanta estaba ponchada, perdiendo aire poco a poco. Martínez se detuvo a mi lado y soltó entre risas: “¡Joda, Torres, te pinchaste!”.

Decidimos avanzar caminando un poco. Al lado derecho, una llantería; al izquierdo, un kiosco con sombra, perfecto para detenernos sin molestar. Allí hicimos nuestra primera parada formal: no por cansancio, sino por fallas mecánicas. La emoción seguía intacta, lejos de casa.

No tardamos en reparar el problema. Volteamos la bicicleta, sacamos el neumático, ubicamos la fuga y retiramos la espina que lo causaba. Limpié la superficie, apliqué pegamento, parché y volvimos a montar todo. El aire silbó, confirmando que la llanta estaba lista para rodar de nuevo.

Desayunamos bajo el kiosco: un trozo de pan con agua de panela, suficiente para recargar energías. Frente a nosotros quedaba la entrada de Camarones, corregimiento conocido por su mezcla cultural wayuu y afrodescendiente, sus playas de arena blanca y el Santuario de Fauna y Flora Los Flamencos, hogar de los flamencos rosados.

No entramos; la ruta nos esperaba. Pero aquel lugar cargado de historia y tradición dejó en mí una curiosidad que permanece: un pinchazo, un desayuno sencillo y la oportunidad de pasar frente a un pueblo que guarda memoria, cultura y resistencia.


te invito a echar un ojo
mapa sencillo de camarones 




https://elblogdelasaves.com/que-comen-los-flamencos-que-les-da-el-color-rosa/

Dato curioso en Camarones
En el Santuario de Fauna y Flora Los Flamencos, ubicado en Camarones, habita una de las aves más llamativas del Caribe colombiano: el flamenco rosado. Su color no es natural, sino el resultado de su alimentación a base de algas, crustáceos y moluscos que contienen carotenoides, pigmentos que se acumulan en sus plumas y piel. Mientras más rica sea su dieta en estos compuestos, más intenso será su tono rosado. Observarlos alimentándose en las aguas tranquilas de la ciénaga es uno de los espectáculos más emblemáticos de la región


    


                                                        Dato curioso: El nombre de Camarones proviene de la gran presencia de este crustáceo en sus aguas y humedales. Desde tiempos antiguos, la pesca del camarón no solo ha sido una actividad económica, sino también un símbolo de identidad para la comunidad. De allí nace un plato típico muy representativo: el arroz de camarón, preparado con camarones secos que se exponen al sol durante días, una tradición sencilla pero cargada de sabor y memoria cultural que distingue a la región.




Al final, más que un simple dato histórico, lo que me queda claro es que estas tierras han sabido resistir. Primero fueron los guanebucanes, luego las oleadas de corsarios y las marejadas que obligaron a mover el pueblo, después la migración constante hacia Riohacha. Y aun así, la memoria no se perdió: sigue viva en la cultura, en la manera en que la gente nombra los lugares y en esas historias que, aunque parecen lejanas, uno siente presentes al recorrer el camino. Tal vez esa sea la verdadera riqueza de esta localidad: no solo lo que se ve, sino lo que permanece, como un susurro antiguo que acompaña al viajero.

 HASTA PRONTO CAMARONEROS

Nos levantamos del lugar donde habíamos reposado tras el desayuno y nos preparamos para continuar. Martínez me cedió la delantera y, ya organizados, cruzamos al lado derecho de la carretera para retomar el camino. Subimos a nuestras bicicletas, listos para seguir, y yo tomé la marcha con seriedad: sabía dónde estábamos y cuánto faltaba por recorrer.
El pedaleo comenzó con orden, y pronto el ruido sutil de las llantas sobre el asfalto. La Troncal del Caribe mostraba su calidez; el sol no daba tregua.
Mantuvimos el ritmo hasta un pequeño puente. Abajo corría un cuerpo de agua que recordaba al río Ranchería: verde, casi detenido, sin vida aparente. Las curvas de izquierda a derecha exigían concentración, y fue entonces cuando comenzaron a aparecer letreros de fincas. El primero decía Finca La Ponderosa. Su entrada era sencilla, y la vegetación alrededor, escasa y seca.
Lo curioso era que, aunque el río estaba cerca, el agua parecía inútil para nutrir la tierra. Todo seguía árido, y el paisaje mostraba abandono. Seguimos avanzando, sudando bajo un sol implacable, buscando refugio donde podíamos.
El camino seguía seco y distante. A los costados, trupillos, cactus y postes de electricidad marcaban la ruta, junto a alambrados y trochas arenosas. No era un desierto completo, pero los árboles frutales —yuca, plátano, auyama— brillaban por su ausencia. Las iguarayas se alzaban aquí y allá, rojas y llamativas, muchas picoteadas por aves hambrientas.
El cielo se despejaba cada vez más. La charla era escasa; el pedaleo nos absorbía, junto con la resistencia al calor.
Y entonces, apareció el letrero de Perico. Un pueblo pequeño, con casas coloridas y el flamenco como protagonista absoluto. La entrada, destapada y señalizada con conos y rocas pintadas de vivos colores, daba la impresión de que el mismo pueblo guiaba a los visitantes.
Al fondo, humildes casas de bahareque y una caseta anunciaban el Santuario de Fauna y Flora Los Flamencos. Nos detuvimos un instante, recordando que este lugar nos permitiría descubrir cosas únicas de nuestra tierra y sus corregimientos cercanos.

 Perico: un oasis de flamencos en la Guajira
Perico es un pueblo aislado, donde la naturaleza y los flamencos se roban todo el protagonismo. Sus habitantes han aprendido a resistir el calor, los caminos polvorientos y la escasez de recursos. El aislamiento se convirtió en una verdadera fortaleza, marcada por la creatividad y la resiliencia.
Entre sus tesoros más preciados se encuentran los flamencos, que atraen la atención de quienes atraviesan la zona. La comunidad convive con ellos y los protege, recordando que incluso en un entorno árido, la vida encuentra formas de adaptarse y florecer.
“Un pequeño rincón donde la vida se adapta y florece contra todo pronóstico.”


Ver lugares como esos nos hizo entender que, a pesar de llevar años en La Guajira, no conocíamos gran parte de ella. Es tristemente cierto. Nunca me había detenido a cuestionarlo, pero muchos de los grandes lugares están justo al lado de los caminos que recorremos. Son espacios llenos de promesas de enriquecimiento cultural, buena comida y experiencias tradicionales que reflejan la esencia de nuestras tierras, dispersas por todo el territorio.

A pocos kilómetros de Riohacha aún quedaban muchos rincones por descubrir, o al menos por observar rápidamente, mientras intentábamos comprender mejor ese tramo, ese sendero que decidimos explorar sobre la marcha.

Cada pedaleo trajo consigo experiencias de gran valor. Aunque solo pasamos de largo por algunos lugares, pudimos ver la dura realidad de zonas difíciles de habitar, donde la falta de agua era evidente. Aun así, la población se adaptaba de manera admirable, resistiendo al calor y a la ausencia de progreso agrícola, algo que suele notarse en los pueblos más alejados de la ciudad.

Nuestro trayecto, por momentos, parecía una fuerte sacudida de realidad. Cada metro alcanzado con nuestras pedaleadas era un tramo más conquistado. Ya habíamos avanzado bastante y seguíamos cruzando entradas hacia lugares sin señalización, donde solo se veían cercados y portones a ambos lados de la carretera. El paso ocasional de buses y carros nos recordaba que aún seguíamos en el camino correcto. Pero desde Perico, toda presencia de personas comenzó a desaparecer hacia el horizonte.

Éramos nosotros, sin aparente iniciativa de conversación, arrastrados por una rumiación insistente en la cabeza que preguntaba: ¿a dónde van?, ¿por qué lo hacen? Pero, en medio de ignorar esos pensamientos, comenzaron a notarse leves cambios en la marcha. La zona se volvía un poco más viva; algunas ramas de verde intenso aparecían entre el paisaje árido, como señales de que algo estaba cambiando.

Algunas pequeñas casas al borde del camino tenían pintado en blanco un “se vende” acompañado de un número de teléfono. Frente a una de ellas se levantaba una casa grande, con una estructura que parecía un enorme tanque de agua. Eso, para nosotros, era señal de vida. Habíamos recorrido un largo tramo viendo solo tierra amarilla, dura como el concreto, cactus y trupillos; así que encontrar un posible contenedor de agua dulce tratada era casi un alivio.

Recuerdo que el viento era el mejor aliento: daba empuje a nuestra marcha y frescura a nuestros cuerpos. De repente, al costado del camino comenzaron a aparecer algunas viviendas. Una camioneta entraba al lugar cargada con bidones de agua en la parte trasera. Detrás de ella, un letrero decía: “Latonería y pintura”.

Martínez, leyendo, soltó una risa y dijo:
—Ve, con este calor y tan lejos, ¿quién viene a reparar de lata o a pintar por acá?

Conté alrededor de catorce casas. Incluso vi un Súper Giros casi al final del pueblito, junto a unas construcciones nuevas en ladrillo. En una pared se alcanzaba a leer otro letrero: “Se vende bloque”.

Así terminó nuestro paso por aquel lugar. Más adelante, el paisaje continuaba con la misma monotonía: tierra seca, vientos fuertes y el horizonte abierto. A lo lejos se alzaban unas antenas, parecidas a las de la entrada a Camarones, y un letrero indicaba direcciones hacia la izquierda: Ebanal, Barrancas y Valledupar.

Había un puesto de control policial, una estación de servicio al costado derecho y, del otro lado, algunos restaurantes y kioscos donde mototaxistas descansaban entre risas. Un bus estaba siendo revisado por la policía. Nosotros pasamos rápido, sin detenernos. El sol estaba intenso y ya era hora de ir pensando en dónde cocinaríamos el almuerzo. Además, necesitábamos recargar agua y tomar aliento, pues no nos habíamos detenido en todo el trayecto.
Nos tocaba marchar a buen paso, porque la sombra aún era escasa. Pasamos por señales que decían “báscula adelante” hasta llegar a las indicaciones del “peaje”. Aquello era otra marca de gran avance; habíamos conquistado mucho terreno.
Para bicicletas y motos había un carril angosto exclusivo, así que seguimos por ahí. La policía mantenía un buen punto de control en la carretera, lo que también daba cierta sensación de seguridad en medio del calor y el silencio del camino.

Desde ese punto, árboles diferentes al trupillo y a la ceiba se alzaban en abundancia, dando sombra a la carretera. Eso fue genial; incluso el aire comenzó a sentirse más fresco y agradable por el flujo del viento, algo que se convirtió en un alivio para nuestro implacable esfuerzo de avanzar lo más que pudiéramos ese mismo día.

En una parte del camino nos enteramos de que nuestra ruta volvía a conectarse con la Nacional 90. La aridez había quedado atrás desde el peaje. El paisaje ahora mostraba una vegetación más viva; aves y pequeños animales comenzaron a formar parte del entorno, regalándonos un espectáculo natural que animaba la mirada.

Peluchúa fue el siguiente punto. Pasamos por el primer pueblo con cultivos de plátano. Había tiendas y kioscos donde vendían frutas, incluso una carnicería. A ambos lados se veían casas, una escuela, y algunas vitrinas con fritos recién hechos. A diferencia de Camarones y Perico, este parecía un pueblo con mayor actividad comercial y mejor desarrollo agrícola.

Más adelante se levantaba el puente de Bomba, casi de seguido, acompañado de más señales de vida: negocios, personas trabajando y movimiento constante. Todo eso daba la impresión de que el pueblo contaba con lo necesario para salir adelante. Cruzamos el puente del pueblo; debajo, el agua corría con buen flujo, aunque no era clara. Tenía un color amarillento, teñido por la tierra, como si el cauce arrastrara consigo parte del mismo camino que nosotros veníamos recorriendo.

Había unos jóvenes bañándose en el río, así que no nos detuvimos. Seguimos con firmeza, cuidando cada tramo del camino. Era notable el orden en la zona: vimos un equipo de mantenimiento de carreteras con señales y guardas despejando los canales de desagüe a los costados.

Más adelante apareció una señal que indicaba: Mingueo 28, Santa Marta 120, Cartagena 333.
Cuando Martínez la leyó, solo dijo:
—Tenemos que darle; si seguimos así, llegamos hoy mismo.

Otro aviso mostraba las direcciones: Las Flores a la derecha y Dibulla derecho.

las flores tenia una via a la derecha efectivamente al costado habia algunas personas con maletas y algunos bultos de seguro esperando transporte y en frente de esa personas matas de cocos y muchas matas de mango detras de la cercado en menos de u mnito todo quedaba atras pues seguiamos con el mismo enfoque avanzar sin detenernos sin por lo menos conseguir un bue lugar para ponernos a elaborar el almuerzo rio mariamina el seguiente puente con un riachulo con agua de buen color pero no llamo la atencion pues habia cercado asi que seguimos el terreno segui siendo plano haci que el resultado de nustros pedaleos era consistente y ahora campana nueva, la punta y dibulla. campana o almenos una parte del pueblo podia apreciarce habia gente dandole al trago y jugando billar en un kiosco 




por poco hacemos parada por unos buenos mangos pero lo mejor era seguir adelante 

Nuestra primera parada fue en Punta Bomba. Ya eran alrededor de las dos de la tarde, el hambre era mucha y el calor se sentía sofocante. Decidimos que era momento de preparar el almuerzo.

En esta zona, la radiación UV es muy alta, y eso hace que la sensación térmica sea aún más fuerte. Por eso, aunque estábamos cerca del mar, el calor se sentía mucho más intenso. Y claro, estar en pleno viaje, pedaleando en carretera a esa hora, hacía que el calor fuera simplemente supremo, casi aplastante.

Debajo del puente Bomba encontramos un río sensacional. Allí hicimos una fogata, sacamos el caldero y preparamos un arrocito que, hasta hoy, sigo creyendo que fue el mejor arroz de mi vida, hecho a leña.

Lo acompañamos con salchichón frito y, para completar la experiencia, pesqué algunos camarones de río que terminaron en la olla, dándole al arroz el mejor sazón que uno pueda imaginar. Comimos hasta no poder más, satisfechos y con el ánimo renovado.

Después de eso, nos sentamos a planear y verificar cómo iba la misión: hasta dónde podíamos llegar en ese primer día de aventura. almorzados llenos y obviamente nos bañamos en el rio para refrescar la mente y el cuerpo un buen rato. recargamos agua tomamos todo y salimos debajo del puente para seguir.

Montamos en nuestras bicicletas y comenzamos de nuevo, pero por alguna razón el ritmo era más leve… jajaja.

Aun así, no podíamos darnos el lujo de desistir. Pasamos por Río Claro y avanzamos con todo lo que teníamos. Para aguantar, inventamos nuestras propias técnicas: descansar las nalgas en la misma silla cambiando de lado, primero el derecho un rato, luego el izquierdo, y después pedalear de pie sin tomar asiento.

Acepto que, después de un rato, el dolor en las nalgas se volvió intenso, casi insoportable. Pero era parte del precio de la aventura.

Las piernas comenzaron a pasar factura casi llegando a los 51 kilómetros. Ya era un milagro dar otro pedalazo. No dolía exactamente, pero sí sentía el estrés: parecía como si fuéramos corredores de fútbol; las venas saltadas y los muslos aparentaban ser de un fisicoculturista con meses de dedicación al trabajo de piernas.

¿Cómo justificar ese hecho? Pues aunque apenas teníamos poco de haber salido del ejército, de repente asimilar ser ciclistas de sangre era demasiado intenso. Nuestros cuerpos estaban entrenados para caminar largos tramos, cargar peso, resistir jornadas, pero no para someterse a esa presión continua del pedaleo.

Y lo comprobé cuando, al fin, llegamos a Mingueo…

El hambre era sorprendente, como si todo el cuerpo estuviera reclamando recompensa por el esfuerzo. El lugar me resultaba muy familiar, pues durante mis últimos meses de servicio militar había recorrido todo ese sector realizando patrullas móviles y puestos de control.

Incluso puedo decir que conozco a Mingueo como la palma de mi mano. Es un pueblo pequeño, de pocos habitantes, donde la gente es humilde y generosa. Cuando se trata de rumba, saben cómo vivir la fiesta con alegría.

La visita de turistas es constante, sobre todo desde Santa Marta. La mayoría de extranjeros se apuntan a conocer estas costas sabrosas y soleadas, donde las caminatas y el contacto directo con la naturaleza son parte esencial del disfrute.

La playa de Mingueo se encuentra en el municipio de Dibulla, en el departamento de La Guajira, sobre la costa caribeña de Colombia. Es un destino encantador para quienes buscan mar, tranquilidad y un entorno cargado de cultura y sencillez.

La gastronomía de Mingueo y Dibulla es amplia y variada, pero el pescado ocupa un lugar esencial en la mesa. El pargo rojo, dorado en fritura o al horno, suele servirse acompañado de arroz con coco y patacones crujientes. El róbalo, con su carne blanca y suave, se disfruta en sancocho, a la plancha o también frito. La sierra, firme y sabrosa, es perfecta para guisos o para comerla recién salida del sartén. El lebranche (mújol) es quizás el más cotidiano en la zona, un pescado humilde pero infaltable. Y no faltan los camarones, tanto de río como de mar, que dan vida a arroces y sopas. En temporadas especiales, aparecen la langosta y la jaiba, un verdadero lujo de la costa guajira.

Pero a nosotros solo nos tocó depender de nuestras raciones. Así que nos desviamos a la derecha, pasamos justo por la base militar de Mingueo y seguimos derecho. Conocer el lugar me dio la idea perfecta de dónde podíamos cocinar y descansar un poco.

Mientras Martínez se ponía manos a la obra con el fogón, yo lo observaba con admiración: sin dudar, cavó un hueco, buscó dos rocas grandes para sostener el caldero y apiló leña seca. Lo curioso fue que, aunque la madera generaba un humo espeso que picaba en los ojos, terminó siendo una bendición: ese humo espantó a los zancudos, una plaga que parecía salida de un escuadrón aéreo, veloces y expertos en chupar sangre sin misericordia. La picadura era inevitable, sobre todo en las piernas, pero gracias al humo nos libramos de ellos sin haberlo planeado.

Martínez llevó el caldero hasta el río con el arroz, lo lavó bien, calculó la medida de agua y lo puso al fuego. Después sacó el cuchillo y, con paciencia de experto, empezó a picar cebollín en rama, cebolla roja y el salchichón. Su idea era clara: tener todo listo para, en el momento justo, sofreír el complemento del almuerzo y darle más vida al arroz.

Por mi parte, no perdí el tiempo y me lancé a explorar el río. Y, como si el destino me echara una mano, tuve suerte otra vez: un pez de buen tamaño se ocultaba bajo una roca. Me acerqué con cuidado, tomé otra piedra y, con un lanzamiento rápido y preciso, logré sacarlo de su escondite. ¡Había funcionado! Era de mediana talla, perfecto para completar el banquete improvisado de aquel día.  

Pero la aventura no se detuvo allí. Después de atrapar el pez y de regreso al campamento, me animé a meter las manos con cuidado debajo de las piedras del río. Era una técnica que ya había practicado antes, pues no era la primera vez que cazaba camarones de río a mano limpia.

La clave estaba en la precaución: si el agujero de la roca era muy profundo o estaba cubierto de maleza, lo mejor era no arriesgarse. Nunca se sabe, porque en esas aguas también habitan serpientes de río, siempre al acecho de su presa, y eso podía volver todo muy inseguro.

Aun así, cuando uno lograba encontrar un camarón, la emoción era indescriptible. Son escurridizos y veloces, casi imposibles de atrapar. Pero si alcanzas a rozarlos, puedes sentir de inmediato lo fuertes que son. Por eso, asegurarlo con firmeza era la única forma de que no escapara de mis manos.

Alcancé a agarrar ocho camarones en el camino de vuelta. Justo en ese momento, Martínez estaba comenzando a sofreír los ingredientes, y se animó mucho cuando le mostré el botín que había conseguido. El pez fue abierto y limpiado, lo mismo pasó con los camarones de río, y junto con el salchichón nació una mezcla improvisada que pronto llenó el aire con un color y un aroma inconfundibles. No hubo cuestionamientos ni exigencias: bastaba con ver y oler para saber que aquello sería un manjar.

Dividimos todo en partes iguales y, sentados cerca del fuego que todavía soltaba humo en abundancia, comimos sin dejar nada en los calderos. El sol comenzaba a despedirse del día, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y púrpuras, y la sensación era clara: teníamos que seguir avanzando.

Lavamos nuestros pocos utensilios, apagamos el humeral y nos preparamos para retomar el camino. Descansar en ese lugar no fue una opción; no solo porque la aventura nos llamaba, sino también porque el río guardaba un aire de misterio.

Cuando estuve en ese sector durante mi tiempo de servicio, había escuchado muchas historias de cosas extrañas: sombras que se desvanecían en la corriente, apariciones que los lugareños aseguraban ver al anochecer. Se decía que el río estaba merodeado por una figura oscura, un espectro que nunca dejaba rastro, salvo el frío que dejaba a su paso.  

Tampoco era necesario convertirse en banquete de la plaga. Martínez no dudó en decirme que teníamos que seguir; el tiempo era lo más primordial, y cada kilómetro que avanzáramos ese mismo día marcaría una gran diferencia.

A unos pasos de donde teníamos las bicicletas encontramos un sendero usado por el ganado. Guindamos todo en nuestras parrillas y decidimos tomarlo, con la idea de que, tarde o temprano, nos sacaría de nuevo a la vía principal por donde habíamos entrado. Nos pusimos en marcha, avanzando, y cuando fue necesario empujamos y cargamos las bicicletas.

El camino se angostaba en algunos tramos, pero no había opción más que seguir. Finalmente, salimos de la maraña y vimos a varias personas: algunos disfrutaban todavía en el río, mientras otros regresaban cargados con inflables y llantas de carros llenas de aire, camino a sus hospedajes, compartiendo risas y comentarios del día. Para entonces eran cerca de las 5:35 de la tarde, y el sol comenzaba a dar señales de su despedida.

Justo al salir de la maraña experimenté y asimilé con seriedad una sensación nueva: la incertidumbre. Estaba claro que teníamos que avanzar, pero hacerlo de noche no era la mejor idea.

La pregunta que nació en esa etapa del viaje fue inevitable: ¿en dónde dormiríamos? ¿Cuánto más podíamos avanzar? No llevábamos linternas en las bicicletas, tampoco reflectivos ni nada que indicara nuestra presencia en la vía rumbo a Santa Marta. Además, la fatiga comenzaba a pasar factura: el cuerpo pedía descanso, pero el camino aún exigía más de nosotros.

Salimos del sendero y pasamos frente a la base militar, por la garita donde más de una vez me había tocado turno de centinela. La noche se nos venía encima, y al sentir cómo nos acechaba, perdimos el diálogo. Ya no hubo más palabras, solo miradas atentas y pasos medidos, observando con sumo cuidado a todos lados.

Eso fue extraño. Lo único que recuerdo con claridad es a mi buen amigo mirándome, pero esta vez de una forma distinta. No sabría explicar qué le pasaba en ese momento, pero parecía experimentar lo mismo que yo: la sospecha de que estábamos errando, caminando sin rumbo, sin un sentido claro de nuestra marcha.  



En ese momento nada era coherente; nuestra iniciativa inicial parecía inexistente. Habíamos abandonado el espíritu por solo un par de horas, lo suficiente para que la mente buscara refugio en la reflexión. Al menos en mí, algo comenzó a ocurrir: un silencio verdadero, cargado de una conciencia distinta, más pesada y difícil de ignorar.

En menos tiempo del que pensaba ya cruzábamos el puente de Mingueo. Nuestras expresiones eran serias, casi rígidas, y avanzábamos pedaleando con la poca luz que quedaba. De pronto, Martínez rompió el silencio con una pregunta inesperada:

—Torres, ¿en dónde crees que debamos parar a descansar? Ya está bastante oscuro.

Mi respuesta fue clara, aunque vacía de certeza:

—Avancemos un poco más… encontraremos un lugar pronto.

Martínez me miró y entendió que ni yo mismo lo sabía; aun así, se entregó al hecho inevitable de seguir pedaleando. Poco después se apagaron las luces del pueblo y una subida inclinada, como una bofetada, nos recordó que ya era justo tomar un descanso. Levantamos el cuerpo del sillín y, con lo último que nos quedaba, empujamos hasta vencer ese verdadero reto.

Arriba, en terreno plano, casi de milagro apareció un pueblo frente a nosotros. No recuerdo bien su nombre, pero creo que era Río Ancho. Aquel lugar se convirtió en la prueba de que nuestro esfuerzo no había sido en vano: 79.7 km recorridos, que en nuestras cuentas se sentían como 80 o más. Podrá parecer poco, pero en la extensión de nuestra marcha, con el sol castigando y las pequeñas subidas robando energía, había sido una gran jornada continua.

Lo recuerdo con detalle porque, justo al terminar las calles del pueblo, noté que en nuestro horizonte ya no había más luces que nos acompañaran. Entonces giré hacia la izquierda. Martínez entendió mi intención: era hora de considerar una pequeña parada, en busca de un posible lugar para descansar.

En el lugar había lo suficiente: árboles enormes, perfectos para colgar nuestras hamacas. Al frente, la tenue luz del último poste de servicio eléctrico nos ofrecía un pequeño consuelo, casi como una señal de que ahí debíamos detenernos. No hubo mucho que hablar; con el simple hecho de tener dónde dormir era suficiente para nosotros. Ese lugar nos esperaba.

Había montones de basura, hojas secas y troncos de un árbol recién cortado; algunos aún se veían verdes. Martínez, observando con calma, propuso cruzar al otro lado de la cerca. Pero yo ni siquiera lo intenté, y menos sin luz. Lo único que hice fue responderle:

—Creo que aquí es perfecto.

Martínez ni se quejó ni comentó nada; simplemente se bajó de la bicicleta y la soltó como si estuviera molesto. Yo, casi por reflejo, imité su comportamiento. Mi cuerpo se estremeció, tal vez por el simple hecho de aceptar que, al fin, ese sería nuestro lugar de descanso.

Por fin comenzamos a dialogar otra vez. Y como si estuviéramos en perfecta sintonía, casi al mismo tiempo nos sorprendimos comentando cuánto habíamos avanzado. Al final, esa coincidencia nos arrancó una media sonrisa: habíamos llegado más lejos de lo que cualquiera de los dos esperaba.

El ambiente de tensión terminó y, poco a poco, la sensación de triunfo comenzó a emanar. Metí la mano en el bolsillo y saqué un billete de cinco mil pesos.

—Martínez, ¿y si merendamos algo? —le dije.

De inmediato, con una chispa de ánimo renovado, me respondió que recordaba haber visto una tienda a pocos metros y propuso ir a comprar una gaseosa, o lo que alcanzara con lo que llevábamos.

—Listo —confirmé—, yo me encargo de guardar nuestras bicicletas. Pero antes de irte, saca la hamaca y las sábanas. Planeo tirar las bicicletas detrás de las montañas de hojas secas, cubiertas con una sintela verde que cargaba como medida de seguridad. Martínez sacó todo lo necesario y, además, de su mochila apareció una cadena con un candado diminuto.

—Encadénalas también, que no falta el vivo —me dijo.

Con eso en mano, tiré las bicicletas una sobre la otra, las aseguré con la cadena y encima les eché la sintela verde. Para que alguien se diera cuenta de que estaban allí tendría que tener la certeza de buscarlas o, al menos, alumbrar con una linterna justo en esa dirección.

A los pocos minutos, Martínez regresó con una Big Cola de esas medianas y unas galletas. La verdad, aquello nos supo a manjar: estaba fría y justo lo que necesitábamos. Solté la cuerda que intentaba usar para colgar mi hamaca, porque la distancia entre los árboles era demasiado grande y ya me estaba suponiendo un verdadero reto. Nos sentamos en un tronco a compartir la merienda, comimos rápido y, entre bocado y bocado, le comenté que no había podido colgar la hamaca.

Martínez, sin pensarlo mucho, me dijo que podíamos usar su cuerda: era larguísima y alcanzaba sin problema. Con una sonrisa, nos pusimos manos a la obra y terminamos colgando las dos hamacas al mismo tiempo. Quedaron perfectas, listas para el descanso que tanto habíamos esperado.

Me quité los zapatos y me dejé caer en la hamaca. Con la voz algo apagada por el cansancio, pregunté la hora. Martínez, mientras acomodaba la suya, respondió: “Son como las 7:45”. Sé que esos detalles del tiempo pueden no ser exactos, después de todo este relato ocurrió hace ya bastante tiempo; entrar en cifras tan específicas es complicado. Pero estoy seguro de que, si hay diferencia, es mínima.

Retomando la escena, lo único que recuerdo es escuchar a Martínez decirme: “Hasta mañana”.

Me quedé dormido muy rápido; el clima era perfecto, ni muy frío ni demasiado caluroso. Aun así, en medio del descanso tuve pequeños despertares de conciencia: primero para espantar a los zancudos que no perdían oportunidad de fastidiar, y luego para echarle un vistazo al entorno. Ese gesto, aunque breve, me garantizaba tranquilidad. Fueron varias veces, y entre ellas nunca logré notar nada raro.

A la mañana siguiente, lo primero que percibí fue un gran ronquido de mi amigo Martínez. Aunque el sol ya estaba anunciando el inicio del día, decidimos dormir un poco más. Creo que terminamos despertando entre las 7 y las 8 de la mañana.

El ruido de unas mulas pasando cerca de nosotros fue la advertencia más clara de que ya era hora de levantarse. Y curiosamente, lo hicimos casi al mismo tiempo: nos incorporamos de las hamacas y lo primero que noté en mi amigo fue el color de su piel, mucho más oscuro que el día anterior. Miré mis manos y estaban igual, quemadas por el sol. Con una sonrisa de gracia le dije que el bronceado era inevitable.

Nos levantamos, y lo primero que Martínez me comentó fue que le dolía al apoyar el pie. Se había escaldado por el esfuerzo interrumpido de pedalear, pero sin excusas me recomendó que debíamos avanzar. Lo escuché y asentí.

Dejamos la pereza a un lado, buscamos dónde desalojar la vejiga, y una vez terminamos, procedimos a organizar todo para salir de inmediato.

Levantamos la sintela, sacamos nuestras bicicletas y pusimos todo en orden para avanzar enseguida. Era curioso, pero después de descargar y volver a cargar todo, esa rutina se había convertido en una fase esencial de la travesía. Cada vez los amarres quedaban más ajustados y seguros; ya teníamos cálculos básicos de cómo distribuir las cargas.

Incluso puedo decir que eso debe ser parte del régimen de cualquier cicloviajero o motoviajero en el mundo: cuidar la forma en que llevas tus cosas garantiza un viaje más cómodo y, sobre todo, sin retrasos innecesarios.

Con todo listo, estiramos las piernas y nos lanzamos de nuevo a la ruta: todavía faltaba un tramo considerable. Esta vez no dudamos en tomar por el costado derecho, y comenzamos con más seriedad que al principio.

La noción de avance diario se hizo clara: si queríamos llegar a cualquier lugar, cada pedaleo contaba, cada esfuerzo era un verdadero aporte. Y justo ahí comprendimos que esto era más importante de lo que habíamos supuesto. La información que nos daba la práctica, la experiencia misma del camino, resultaba sumamente enriquecedora para ambos.

Algo en nosotros cambió con tan solo un día y una noche de travesía. Nos estábamos adaptando.

Pedaleo tras pedaleo, ahora era como si cada movimiento fuese combustible que debía ser calculado y aprovechado al máximo. Las subidas se volvieron inevitables: muchas veces no quedaba más remedio que caminar. En cambio, las bajadas las dominábamos como expertos, cada inercia era majestuosa; el viento rozaba nuestros rostros y el impulso nos hacía sentir parte de una aventura cinematográfica. Era gratificante… y al mismo tiempo cruel, porque al acercarnos más a nuestro destino, las bajadas comenzaron a desaparecer.

De pronto, hasta los vehículos se notaban en plena lucha contra la montaña: los motores rugían como si les faltara el aliento, un grito metálico que confirmaba lo difícil del terreno. Fueron varias las subidas que nos obligaron a avanzar a pie; incluso empujar la bicicleta se volvía tedioso.

Pero todo esfuerzo tuvo su recompensa: llegamos a Palomino. La vista era espléndida, nada podía cubrir la belleza inmensa del mar. Decidimos no parar debajo del puente, pues estaba lleno de turistas y algunas personas lavaban ropa a orillas del río. Sin embargo, hicimos algo importante: llenar nuestros envases de agua para seguir adelante. En uno de ellos mezclamos panela en polvo, pensando en más adelante encontrar algún lugar donde desayunar, quizá bajo la sombra casual de algún árbol al borde del camino.

Aseguramos bien los timbos con agua fresca y retomamos el pedaleo. El entorno empezó a cambiar: el ecosistema se veía más favorecido, más vivo. Aparecían hospedajes privados con casas llamativas, desde la entrada hasta lo que alcanzaba a ver de paso. Todo era distinto; el paisaje se volvía más verde, más fresco, con un aire que transmitía vitalidad.

Más adelante, presenciamos extensos cultivos de guineo, con racimos enormes cubiertos por bolsas de colores blancos y verdes. Debo considerar que esas fundas funcionaban como aislante contra alguna plaga, pero por el tamaño de los frutos y lo ordenado del sembrado, era evidente que se trataba de un cultivo inmenso y bien trabajado. Todo estaba organizado con una precisión admirable: matas grandes cargadas de racimos al inicio, luego otras más pequeñas en pleno crecimiento, y finalmente retoños apenas naciendo, recibiendo el rocío de rociadores de gran alcance que parecían cubrir metros y metros a la redonda.

Ver un paisaje agrícola de tal magnitud resultaba sorprendente y fascinante, como si cada planta estuviera en perfecta sincronía con las demás, formando un mar verde que parecía no tener fin.

Cubrimos una gran trayectoria sin quejas ni hambre alguna, y creo que se debía a toda la información estimulante que nos regalaba el entorno. Todo estaba bien tratado: las cabañas eran grandes, con letreros que publicitaban el servicio de hospedaje, y eran muchas las que aparecían en el camino. Vimos gente bien vestida en camionetas imponentes, en perfecto estado, disfrutando de un ambiente claramente vacacional. Era un escenario casi perfecto.

Aunque nunca había entrado a ninguno de esos sitios, solo con verlos pensaba que detrás de esas puertas ostentosas debía haber algo de magia: playas privadas, tranquilidad y comodidad. Lo curioso es que ese trayecto ya lo había hecho varias veces antes, y sin embargo nunca había notado tantas cosas como ahora. Desde mi bicicleta, cada detalle cobraba un nuevo sentido, mi atención se volvía más plena.

Me pregunté entonces por qué no lo había visto antes. Creo que la respuesta estaba en el medio de transporte: dentro de un bus, con el espacio compartido, muchas veces sin asiento junto a la ventana, y con la prisa de llegar lo más rápido posible —dependiendo también de las condiciones del clima—, era imposible tener la misma perspectiva.

El punto es que desde mi bicicleta, y en compañía de un gran amigo, entendí algo simple pero poderoso: no importa cuántas veces pases por un mismo lugar a toda máquina, nunca tendrás la perspectiva más humilde del mundo hasta que lo recorras sin ventanas, sin techo, sin aire acondicionado ni motor. Solo así, impulsado por tu propio cuerpo, en la esencia más humana posible, puedes notar lo maravilloso que puede ser un paisaje que siempre estuvo ahí, esperándote. Para compartir lo más alucinante de lo que afirmo en los párrafos anteriores, debo contar que el lugar donde decidimos hacer nuestra segunda parada del día sigue teniendo mucha relevancia en mi vida. Estaba al costado del mar, sobre una colina en el lado derecho de la vía: el mejor sitio para compartir nuestra comida de la mañana.

No había noción del tiempo; simplemente dimos la señal de parar. No era un sitio privado, pero ofrecía una vista de película: un horizonte abierto al gran azul del mar. El viento refrescante me envolvió de tal forma que, apenas bajé de la bicicleta, ya sabía que ahí mismo un pequeño sueño sería inevitable.

Tres matas de coco se mecían al compás del viento, y gracias a ellas encontramos la sombra exacta que necesitábamos. Allí nos detuvimos. Con la panela disuelta en agua fresca, compartimos a la mitad nuestro último pan de queso, un pequeño manjar dulce que se convirtió en el cierre perfecto de aquel improvisado desayuno.

Comimos en silencio. Martínez solo miraba, y miraba, y yo lo acompañaba en esa contemplación, entendiendo sin palabras lo extraordinario del momento. Los vehículos pasaban a toda velocidad a nuestro lado, pero nada podía quebrar aquella calma.

Despertamos de ese estado como después de unos diez, quince minutos, quizá más. Eran casi las once de la mañana, creo. Y entonces, en medio de un cálido agradecimiento imposible de explicar, me levanté del cómodo lugar donde había tomado mi siesta y caminé unos pasos por el entorno.

Frente a mí estaba el escenario perfecto, como si el mismo universo lo hubiera puesto ahí para provocar lo inevitable: un espacio abierto, con el mar extendiéndose en su grandeza, esperando ser testigo de algo. Lo sentí en el pecho, lo supe sin pensarlo.

Miré a mi amigo y le dije:

—Tengo que hacerlo.

Me giré hacia el horizonte, tomé una bocanada profunda de aire y, con toda la fuerza que pude reunir, grité:

—¡Soy libre!

El eco del mar me devolvió mi propia voz, como reafirmando lo que acababa de proclamar. Entonces miré a Martínez, y lo vi reírse con ganas, con esa risa sincera que contagiaba. No hizo falta que dijera nada más: su risa fue el mejor aplauso, el sello perfecto para ese instante de libertad.

Esa frase retumbó dentro de mí con una fuerza indescriptible. Era como si todo lo que me hace ser quien soy —cada episodio de mi vida, cada experiencia vivida, cada fragmento de memoria— hubiera confluido en ese instante. Nada podía compararse a lo que sentí.

Hablar con la naturaleza de esa manera, gritarle con el alma y escuchar cómo te devuelve la respuesta, es algo que solo puede percibirse como un acto divino. Mi voz se expandió en el aire, se fundió con el viento y con el mar, y lo que regresó no fue solo un eco, sino una certeza: la de estar conectado a una fuente eterna de unidad, a algo mucho más grande que yo mismo.

Martínez, entre tanto, seguía riendo, pero en su mirada noté que entendía. Esa mezcla de risa y silencio compartido terminó por sellar aquel momento como uno de los más auténticos y memorables de nuestra travesía.

No quería irme de ese sitio, pero era prudente retomar nuestra travesía. Antes de partir, le dije a Martínez que esta había sido una de esas paradas que jamás se desvanecerían de nuestros recuerdos, que solo por esto el viaje ya tenía más que recompensa.

Hoy, al recordarlo, me enorgullezco de haberlo vivido de esa manera. Ese episodio trae a mí una increíble sensación de logro, un eco que me recuerda los principios más básicos y humildes de la vida: aprender y reaprender, reconocer la inocencia y, sobre todo, valorar el impulso más ardiente que guardan nuestros corazones.

Y hacer aquello que debemos hacer por nuestro propio placer de vivir, sin complejidades sociales ni sesgos de desvalorización propia. Cada uno de nosotros es movido por cosas distintas, pero si ayudamos o nos ayudamos, basta con retomar la conciencia plena y cuestionar esas cargas que llevamos, que se hacen notorias solo cuando renunciamos a la superficialidad. Esa misma que, ahora más que nunca, parece común, pero que poco a poco deforma dones innatos otorgados por nuestros antepasados, inscritos en nuestra propia sangre.

retomamos nuestro viaje recargados y con gran entusiasmo. Quería seguir; ya habíamos aprendido mucho y, en tan poco tiempo de camino, la ruta misma se había convertido casi en la presencia de un guía invisible que nos conducía hacia grandes experiencias. No había duda: teníamos que avanzar. Cada pedaleo era un aprendizaje, cada tramo una revelación. Todo se sentía como una epifanía misma.

Ahora, además de los cultivos de guineo, comenzamos a ver plátano, coco, guayaba, mango e incluso guama. El paisaje se volvía cada vez más generoso, como si quisiera mostrarnos todo lo que tenía para ofrecer. También empezamos a cruzarnos con arhuacos, vestidos con su indumentaria típica en blanco, con sus sombreros tejidos y el cabello largo y brillante . Las mujeres cargaban a sus niños en brazos, y otros pequeños iban en la espalda de sus madres, sujetos de una forma tan natural como interesante. Lo que más me sorprendía era ver cómo esos niños, lejos de incomodarse, parecían disfrutar del viaje; incluso algunos, en la espalda de sus madres, dormían plácidamente, como si el movimiento mismo del camino los arrullara.

El diálogo entre nosotros era escaso, pero la admiración lo decía todo. Estábamos viendo lugares nuevos, con infraestructuras distintas: casas y chozas construidas tanto con materiales costosos como con los más naturales, como aquellas cabañas de palma que lucían excepcionales. El ambiente también era diferente; el aire se sentía más puro, más refrescante, sin olores incómodos ni desagradables… todo era natural, limpio, casi virgen. En medio del camino comenzamos a encontrar sacos en el suelo con granos de cacao esparcidos, expuestos al sol. Tenían un color único, brillante y profundo, como si la tierra misma quisiera mostrarnos otra de sus riquezas.  

Creo que el cultivo de cacao en esa zona era próspero, y fue un largo tramo en el que comenzamos a valorar cada vez más los costales en el piso, repletos de granos puestos a secar. En la orilla de la carretera aparecían vendedores con estantes de madera y guadua, exhibiendo una variedad increíble: frutas frescas, bocadillos preparados de manera local, y café en grano o empacado en bolsas de emprendedores de la región, con frases claras y orgullosas en sus empaques: “café colombiano, totalmente natural”.

No faltaban las bebidas refrescantes y las artesanías hechas a mano: hamacas coloridas, mochilas de lana de ovejo, vasijas de totumo y cucharas de madera para sopa, de esas grandes y cómodas que parecen hechas para beber de un solo sorbo. Manducos de madera de excelente calidad también se dejaban ver en las mesas improvisadas. Lamentablemente, los nombres de esos lugares no los recuerdo con exactitud, quizá porque estaba demasiado entretenido con tanta maravilla que no dejaba de captar mi atención.

Paramos más adelante por recomendación de mi amigo Martínez. Había un buen lugar, apartado y tranquilo, ideal para no molestar a nadie con nuestras fogatas improvisadas. Justo al lado pasaba un río cristalino, así que bajamos hasta allí para comenzar a elaborar lo que sería nuestra segunda comida del día.

Esta vez todo resultó más rápido que en ocasiones anteriores: ya teníamos práctica. Martínez, con su buen ojo, identificó un sitio que había sido utilizado previamente, seguramente por alguna familia que también había buscado lo natural para cocinar al aire libre. Sin duda, el lugar era perfecto para cualquiera que quisiera respirar aire fresco y sentir esa conexión directa con lo natural.

La base de la “cocina” ya estaba lista: piedras dispuestas como fogón y restos de troncos de madera que alcanzaban para preparar no solo una, sino al menos un par de comidas más. Era como si el sitio nos hubiera estado esperando.

Fue solo cuestión de sacar todo lo que íbamos a utilizar: arroz, unas papas y, esta vez, una lata de sardinas. Lavamos los ingredientes y cada uno tomó su tarea. Yo me dediqué a buscar trozos pequeños de madera para encender el fuego, hasta que las ramas más grandes pudieran arder con fuerza.

Me encargué de iniciar la fogata con algunos plásticos que encontré entre los restos —bolsas olvidadas por visitantes anteriores, descuidos que hablaban más de costumbre que de necesidad—. El fuego prendió con facilidad, chisporroteando con vida, y la fuerza de sus llamas se volvió un espectáculo.

En poco tiempo, el agua del caldero comenzó a burbujear. Dentro de ella ya danzaban las papas cortadas en cuadritos pequeños, precocinadas con cebollín, cebolla y una pastilla de Maggi entre un ligero toque de aceite. El olor era tentador, mezclando lo simple con lo delicioso.

Martínez, atento, esperaba el momento justo en que el agua estuviera en su punto para lanzarse con decisión y añadir el arroz previamente lavado, como si en ese gesto se resumiera toda la maestría del fogón improvisado.

Yo, en cambio, tomé la decisión de aprovechar el río para darme un baño mientras el arroz se cocinaba. Con un trozo de jabón azul en la mano, no solo me lavé a mí mismo, también me dediqué a dejar limpio el pantalón, la camisa del día anterior y el interior. El agua corría fresca, golpeando con suavidad, como si me recordara que todo exceso se limpia con sencillez.

Lo más duro fue quitar unas pequeñas hojas adheridas al pantalón. Eran diminutas, pero parecían tener la firmeza de un ancla; cada intento por desprenderlas se volvía una lucha. Después de varios intentos, logré arrancar muchas, aunque algunas se resistieron a irse, quedando como huellas obstinadas del camino recorrido.  

Fue el baño más refrescante y renovador que había tenido en mucho tiempo. Me quedé al menos unos treinta minutos recostado, en modo de espera, porque la verdad ya hacía mucha hambre. El aviso no se hizo esperar:

—Ya está, vamos a comer —dijo mi colega.

—¿Tan rápido? —le grité sorprendido.

—¿Qué crees, que es juego? Venga.

Me levanté de inmediato, me vestí súper rápido y fui hasta la fogata. Y sí, era cierto: la sardina estaba lista y el arroz también. Con mucho gusto preparé mi sartén para servirnos. Siempre fue justo, ni más ni menos para ambos.

Hay que reconocerlo: esta aventura quizá nunca se hubiera vivido de no ser por el trabajo compartido, la paciencia y las ganas de continuar.

Almorzamos, y me tocaba a mí la tarea de lavar los utensilios, que siempre quedaban negros por la exposición directa al fuego de leña. Pero con arena del río y un poco de jabón en polvo, era tan fácil que nunca representó un reto dejarlos como nuevos.

Mientras yo me encargaba de eso, Martínez aprovechó para lavar su ropa y bañarse en el río. El agua fresca parecía devolvernos las fuerzas que el camino nos había quitado. Yo, por mi parte, iba acomodando todo para la salida, cuidando que nada quedara fuera de lugar y, sobre todo, sin olvidar llenar nuestros timbos con esa agua esencial que mantenía vivo cada tramo de la travesía.

Salimos y retomamos el camino, pero esta vez había algo diferente en ambos: la sensación de acercamiento a Santa Marta. Más adelante apareció un letrero que anunciaba la distancia que nos separaba, no recuerdo cuántos kilómetros decía exactamente, pero lo que sí era seguro es que ya estábamos en otra jurisdicción. Después de tantas lomas y tanto esfuerzo, por fin comenzamos a notar la inclinada a favor.

—¡Todo lo que sube tiene que bajar! —grité con entusiasmo, mientras la emoción se mezclaba con la certeza de que nos estábamos acercando cada vez más a nuestro destino.

A toda máquina comenzamos a bajar, y la velocidad llegó a ser tan intensa que hasta se volvió preocupante. La adrenalina nos tomó por sorpresa, era inevitable sentirla recorrer todo el cuerpo. Martínez iba adelante, y desde mi perspectiva su manera de manejar se volvió graciosa. El viento golpeaba con furia en el rostro, como si quisiera arrancarnos las sonrisas que, aun tensas, se escapaban de pura emoción. El ruido de las llantas contra el pavimento era un zumbido constante que se mezclaba con el silbido del aire, todo era vértigo, todo era libertad. Sentía que, si me descuidaba un segundo, la bicicleta me dominaría a mí en lugar de yo a ella, pero esa lucha entre el control y el descontrol hacía que la experiencia fuera aún más vibrante. Era como volar, pero con los pies firmes en dos ruedas que parecían no tener freno. Más adelante apareció la gran sorpresa: un letrero enorme que anunciaba “Santa Marta 20 kilómetros”. Fue sorprendente, emocionante, único. La euforia nos invadió de golpe, tanto que por un instante bajamos la guardia. Martínez, distraído como yo por la noticia, casi pierde el control de su bicicleta, pero en un parpadeo reaccionó con una respuesta rápida y precisa, retomando el equilibrio como si nada hubiera pasado. Aun así, la sacudida nos dejó alerta, recordándonos que la emoción también podía jugarnos en contra. Seguíamos adelante, pero el sol y el ambiente comenzaron a tomar una nueva forma: era mucho más árido de lo que había imaginado. El calor se hacía sentir con fuerza, justo después de que la inclinada que nos favorecía había terminado su labor con nosotros. A cada pedaleo notábamos señales más claras de la ciudad: caminos que se bifurcaban hacia fábricas o barrios, más tiendas abiertas, y una creciente presencia de vehículos de todo tipo, desde los más pequeños hasta camiones de mediano y gran tamaño. La sensación de estar llegando se hacía cada vez más evidente.

Seguimos adelante, guiándonos por uno de mis recuerdos más fuertes de mi última visita a la ciudad de Santa Marta. Sabía exactamente dónde comenzaba aquel espacio tan común de abordaje de los buses que se dirigían a Palomino, Mingueo, Río Ancho y otros lugares de esa ruta que ya habíamos recorrido. Tenía claro que debíamos cruzar un puente —o al menos bordearlo— para ubicarnos por allí, así que no di señal de detenernos, y Martínez tampoco.

Avanzamos entre almacenes, grandes supermercados de cadena y todo el movimiento propio de la ciudad. En medio de ese bullicio, de repente escuché un grito que retumbó entre la gente:

—¡Hey, Nairo Quintana!

Las carcajadas de quienes lo acompañaban no tardaron en seguir. Nosotros, con el mismo espíritu genuino y ligero que nos había acompañado todo el viaje, respondimos a lo costeño:

—¡Heeey!

—¡Hey, todo bien! —contestó Martínez con su tono relajado.

Creo que aquel comentario se debía, sin duda, a nuestra pinta. Era más que evidente que estábamos de cicloviaje: no solo por el color de nuestra piel, tostada por el sol, sino también por nuestras parrillas improvisadas cargadas de ollas y hamacas. Personalmente me lo tomé con agrado; fue apenas una impresión ligera, pero genuina.

Lo cierto es que, después de tanto recorrido, finalmente habíamos llegado. Eran cerca de las cuatro y media de la tarde, y comenzaba a sentirse esa mezcla de cansancio y expectativa. Ahora lo que quedaba era ver qué venía después.

Paramos más adelante, en no sé dónde, frente a un pequeño parque. Creo que la iniciativa principal de nuestra parada se debió a un letrero que nos llamó la atención de inmediato: decía “Minuto”. Ambos sabíamos que Santa Marta es grande y que, antes de lanzarnos a pedalear sin rumbo, lo justo era buscar claridad sobre dónde transitar y, sobre todo, dónde sería nuestro descanso.

De mis cosas saqué un pequeño papel donde tenía escrito el número de Beltrán. Y era justo la persona que necesitábamos en ese momento.

Así que no pensamos mucho en lo que había que hacer: fuimos directo al punto de servicio.
—Señora, un minuto por favor —dije amablemente.

Ella me pasó el teléfono, sujeto a un costado con una cadena. Marqué con cuidado el número que tenía anotado en mi pequeño papel, respiré profundo y presioné llamar.

En el primer intento, la llamada se fue directo al buzón. La voz fría de la operadora retumbó en mi cerebro: “El teléfono no está disponible, intente más tarde”. No sé por qué, pero ese simple hecho me generó una tensión extraña, que incluso sentí en los músculos. Desde la distancia, levanté la mirada hacia mi amigo, que me esperaba sentado, encargado de vigilar nuestras bicicletas. Su expresión parecía preguntar sin palabras qué había pasado. Volví a intentarlo; al fin y al cabo, no tenía nada que perder. Pero nuevamente sucedió lo mismo que la primera vez: buzón de voz, la misma voz metálica que parecía burlarse de mi insistencia. Respiré hondo, dudé un par de segundos y, con algo de terquedad, marqué otra vez.

Nada. La tercera vez fue igual: solo la voz de la operadora pidiéndome que intentara más tarde. Era como un eco insoportable que me golpeaba la paciencia. Para empeorar las cosas, alguien que esperaba turno para usar el teléfono comenzó a reclamarme con la mirada, esos ojos que exigían apuro sin decir una sola palabra. Sentí que mi insistencia se volvía un acto incómodo incluso para los demás, pero me negaba a soltar tan fácil esa esperanza.

Nada. La tercera vez fue igual: solo la voz de la operadora pidiéndome que intentara más tarde. Era como un eco insoportable que me golpeaba la paciencia. Para empeorar las cosas, alguien que esperaba turno para usar el teléfono comenzó a reclamarme con la mirada, esos ojos que exigían apuro sin decir una sola palabra. Sentí que mi insistencia se volvía un acto incómodo incluso para los demás, pero me negaba a soltar tan fácil esa esperanza.

No hice más que entregar el teléfono y devolverme al sitio donde estaba Martínez. Le conté lo sucedido, cada intento fallido, cada vez que la voz de la operadora me había negado la oportunidad. Mi pobre amigo solo me respondió con un “¿y ahora?” en una voz cargada de una desesperanza notable. Aquello me golpeó fuerte, pero no podía permitirme rendirme tan fácil. No volverlo a intentar era lo mismo que aceptar estar varados en medio de la nada, y eso no estaba en mis planes. Así que mi único plan fue esperar, por lo menos diez minutos, antes de volver a intentar esa llamada. Comenzó el conteo, y mientras tanto mi mente buscaba con desesperación una solución, un plan, cualquier cosa que nos diera claridad… pero no encontraba nada. Solo había una salida: ser guiados. Confiaba en que Beltrán atendiera y, como lo imaginaba sin ninguna duda, nos ofreciera un aposento.  Esa esperanza era mi ancla, la única certeza a la que me aferraba en medio de la confusión. El tiempo pasó rápido, y aunque pensé que habían sido solo diez minutos, seguramente fue más. Me levanté de allí y me dirigí nuevamente hacia donde estaba la señora de los minutos.

Con toda la calma que pude reunir, le pedí de nuevo el teléfono, explicándole que volvería a intentar la llamada. Lo pedí por favor. Ella me lo entregó, y con solo ese gesto noté que alguien más había comprendido mi necesidad de obtener una respuesta. La señora me miró fijamente, como queriendo asegurarse de que ese intento, a diferencia de los anteriores, tuviera finalmente sentido.

Marqué nuevamente, porque aquel viejo celular no mostraba el registro de llamadas. Saqué el papel del bolsillo, lo miré con cuidado, y repetí los números uno a uno, asegurándome de no cometer errores. Cuando estuve seguro, presioné llamar.

No llevé el teléfono de inmediato a mi oído, como era costumbre. Lo sostuve un poco alejado, escuchando con atención. Ese instante se convirtió en el siglo más largo de todo el viaje.

De repente, lo noté: algo distinto. No era la voz de la operadora, no era un corte brusco. Era el tono real de una llamada en curso, un uhmm, uhmmm repetitivo que me devolvió el alma al cuerpo. La mejor señal: estaba sonando.

Con prisa acerqué el teléfono a mi oído, sintiendo que una chispa de luz me devolvía la esperanza. Y, como si la vida quisiera jugar con mi paciencia, al otro lado contestó —con su voz despreocupada de siempre— ese sinvergüenza de mi amigo.

—¿Aló? Buenas tardes —me dijo con esa voz tranquila, como si nada.

Yo no esperé un segundo y lo ataqué de una:
—¡Hola, Beltrán! ¿Cómo está? Le habla Jhon… o mejor dicho, Torres —porque así me llamaban

—Hey, ¿cómo vas? —me preguntó Beltrán, con ese tono que siempre tenía de confianza.

No perdí tiempo. En menos de dos minutos le solté un resumen de todo: dónde estaba, con quién andaba y lo que necesitaba de su ayuda. Él escuchó en silencio, sin interrumpir ni una sola vez.

Cuando terminé, lo primero que soltó fue:
—¡¿Qué?! ¿Es en serio? ¿Cómo así que te viniste de Riohacha en bicicleta? ¡Me estás mamando gallo! —y se le escapó esa risa suya de siempre, la misma que me transportó de inmediato a otros tiempos.

—No, ¡en serio! —le respondí con firmeza, casi cortando su carcajada—. Aquí estamos, Martínez y yo, en Santa Marta, y necesitamos tu ayuda.

—¿En serio? —repitió Beltrán incrédulo, todavía con risa en la voz.

—¡Sí! —le contesté firme—. ¿Quieres que te pase a Martínez o qué?

—¡Joda, estás loco! —soltó entre carcajadas—. ¿Y en dónde estás?

Se seguía riendo, como si no pudiera creerse lo que escuchaba, mientras yo lo apretaba con la urgencia de que entendiera que no era un juego. Martínez me miraba de lejos con esa expresión de “¿qué dijo, qué dijo?”, esperando que todo saliera bien. 

Lo primero que hice, apenas con el teléfono aún en la mano, fue preguntarle a la señora del punto que, por favor, me dijera en dónde estábamos exactamente. Con la misma tranquilidad de quien ya lo repite todos los días, me respondió:

—Por Mamatoco.

Ese nombre fue como una brújula. Se lo compartí de inmediato a Beltrán, y desde ahí comenzó su orientación. Con esa manera tan suya de hablar, empezó a darme las indicaciones lo más detalladas posibles para que pudiéramos llegar a su casa.

Yo escuchaba con toda la atención del mundo, tratando de memorizar cada referencia, cada cruce y cada señal que él mencionaba. A cada frase suya, mi mente dibujaba un mapa improvisado, una ruta que en ese momento era nuestro salvavidas.

“Lo primero que Beltrán me dijo fue: ‘Mira, tienes que coger la de La Lucha. Busca la del Pando, y hasta la treinta vez preguntando la gente te ayuda de una a orientarte. Pregunta cuando estés por el Pando para llegar a la Treinta, y desde ahí pregunta por el colegio La Jaquelin.’

Tengo que comentar que, desde que empezó esa búsqueda, quedé totalmente desconcertado de hacia dónde tenía que agarrar para encontrar ese tal La Lucha, El Pando y, finalmente, la 30.” “Antes de colgar, Beltrán remató con: ‘Cuando estés por el colegio La Jaquelin me llamas, que yo te explico por dónde o cómo hacemos para encontrarnos.’

En ese instante se me ocurrió que anotar los nombres claves era crucial. Así que tomé el mismo papel donde tenía el número de Beltrán y le pedí a la señora de los minutos que, por favor, me prestara un lapicero. Ella, amablemente, me pasó uno de color rojo.

Con rapidez comencé a escribir: ‘Lucha – tomar la del Pando – hasta la 30 – llamar cuando esté lo más cerca del colegio La Jaquelin.’

Así, en letras rojas, quedó trazada la pequeña guía que iba a ser nuestro mapa para llegar a destino.”

Así mismo comenzó el tramo que nos dirigía al encuentro con nuestra esperanza. Al menos, deberíamos encontrar la orientación clave de alguien de suma confianza y, con base en eso, continuar con nuestro recorrido después de conseguir un poco de calma.

Pagué por los minutos que habían tomado la explicación de mi amigo. Gracias a su respuesta, el ambiente se volvió otro, casi de manera inmediata. Martínez, curioso, quería saber qué me había dicho.

Al salir, cancelé los $1.100 pesos, di las gracias y, casi sin pensarlo, le pregunté de inmediato a la señora cuál era la calle que me llevaba a La Lucha, el primer objetivo. Ella me explicó que tomara justo la que estaba en frente mío, cruzando la calle a mis espaldas.

La miré con gratitud y le dije:
—Muchas gracias, desde ahí empezaré, seguro.

Con esa certeza crucé la calle y, como si mostrara insignias, le enseñé a Martínez mis garabatos: el pequeño resumen de la explicación que nos llevaría al gran encuentro.

Le comenté a Martínez que Beltrán había contestado y que debíamos avanzar hasta encontrar el camino que nos llevara al colegio La Yaquelin, el punto que mi viejo amigo resaltaba como el más cercano a su vivienda.

Así que nos pusimos manos a la obra. Cruzamos la calle caminando, empujando nuestras “naves” para comenzar a seguir la ruta indicada por la señora de los minutos. Fue rápido, aunque las vías estaban intensamente transitadas; así que, con cuidado, montamos nuevamente y pedaleamos hasta encontrar nuestro segundo punto de referencia.

Más adelante, apareció una rotonda, y allí comenzaron los retos: dependí casi únicamente de mi instinto. No crucé a la primera ni a la segunda salida; fue hasta la tercera que, con un gesto de mano, señalé un carro llamativo con un gran letrero que anunciaba: Jugo de Chontaduro bien frío.

Martínez comprendió de inmediato mi intención: conseguir orientación del caballero que, muy amable, nos ofrecía sus apetecidos jugos. El carrito estaba lleno de cosas exhibidas, la mayoría con nombres de vitaminas y hasta potenciadores sexuales, con títulos muy llamativos e imágenes explícitas, entre ellos “Mero Macho” y otros.

Después de agradecerle, le pregunté: —Amigo, ¿usted sabe cuál es la calle que nos puede llevar hasta La Lucha?

—¿Para dónde van? —me respondió.

Le expliqué que me dirigía hacia el colegio La Yaquelin y que buscaba la salida hacia El Pando

El caballero se acercó con confianza, dándome toda su atención, y comenzó a explicarme:

—Ve, siga derecho por lo menos siete, u ocho cuadras. Por allí está la entrada a El Pando.
—¿Y cómo sabré si voy por el camino correcto? —pregunté, un poco desubicado.

—Mire —respondió—, las busetas de color azul pasan por allí; fíjese en los letreros de ruta. La que diga Pando será la señal de que está cerca. 

Sin dudar, di las gracias y arrancamos. Sentí que íbamos rápido, cada vez más cerca de nuestro siguiente punto. Comenzamos a identificar algunas de las señales de nuestro orientador: las cuadras, las busetas…

La primera pasó a un costado nuestro, y el señor de la puerta gritó “Pando” entre un montón de nombres que no recuerdo. Al escuchar la palabra, toda nuestra atención se enfocó en ese punto. La buseta era la que debíamos seguir. Me volteé hacia atrás y noté que Martínez captaba la misma señal que yo.

Íbamos detrás de nuestra siguiente parada, siguiendo la buseta. De repente, una mujer bajó de ella; no le pregunté directamente, pero hubo una señal instintiva que nos indicó el rumbo. Era la plaza de mercado: muchas personas y diferentes establecimientos, entre ellos locales de bicicletas, llanterías, ropa y talleres.

Vi a un señor estacionando un taxi y me acerqué de inmediato:

—Amigo, buenas tardes, estamos en Pando, ¿cierto?

Él, con algo de desconfianza, me respondió:

—Sí, por acá, pero el barrio es más adelante. Sigan derecho.

—Ok, gracias —le respondí.

Seguimos adelante y esta vez preguntamos a una señora que esperaba que una moto se detuviera.

—Amiga, buenas tardes, ¿sabe si estamos en Pando? —le pregunté.

—Sí —respondió—, ¿y hacia dónde van?

—Sin titubear le dije—, ¿sabe dónde queda el colegio La Yaquelin?

Ella asintió y nos indicó:

—Sigan derecho, ya están cerca.

Una sensación de logro comenzó a invadirnos; sin cuestionar, avanzamos hacia adelante, terminando la conversación con un simple pero efectivo:

—Gracias.

Después de haber avanzado un poco —aunque la verdad todo pasó tan rápido que parecía un solo movimiento continuo— nuestro nivel de concentración estaba al máximo. Creí que de la nada, tras algunas cuadras más hacia adelante, esta vez fue Martínez quien se detuvo y tomó la iniciativa.

—Amigo, buenas tardes, ¿usted sabe en dónde estamos? Es que estamos perdidos y buscamos el colegio La Yaquelin —le dijo con un tono firme pero cansado.

El muchacho, un joven de unos veintitantos años, lo miró con extrañeza. Se notaba que estaba tan desubicado como nosotros. Tras pensar un rato y rascarse la cabeza, lo único que alcanzó a responder fue:

—Creo que están equivocados… nunca he escuchado ese nombre.

Esa respuesta fue desconcertante de verdad. ¿Será que la señora se equivocó? ¿O acaso nos habíamos desviado demasiado siguiendo sus indicaciones? Martínez me miró con gesto serio y se despidió del muchacho diciéndole “gracias”. Pero antes de que se marchara, no pude contenerme y le pregunté:

—Amigo, ¿y la calle 30 cuál es?

Esta vez respondió con seguridad:

—Es esta misma donde están ahora.

También le agradecí, aunque la desilusión pesó en mí; mi serenidad apenas alcanzaba para contener la frustración que comenzaba a golpear fuerte por dentro.

Miré nuevamente los garabatos, los leí y repetí mentalmente: “Sal a la Lucha, busca la de Pando y encuentra la 30; desde ahí pregunta”. Esa pequeña milésima de tiempo que me tomé en verificarlo calmó mi mente. Martínez dijo:

—Vamos, solo preguntemos más adelante.

En medio de la búsqueda, cualquier respuesta podía aliviar las ansias, pero no había que perder la calma; había que seguir adelante. Esa fue nuestra postura. Creo que esa reacción es propia de quienes, tras viajar y enfrentarse constantemente a retos, aprenden a no desistir fácilmente.

Volvimos a preguntar, esta vez a alguien que paseaba a su perro. Era uno de esos bulldogs americanos pequeños, muy activos y con expresiones peculiares y distintivas. Al acercarme, no dejó de ladrar, pero sin mostrar ningún gesto de agresión; simplemente ladraba.

—Amigo, buenas tardes, ¿cómo está? —saludé, y el señor prestó atención y me respondió:

—Bien, dígame.

—Amigo, lo que pasa es que llevo un rato buscando el colegio de La Gabriela. ¿Será que usted lo conoce?

Después de pensar unos segundos, me dijo:

—Vea, yo creo que está por la cuadra de atrás. Cruzen a la derecha, creo que es por ahí; más adelante, a tres cuadras, cruce. Si no estoy mal, es un instituto de La Gabriela, pero no recuerdo bien el nombre.

No sé por qué, pero no tardamos mucho en agradecerle y seguir avanzando según las indicaciones del amable señor que paseaba a su perro. A la tercera cuadra, solo había un cruce, y era a la izquierda; por ahí tomamos y, adelante, lo vimos finalmente: el colegio La Gabriela. Ver en su letrero, en letras grandes, “Institución Educativa La Gabriela”, fue emocionante.

El siguiente paso era llamar, así que buscar un punto donde vendieran minutos se convirtió en nuestra prioridad. Mientras Martínez y yo observábamos y explorábamos con cuidado el lugar, de repente, surgió una situación inesperada: un joven, visiblemente ebrio, sacó de su cintura un machete, y la tensión comenzó a intensificarse de inmediato. De la casa salieron varios jóvenes y, de la esquina, otras tantas personas alteradas. La locura se desató de inmediato: un muchacho cargaba un machete en la cintura y, honestamente, no entendía ni por qué ni qué estaba pasando. Solo escuchaba gritos por todos lados: “¡No vayan a pelear!”, “¡Se van a matar!”. El corazón se me aceleró, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Y ahí estábamos nosotros, en medio del barrio, buscando un punto donde vendieran minutos, sintiendo cómo la gente se aglomeraba a nuestro alrededor desde todos lados. Permanecimos a la margen, con la cabeza en alerta, intentando procesar lo que pasaba, y con una certeza firme en la mente: mantenernos fuera del conflicto y entender lo que estaba ocurriendo antes de seguir avanzando.

El que había sacado el machete miraba al frente, hacia un lugar que no alcanzábamos a ver desde nuestra posición. De repente, retrocedió, y desde allí solo se escuchaban gritos. “¡Este hijueputa es un perro!” —decía otro muchacho—. Se sentía el contenido de tres personas, entre ellas creo que la madre, que gritaba: “¡Estás loco! ¿Qué vas a hacer? ¡Quédate quieto, vamos para la casa!”.

Las personas del barrio permanecían expectantes, como si esperaran que algo trágico sucediera. Después del esfuerzo de la madre y de algunos conocidos, la situación tomó un giro: a la fuerza se llevaron al que portaba el machete, y el otro joven no avanzó ni un paso más gracias a la voluntad de su madre, que lo sostenía con un abrazo entre lágrimas.

Por unos minutos, fue increíble; nos olvidamos de que estábamos ahí, de nuestro objetivo, siendo meros espectadores de aquella escena. Después de que se fue el del machete, la multitud solo observaba al joven que seguía furioso, murmurando entre dientes: “¡Lo mato, ese perro se muere!”.

En medio de ese caos, Martínez, como si fuera parte de otra realidad, comenzó a hablar con alguien que se nos acercó para ver qué pasaba. “En esta zona siempre es lo mismo”, dijo simplemente, como quien comenta una costumbre repetida y desgastada por el tiempo.

Bajo la sorpresa de lo que acababa de ocurrir, Martínez, casi por inercia, le pidió un minuto al joven, quien no pareció tener problema y respondió con un simple “Dígame el número”.

Con una rápida inspección de nuestras fachas, saqué el papel de nuevo y le pasé el número. Marcó y, como si nos estuviera esperando, contestó de inmediato. Me pasó el teléfono y le comenté:

—Beltrán, estoy en la esquina de la Institución La Gabriela. Acá la cosa está caliente, ¿por dónde es que hay que tomar para llegar a donde estás?

La tensión del momento no borraba la esperanza: por fin teníamos un hilo de guía en medio del caos.



“Entiendo”, dijo Beltrán, confirmando nuestra ubicación. “Déjenme, ya voy por ustedes, pero si quieren, vayan subiendo para que sea más rápido. Es en la cuadra de adelante, suban por esa”, justo por donde todavía se sentía la tensión de lo que casi ocurría.

al escuchar esto, levanté la voz y repetí: “Es por esa cuadra”. Él afirmó con un “Sí, suban, que están un poco lejos y me demoro en bajar, ok”.

Dimos las gracias, y como parte de la interacción con el joven que nos había facilitado la llamada, recibimos su típica pregunta: “¿Para dónde van? ¿A quién buscan?” —pregunta hecha con desconfianza. Respondimos que buscábamos a un viejo amigo que nos iba a recibir, viniendo desde Riohacha en bicicleta.

Con cierta sorpresa, se echó a reír y, otra vez, escuché su comentario: “¡Hey, ustedes están locos!”

Como espejos, reímos y dijimos: “Nombe, no está tan lejos”. Cerramos el diálogo dando nuevamente nuestras gracias, y le comenté a Martínez lo que había dicho Beltrán, tal como me lo expresó.

“Es adelante, suban, que ya bajo”, nos indicó. Dimos marcha, pero caminamos haciendo un pequeño reconocimiento del lugar por donde tendríamos que avanzar para llegar a donde Beltrán. La calle era angosta, con secciones de pavimento; la mayor parte estaba sin asfalto. Desde lo alto, pequeños senderos de agua de desagüe bajaban con un color oscuro, añadiendo un detalle más al entorno que nos rodeaba.

Aún había un considerable espacio para avanzar, así que nos montamos en las bicicletas para aproximarnos a una inclinada que se hacía más adelante. Dimos unos cuantos pedalazos para llegar, y luego descendimos nuevamente, comenzamos a caminar. El lugar estaba tranquilo, y era entendible, pues aún había personas observando lo que había sucedido. Nuestro ingreso al barrio, cuyo nombre desconocíamos, fue sereno, con pocos ojos puestos en nosotros. 

Adelante, se perfilaba una silueta en lo alto de la inclinada, que de inmediato reconocí: sin ninguna duda, se trataba de Beltrán, bajando con sus pasos de siempre. Miré a Martínez y pronuncié lo que había visto:
—Mira quién viene.
Martínez solo asintió con un gesto de tranquilidad, mientras avanzábamos hacia él.

Al acercarnos, lo primero que dijo fue:
—¡Joda! ¡Ustedes están locos! —y estalló en risa—. Yo pensé que era una broma… ¡están locos! jajajajajajja

No era mentira: un gran saludo se dio entre nosotros, cargado de alivio y alegría. Mi viejo amigo nos escuchaba, asombrado por lo que habíamos logrado, y no pudo evitar reír al vernos llegar. La subida había sido dura de roer, exigente, pero cada pedalazo y cada empuje valieron la pena. Por fin estábamos en su casa, donde fuimos recibidos por su hermanito pequeño y su madrastra en la terraza. Sacaron sillas y, entre risas y relatos, comenzamos a compartir con él todo lo que habíamos llevado a nuestros espíritus hasta su puerta: la travesía, el cansancio, el aprendizaje y, sobre todo, la satisfacción de haber llegado.

Después de un rato, alrededor de las 6 y algo, nos hicieron la inevitable pregunta: “¿Para dónde van?” Nuestro siguiente objetivo era la zona platanera, un lugar que desde Santa Marta calculábamos implicaría al menos un día y una noche de recorrido. Allí se encontraba la novia de Martínez, quien estaba en proceso de embarazo. La ausencia de ella y la ansia de paternidad de Martínez hacían que la llegada a ese punto fuera un objetivo urgente y lleno de significado. Ese objetivo era personal de Martínez, su principal fuente de motivación. En mi caso, solo estaba el ánimo de acompañarlo, aprender y conocer tanto como fuera posible, tal como se había planteado desde el comienzo. Martínez hablaba con convicción de que se debía hacer todo lo posible por llegar a ese lugar, cuando de repente Beltrán y su madrastra comentaron algo que cambiaría nuestro plan de viaje y modificaría por completo nuestro trayecto hacia nuestros hogares.

Se informaban, por diferentes medios, sobre la presencia de grupos que estarían imponiendo un paro indefinido justo en el camino que teníamos planeado tomar. Y es que, si se trataba de un paro, toda la zona se volvería peligrosa, comentó la madrastra de Beltrán de la manera más consciente posible: no era una idea muy sensata continuar hacia ese lugar; era demasiado arriesgado.

Esa información nos dejó un vacío inmediato, que solo se iría aclarando con el tiempo, hasta la llegada del papá de Beltrán, justo cuando todo estaba cubierto por una calma absoluta y un hermoso anochecer samario.

El papá de Beltrán me parecía admirable; es una persona multifacética que sabe desempeñarse en cualquier situación y se la juega, incluso sin un empleo seguro para sostener la casa. Desde árbitro hasta albañil o plomero, este señor conserva la curiosidad necesaria para aprender cualquier cosa que sea imprescindible en el momento, sacando provecho de su ejemplar espíritu trabajador y guerrero. Su carisma es espléndido, pues, al ver que mi amigo Beltrán había aceptado la presencia de dos personas que desconocía totalmente, no hizo preguntas, no brindó charla innecesaria; solo mostró admiración y apoyo.

De inmediato identifiqué una excelente relación padre-hijo, algo que es muy difícil de conseguir: se entendían y nadie invadía las bases de una relación saludable intrafamiliar, sumamente respetable. Cuando nos vio, nos saludó con mucho cariño.  

Como ya era un poco tarde, nos invitó a pasar hasta la sala de su casa. Nos preguntó: “¿Ya comieron? Se ve que tienen hambre. Pasen, guarden sus bicicletas en el patio y vamos a ver qué preparamos”.

Comenté que contábamos con algunas cosas que podíamos usar para preparar algo rápido: arroz, aceite y el último trozo de salchicho que nos acompañaba. La señora, sin esperar, se puso manos a la obra y comenzó a cocinar mientras Beltrán, su hermanito y su padre entablaban conversaciones interesantes con nosotros. Entre charlas, veíamos en YouTube algunos documentales que le gustaban al padre. Por cierto, aprendimos muchas cosas interesantes de él: un auténtico explorador intelectual que escuchaba, leía y reflexionaba sobre temas poco comunes de la humanidad.

Nos habló, entre otras cosas, de la creencia de que ciertas cumbres podrían ser la base de árboles milenarios que fueron cortados por razones desconocidas. Comentaba también sobre las posibles tallas de esos árboles, y cómo si se analiza un documental y se valora la similitud con otros hallazgos, surgen muchas iniciativas para creer y explorar. “El mundo es un misterio”, repetía, “y los humanos somos más capaces de lo que cualquiera podría imaginar”.

Mientras escuchábamos, era imposible no contagiarse de su pasión y curiosidad; cada relato y documental nos hacía abrir la mente y valorar la inmensidad de lo desconocido.

Fue un espacio genuino que generó un gran interés en mí; incluso Martínez prestaba atención a las conversaciones sobre cosas paranormales o sucesos únicos que habían ocurrido en la historia del planeta.

Después de un rato, la madrastra de Beltrán nos avisó que la comida ya estaba lista y que debíamos comer antes de que se enfriara. Procedimos a disfrutar de los alimentos, que, por cierto, quedaron deliciosos. No puedo dejar de agradecer a la familia de Beltrán por recibirnos y atendernos de la manera más cálida y única posible.

Una vez terminada la charla, se retomó el tema de nuestra travesía. El padre de Beltrán fue más directo y serio: “Vea, muchachos, no es buena idea que tomen ese riesgo. Detrás de nada, aparentemente, las cosas en el paro armado que se gestiona en ese lugar son muy delicadas, y por lo que veo, sus provisiones no son muchas. No vale la pena exponerse buscando lo que no se ha perdido”. Con esas palabras, se marchó a descansar, pues debía madrugar al día siguiente.

No quería ni pensar en tener que devolverse, pero incluso Martínez, con su motivación única, tuvo que asimilarlo con la cabeza fría.

Entre charlas con Beltrán y su idea de invitarnos a jugar en su Xbox, dábamos espacio para decidir qué queríamos hacer. Ese pequeño nunca nos dejó realmente jugar: solo contaba con un control, elegía juegos que él dominaba y estableció que los turnos eran por “muerte”.

Primero jugó su hermanito pequeño, que no tardó mucho en su partida. Luego fue el turno de Martínez, después el mío y, por último, él. Todos morimos en un instante, y cuando llegó su turno, no tuvimos más oportunidad. Solo nos quedaba la esperanza de que perdiera… pero eso nunca pasó.

Por eso mismo no nos contestaba: ese mañoso estaba buscando algo para el Xbox, porque su entusiasmo era tanto que solo tenía un foco de atención: jugar. Lo digo con cariño, pero en serio… ¡te pasas! A la próxima, por lo menos danos tres muertes por turno, pendejo.

Terminamos la noche con ansias de seguir jugando, pero bueno… hubo diálogos interesantes, varios documentales de 20 o 30 minutos sobre temas súper increíbles, comida y, sobre todo, el confort de estar debajo de un techo para poder descansar.

El aviso de descanso fue claro: “Beltrán, sé que usted no duerme temprano, pero por lo menos extienda el cojín del sofá para que sus compañeros descansen”, dijo su papá. Así que extendió el cojín, preparamos sábanas y nos acomodamos a dormir.

Posdata: Beltrán jodió y jodió con el Xbox hasta que se aburrió por no haber logrado descargar algo que quería.

 El momento más difícil del proyecto

El día siguiente traía consigo la decisión más compleja de toda nuestra travesía. Desde temprano, alrededor de las 7 de la mañana, desperté a Martínez, que había dormido como nunca esa noche, roncando profundo, como un tractor a punto de dar el último movimiento.

Con voz seria, le pregunté:
—Amigo mío, ¿qué piensas de lo que hablamos anoche? ¿Qué crees que debemos hacer? Avanzar o retroceder, considerando que esa zona está en paro, es muy complejo. La verdad, yo no quiero ir hacia allá.

En su rostro se notó de inmediato que comprendía la situación. Sabía que cualquier decisión debía ser tomada con cuidado y con plena conciencia de los riesgos. Le comenté lo mismo: que debíamos ser más prudentes con lo que se iba a hacer.

Hubo un suspiro compartido, profundo, lleno de reflexión y reconocimiento de la dificultad del momento. La tensión de la decisión pesaba en ambos, mientras el sol comenzaba a iluminar suavemente la habitación, marcando el inicio de un día que prometía ser determinante.

Después de un momento de reflexión, tomamos una decisión que consideraba todos los factores: la situación de la zona, nuestro presupuesto limitado y la necesidad de actuar con prudencia.

Martínez, con una chispa de desánimo pero totalmente cuerdo y coherente con las circunstancias, me dijo:
—Entiendo, Jhon. Y si quieres escucharme, creo con toda certeza que lo mejor es devolvernos a casa. Tomemos esta experiencia como algo que conseguimos y disfrutamos demasiado; no hay espacio para arrepentimientos.

Asentí con la cabeza, comprendiendo la sabiduría de sus palabras.
—Ok, volvamos. Partamos ahora mismo, para no incomodar a nuestro amigo y a sus familiares —respondí, reafirmando la decisión.

Fue un momento de aceptación y madurez: sabíamos que no todo en una travesía depende del coraje, sino también del juicio y la responsabilidad. La experiencia ya estaba hecha, y nuestra prioridad ahora era cerrar este capítulo con respeto y cuidado.

De la nada, Beltrán apareció con los ojos rojos; no sé a qué hora se había ido a dormir ese loco, pero parecía que no había descansado mucho.
—¡Buenos días! ¿Cómo amanecieron? —preguntó con su energía de siempre.

—Bien, bien —respondimos—, y ya estamos listos para irnos.

—¿A dónde? —preguntó.

—A Riohacha —contestamos, conscientes de que siempre es sabio escuchar un consejo.

Martínez agregó con seguridad:
—Sí, estamos lejos, sin ninguna duda, pero tenemos lo suficiente para un buen regreso.

El ambiente estaba cargado de determinación y respeto: habíamos disfrutado de la hospitalidad de Beltrán y su familia, pero era momento de cerrar esta travesía y regresar, conscientes de cada desafío superado.

Preparativos y despedida

Lo primero fue cepillarnos los dientes, lavar nuestras caras y organizar nuevamente nuestro equipaje de viaje. Dejamos el espacio donde habíamos descansado limpio y ordenado; cada cosa en su lugar, como señal de respeto y gratitud por la hospitalidad recibida.

Era hora de despedirnos y dar las gracias de la manera más sincera. Lo hicimos con Beltrán y su madrastra; el niño dormía plácidamente, y el padre de Beltrán ya había partido al trabajo.

No sé por qué, pero estoy seguro de que, al igual que yo, no recordará mi nombre. Aun así, le agradezco profundamente por su hospitalidad genuina y por brindarnos la oportunidad de experimentar el descanso más revitalizador que había tenido hasta ahora: bajo techo y en uno de los sofás más cómodos donde he podido dormir.

Con todo listo y nuestra intención de regresar clara, salimos de la casa. Verificamos cuidadosamente todo: llantas, frenos y, sobre todo, nuestra perspectiva para regresar a casa.

En la puerta, Beltrán nuevamente nos dio indicaciones precisas: “Salgan por acá, crucen por allá y pregunten hasta salir a Mamatoco. Desde allí no creo que se pierdan; la salida de la ciudad está bien señalizada y orientada por señales de tránsito”.

En ese momento entendí y llevé conmigo una lección que, hasta ahora, no olvido: preguntando se llega a todos lados. Hazlo con amabilidad, agradece siempre, y sobre todo, nunca olvides que aquel lugar que buscabas apareció gracias a las indicaciones de personas que compartieron no solo su tiempo, sino también su conocimiento.


Antes de partir, extendí mi mano hacia Beltran, dándole las gracias por su acogida y atención justo cuando más lo necesitábamos. Martínez también expresó su gratitud con un firme apretón de manos. Ese gesto marcó el inicio para retomar nuestra ruta: esta vez, de regreso a casa, 172 kilómetros por recorrer, sin contar el punto de partida. Conocíamos ya las subidas y bajadas, los vientos y el sol que nos esperaba, otra noche más fuera de casa, con pocas diferencias: menos peso, y esta vez en el carril de regreso.

Además, ambos propusimos un plan adicional: bañarnos en los ríos que hasta ahora no habíamos podido aprovechar, una idea que prometía refrescarnos y dar un respiro en medio de la travesía.

Salimos respetando las indicaciones de Beltran: primero derecho, luego a la derecha, y en poco tiempo ya estábamos siguiendo una de esas busetas que decía “Mamatoco”. Esto hizo que el camino fuera mucho más fácil, porque hasta ese momento no hubo necesidad de preguntar.

Sin embargo, la buseta se desvaneció en el tráfico, dejando de rastrear su recorrido. En una esquina, nos acercamos a alguien con un traje muy reconocible, que vendía Vive 100. Le saludamos:

—Buenas, ¿cómo está?
—Caballero, ¿usted sabe a dónde puedo ir para encontrar la salida hacia Riohacha?

Él nos miró y, como si fuera un experto, comenzó a explicarnos usando las manos:

—Vea, tome por esta calle, más adelante, en la rotonda salga por la primera salida, pase un puente y esa misma vía lo llevará hasta un letrero que indica la salida. ¡Regresen pronto a Santa Marta! 


Seguimos las nuevas instrucciones de nuestro amigo, dimos las gracias y avanzamos con muchas ganas hacia adelante. Sin embargo, en medio de la poca marcha que llevábamos, una sensación de vacío nos acompañaba. La verdad, no era lo que queríamos.

Me pregunté nuevamente si todo lo que habíamos hecho con tanto esfuerzo sería un desperdicio. Era una insistencia de terquedad y necedad, muy correspondida en nuestras miradas. Al menos yo lo notaba en Martínez: tanta ilusión puesta en un solo objetivo, todo su esfuerzo dependía de una única fuente de anhelo, aquella conversación que debía tener con esa muchacha.

Saber cómo iban a terminar las cosas entre ambos, y sobre todo verificar la posibilidad de compartir el proceso de embarazo que tanta ilusión le hacía, era lo que lo mantenía en pie. Fue un tramo de reflexión donde, por poco, podía llegarse a pensar que habíamos renunciado al plan original.

Regresarnos, de cierta manera, podía interpretarse como una derrota… pero en realidad éramos…

Éramos una versión mejorada de nosotros mismos, una nueva forma de auténtica aventura. Habíamos llegado y vivido una experiencia única, llena de verdades y acontecimientos que nos transformaron. Aprendimos mucho y mantuvimos la cordura en medio del estrés que no podíamos dejar de lado.

Comprendimos que debíamos comenzar a valorar cada cosa aprendida, sin olvidar nada, siempre con la frente en alto y una mirada llena de orgullo por haber hecho una gran travesía que aún no terminaba. Debíamos avanzar, llegar sanos y salvos a casa, llevando con nosotros una anécdota personal increíble, lista para narrar a nuestras familias y amigos, quizá algún día, a nuestros hijos. Una estampa de aventura única y propia, forjada únicamente por nuestra voluntad.  

Después de un rato, vimos el letrero que indicaba el camino a Casa Grande. En él, se leía, a su manera de señal: “Feliz viaje, regrese pronto”.

Seguimos adelante, guiados por los pedaleos firmes de Martínez, que llevaba la delantera con determinación. Tomamos el desvío y, desde ese punto, me quedó claro que ya estábamos en ruta firme hacia casa. Al menos, esa era mi manera de verlo: mantener la continuidad era la clave.

Sin embargo, lo que había sido una larga bajada —rápida y casi traicionera— ahora debía ser conquistada en subida, sin titubeos, con todo el esfuerzo posible, si realmente queríamos avanzar y llegar lo más pronto posible.

Hicimos nuestra primera parada más adelante, en una pequeña tienda que apenas se sostenía con un par de sillas de madera y unas cuantas cosas a la venta. Lo más notable eran las chucherías: chitos, dulces, y en la nevera algunas bebidas lácteas junto con unas pocas bolsas de yogur.

El plan era sencillo: comprar algo para desayunar y así obtener la energía necesaria para afrontar lo que venía. Llamé con la voz un poco fuerte, pues a simple vista no había un alma pendiente de aquel lugar silencioso.

Después de mi segunda llamada, escuché la voz cansada de un abuelo que respondía desde el fondo:
—Demen un momento, por favor.

Miré a Martínez con cara de “ya viene” y ambos esperamos en silencio. Al poco rato, el abuelo apareció. Caminaba despacio, con un gesto de esfuerzo marcado, hasta que por fin se acercó a nuestro servicio. Sin rodeos, preguntó:
—Dígame, ¿qué le doy, amigo?

—Amigo, de casualidad… ¿no tendrá pan de mantequilla? —pregunté con la esperanza de un desayuno más completo.

El hombre negó con la cabeza y contestó:
—Lo único que tengo es pan de sal, del grande, a 500 pesos la unidad. Me quedan dos.

Martínez me miró sin dudar y dijo:
—Bueno, démole. Tenemos que desayunar, porque estamos lejos.

—Listo, démelo por favor —le respondí—. Y pásenos también una bolsa de agua de la grande, si tiene.

—Sí, pero al clima, a 300. Esas son las buenas —conteste.

Acepté sin titubear. Me acordé de que, cuando tomaba agua fría al terminar mis entrenamientos matutinos en mis tiempos libres, me quedaba una sensación incómoda de saliveo. Así que, de alguna manera, aquella agua al clima me cayó como un recuerdo práctico y necesario.

Al ver nuestros panes en mano y las dos bolsas de agua, notamos enseguida que aquello no iba a ser suficiente para afrontar lo que se venía. En mi mente pasó rápido la idea: ¿y qué tal una barra de bocadillo?

Vi, apartadas en un rincón, unas tres de esas barras grandes y, antes de pagar, le pregunté al abuelo:
—Señor, ¿cuánto cuesta el bocadillo en barra, de los grandes?

Con su voz pausada respondió:
—Son a 3.800. Le doy una.

—Sí, démela por favor —afirmé sin pensarlo dos veces.

Pagamos con el último billete de 10.000 que quedaba, y me devolvió 4.600 pesos. Le di las gracias y buscamos un asiento para, con calma, desayunar lo que sería nuestra primera comida del día.

Entre risas, descubrimos que el pan de sal no estaba duro sino cauchoso, con una textura extraña, como si estuviera caducado o en mal estado. Sin embargo, al revisar la fecha, notamos que estaba vigente. Llegamos a la conclusión de que quizás había pasado demasiado tiempo sobre aquella mesa de madera descubierta, esperando pacientemente a que alguien lo comprara.

El bocadillo, en cambio, nos dio más trabajo. Sacar el cuchillo de las cosas que llevábamos en la parrilla no fue nada tentador, así que decidimos partirlo con las manos y con fuerza. Como consecuencia de la flojera, terminé con la mano embarrada y el bocadillo mostrando señales de maltrato brusco. Para colmo, las partes resultaron totalmente desiguales: toda una injusticia servida en pleno desayuno. Martínez no había hablado mucho desde que salimos, así que metí conversación:

—¿Qué tal? En serio, tenemos que devolvernos. Espero que pronto encontremos un buen río… quiero de esos camarones que pescamos la otra vez; esta vez me voy a esforzar por conseguir muchos.

Él respondió tranquilo:

—Sí, no estaría mal. Todavía quedan algunas cosas que podemos mezclar para hacer un buen almuerzo.

Esa fue su respuesta, y nuevamente cayó en silencio, observando el entorno con calma.

Al terminar, nos levantamos y de frente vimos una ventana con vidrio de esos que parecen espejos. En el reflejo noté lo maltratado que estaba por el sol: mis ojos rojos, el cabello reseco… vaya cambio en tan poco tiempo. Definitivamente, a nadie le parecería que estábamos pasando “de lo más vacano” si nos veían en ese estado. 

Llamé la atención de Martínez para que viera cómo nos veíamos. Él, sorprendido y en modo de burla, soltó una carcajada:

—¡No, joya! Sí que estamos es negros, jajajaja.

Su comentario, lejos de incomodar, nos hizo reír a ambos. Fue como un recordatorio de que, a pesar del cansancio y de lo maltratados que nos veíamos, seguíamos juntos en la misma ruta. Entre bromas y miradas cómplices entendimos que lo importante no era cómo lucíamos, sino cómo estábamos afrontando todo: con compañerismo, resistencia y la certeza de que esta experiencia nos marcaría para siempre.

Nos movimos del espejo y retomamos la marcha, aunque con las mínimas ganas de avanzar. Sabíamos que más adelante llegaría esa subida que, en la venida, nos había lanzado cuesta abajo como una catapulta. Ahora tocaba conquistarla a pulso.

De repente, algo nos devolvió el ánimo: unas matas de mango repletas de frutos maduros. No hacía falta treparse, había más de ocho tirados en el suelo. Eran de esos que mi mamá llama mangos de puerco, con esa pinta amarilla y tentadora que promete dulzura y fibra a la vez.

Bajamos casi corriendo, como si la vida dependiera de eso. Pero esta vez, por primera vez en todo el viaje, sentimos un instinto de competencia. Apenas puse un pie en tierra, ya Martínez estaba adelantado, recogiendo mangos a dos manos como si fueran tesoros.

—¡Nojoda, Martínez! —le grité entre risas—. ¿Qué pasó? ¿Y ese afán?
—¡Es que estos sí que me gustan! —respondió él riéndose—. Y además, ¿qué crees? ¡Con lo que comimos no llenamos ni un hueco!

Aprovechando su distracción, vi uno perfecto, escondido entre la cerca de una casa. Madurito, brillante, parecía hecho para mí. Me acerqué con cuidado, sin hacer mucho ruido, porque sabía que Martínez no bajaba la guardia. Extendí la mano con sigilo, ya casi lo tenía, cuando de repente…

¡WUF, WUF, WUF!

Un perro salió de la nada, ladrando con una furia que me dejó paralizado. El corazón se me fue a la garganta.

Me asusté, obvio. Y lo peor, no entendía de dónde había salido esa fiera, como si hubiese estado camuflado esperando justo ese momento.

Mientras yo trataba de recomponerme, otra vez Martínez tomó ventaja. En medio del estruendo de los ladridos, solo escuché que me gritaba algo entre risas y apuro, pero tan atropellado que apenas entendí:

—¡Jooo… corre, que…! —y lo demás se perdió en el ruido del perro.

Cuando lo miré, ya estaba sobre la bicicleta, con los mangos dentro de la camisa y sujetando uno con los dientes, mientras pedaleaba como si nada.

Me levanté de un salto, aún con la adrenalina del susto, y tomé con afán el impulso para alcanzarlo. Mi técnica para llevar mis mangos fue distinta: los eché dentro de la camiseta, como si fuera una bolsa improvisada, y la aseguré con una mordida firme. Así podía avanzar sin problema, pedaleando con las dos manos libres, sin ninguna dificultad a pesar de tener la carga bien sujeta contra mi pecho.

Fue algo peculiar, pero esa reacción nuestra terminó siendo lo más infantil que pude asimilar de todo el viaje. Se trataba del mero impulso, sin raciocinio pleno, de dos adultos en plena forma actuando como niños hambrientos. Sin embargo, sinceramente fue un momento inusual y hasta novedoso; no pensamos en el porqué de aquella conducta, simplemente lo vivimos y seguimos adelante.

Reímos un montón, porque esa emoción que experimentamos se volvió el combustible del viaje. De la nada avanzamos mucho, incluso llegamos a dominar la ruta por varios kilómetros. Yo seguía mordiendo mi camiseta con fuerza, decidido a no dejar escapar mi botín por nada del mundo, mientras que Martínez, con una habilidad inexplicable, comía de alguna manera mientras manejaba sin ninguna dificultad.

Al cabo de un rato tuve que parar, porque se volvió realmente molesto pedalear con la tela atrapada entre los dientes. No aguanté más y orillé la bicicleta de golpe, sin poder avisar, ya que no es fácil hablar con la boca ocupada. Martínez se percató y, unos segundos después, también se detuvo. El colmo de los colmos fue verlo con una tremenda embarrada de mango en toda la jeta, como si fuera un niño disfrutando sin medida.

Nuevamente compartimos otro momento de diversión, impulsado por comportamientos genuinamente infantiles. Martínez, todavía entre risas, comenzó a lavarse la boca con el agua que llevábamos de provisión, mientras yo buscaba la manera de acomodar mi botín en la parrilla de la bicicleta. Al final no eran tantos: en total solo fueron cuatro mangos, menos el que me comí con gusto durante la pausa.

Así, entre bromas y carcajadas por tantas pendejadas en un tramo tan corto, retomamos el aliento antes de seguir adelante.

Yo terminé de comer mi botín, y Martínez igual. Me las arreglé para guardar los mangos que quedaban: los envolví en uno de mis suéteres sucios y los amarré junto con las demás cosas en la parrilla de la bicicleta.

Avanzamos de nuevo, ya siendo como las diez de la mañana. El ambiente se sentía cada vez más pesado: al dejar atrás la salida de Santa Marta, todo se notaba seco, cubierto de polvo. El sol comenzaba a pegar con fuerza, levantando una sensación térmica sofocante; el asfalto, brillante como espejos, hacía que el calor se volviera todavía más agobiante.

Así que teníamos poco tiempo de ventaja mientras apenas empezaba el calentamiento. Después del mediodía, el sol se vuelve tremendamente fuerte, y por experiencia sabíamos que no podíamos desistir ni un minuto.

Cada pedalazo debía ser aprovechado; cada esfuerzo, considerado como energía con un destino preciso. Era como si hubiéramos activado un piloto automático, donde la fuerza no se desperdiciaba y la concentración debía mantenerse firme, con mucha conciencia.

Después de las carcajadas, en nosotros se notó la seriedad propia de quienes dependen solo de su fuerza de voluntad. No hacíamos más que pedalear.

Al menos para mí, en medio de la exigencia del pedaleo, comencé a divagar en mi mente. La primera pregunta que apareció fue: ¿acaso siempre había sido tan caliente este ambiente? Había tanta información golpeándome de golpe que apenas alcanzaba a procesarla. De seguro se debía al empuje con el que habíamos entrado a esta zona, a esa mezcla de cansancio y concentración que lo vuelve todo más intenso.

Y es que en realidad nuestra atención estaba fija únicamente en un propósito: mantenernos en el camino como fuera posible. Nada más.

Mientras avanzábamos, notamos cómo pedalear se volvía más costoso; cada metro exigía más fuerza, más continuidad. Y aun así, apenas lográbamos un poco de avance. Eso era lo más duro: el terreno comenzaba a inclinarse y la subida se hacía evidente.

Pero no soltamos. Nuestras bicicletas se volvieron una extensión de nuestro cuerpo; apretábamos con fuerza los “cachos” del manubrio, sentíamos el estrés en nuestras piernas, y aun así el reto estaba claro: no desistir.

Martínez comenzó a levantarse del sillín para dar más empuje, y yo, al ver la efectividad de su técnica, no dudé en imitarlo. El resultado se sentía: pedal tras pedal, una y otra vez, cada movimiento era una pequeña victoria en medio de aquel reto que parecía interminable.

El tramo era tan serio que hasta los vehículos mostraban señales de apuro. Los carros de carga rugían, esforzándose por avanzar con consistencia, y aunque lo hacían con motores potentes, la diferencia con nosotros no era tan abismal como uno pensaría. Esa comparación nos dio la medida real de lo que enfrentábamos: una subida que exigía respeto, voluntad y todo lo que teníamos por dar.

Para rematar, el viento tampoco ayudaba: venía en contra y hacía nuestro esfuerzo aún más frágil. Aun así, seguimos pedaleando sin rendirnos, hasta que algo extraño se hizo notar en mi llanta trasera: comenzó a rozar con el marco del caballo de la bicicleta, un sonido seco y repetitivo que advertía que algo andaba mal.

No tuve que llamar a Martínez; él también escuchó aquel “bruu, bruus” que de la nada comenzó a retumbar con cada giro de la rueda. Fue la señal inevitable de una pausa, y aunque el motivo era mecánico, en el fondo sabíamos que la necesitábamos.

Nos detuvimos exhaustos. Nuestras mejillas, ennegrecidas por el sol y el polvo, tenían ahora un tinte rojizo de tanto esfuerzo, y las camisetas estaban empapadas, como si recién hubieran sido lavadas y exprimidas sobre nuestro propio cuerpo. El sudor hablaba claro: íbamos al límite.

Pero sinceramente no era la gran cosa. Al menos para nuestras mentes, porque si no hubiera sido por ese ruido, estoy seguro de que no nos habríamos hecho a un lado. Sin exagerar, ese era el resultado de nuestro empeño: éramos más resistentes, éramos más fuertes.

Al detenernos a la orilla de la vía, bajo una pobre rama que al menos nos acariciaba con algo de sombra, lo noté de inmediato: la llanta se había aflojado y por eso se rodó de su eje de soporte principal. Cómo pasó, ni me lo pregunté; pero creo que fue por esa técnica de levantarnos del sillín para dar más empuje a duras penas, o quizá porque había quedado floja desde la reparación que hicimos en la parada por los camarones.Y al esfuerzo de la subida se le sumaba el estrés del culebreo, ese movimiento que hacíamos como compensación al ir levantados del sillín para dar más fuerza.

Mi amigo bebía agua con calma, y luego me ofreció. Pero de aquel sorbo largo que se dio —donde casi se termina la botella de una— ya no había nada para mí. Reímos, porque le solté:

—¿Qué es eso, babas? No seas sinvergüenza, pásame la otra botella.

Él, sin discutir, me la pasó, y seguimos entre risas y cansancio.

Después de unos minutos de darnos un pequeño descanso, sacamos las herramientas: una llave de expansión y una llave número 15, porque normalmente, si intentas aflojar solo de un costado, el otro lado gira en falso y se dificulta sacar la tuerca. Así que, para evitar problemas, lo mejor era sujetar de ambos lados al mismo tiempo.

De esa manera logramos liberar la llanta, moverla y reajustarla en su sitio correcto, buscando dejarla lo más centrada posible en el marco. Eso era clave, porque si quedaba torcida, interrumpía el proceso de giro y el roce no nos iba a dejar avanzar con fluidez.

No tardé demasiado, porque realmente no era nada complejo. Me demoré más en organizar las cosas y dejar las herramientas en su sitio que en ajustar la rueda. Así que tampoco fue una pausa tan larga, apenas la leva justa para recuperar un poco de aire y enseguida poder avanzar.

Con todo listo, retomamos la marcha, con la mente clara de que cada minuto contaba y que no podíamos permitirnos más demoras innecesarias.

Recuperamos la marcha y, al mismo tiempo, verifiqué que todo estuviera en orden con la rueda trasera. Todo marchaba de maravilla, y Martínez también estaba atento, confirmando de un vistazo que la reparación había quedado espléndida.

Así que decidimos avanzar sin titubeos, pues aún no habíamos terminado de dominar aquella inclinada retadora. Ni siquiera sabíamos si estábamos, al menos, a la mitad de aquella imponente subida que parecía no tener fin.

Pedaleo tras pedaleo, con aún más determinación que el anterior, nos aferramos a la idea de terminar y hacerlo rápido, pues sabíamos que más adelante nos esperaba aún más camino.

En ese tramo ya no había espacio para la reflexión ni para el divague; solo existía la montaña, imponente, mostrándonos su cara más dura. Y, aun así, parecía tener cierta compasión: nos dejaba avanzar por sus mejillas sin interrupción, como si nos retara con firmeza, pero al mismo tiempo nos concediera la oportunidad de demostrar que éramos capaces de dominarla.

Después de unos treinta minutos de subida llegamos a la segunda parada. Esta vez fue el cansancio el que nos obligó a detenernos: necesitábamos agua. Mi garganta estaba seca y solo deseaba probar el líquido más esencial para la vida.

No bebimos del río, sino de las botellas que llevábamos como parte de nuestra provisión. Aun así, al ver correr el agua clara entre las piedras, comprendí que ninguna bebida envasada podrá jamás reemplazar la pureza que nace de la tierra.

Me entristece pensar que este recurso vital, que debería ser de todos, hoy está en manos de industrias que lo comercian y lo convierten en negocio, como si fueran dioses dueños de la vida. Y mientras tanto, la explotación minera envenena ríos y destruye ecosistemas, arrancando a la naturaleza lo que con tanto esfuerzo nos ofrece.

Sueño con el día en que pueda beber de un ojo de agua, un manantial donde el agua emana en su estado más puro. Ese sorbo no solo sería frescura para el cuerpo, sino esperanza para el espíritu: la certeza de que todavía podemos cuidar lo más sagrado que tenemos.

Después de aquellos sorbos de agua de nuestras botellas, la sensación fue grata: a pesar de estar lejos de un río, el simple hecho de refrescar nuestros labios y dar hidratación a nuestros cuerpos sudados y salados nos devolvía un poco de energía.

En medio de ese segundo descanso, Martínez comentó algo totalmente cierto:
—Jhon, tan locos estamos que desde que salimos de Riohacha no he visto pasar ni una bicicleta a nuestro lado.

Aquella observación me sorprendió. De inmediato hice un recorrido mental y no encontraba recuerdo alguno de haber visto a alguien más en la misma ruta que nosotros. Esa soledad me produjo una mezcla extraña de valentía y euforia, como si estuviéramos atravesando un camino reservado solo para nosotros.

—¡Bestia, bestia! —dije entre risas—. Es cierto, estamos locos. Pero precisamente esa locura le da un nuevo significado a este viaje.

Más allá de la meta de llegar a Santa Marta, lo que sentía en ese momento era la ilusión de vivir una experiencia única, una exclusividad que pocos podrían imaginar. En un mundo donde el sistema, la inseguridad o el dinero parecen ser barreras, nosotros nos estábamos acercando a algo diferente: la libertad de atrevernos a vivir lo extraordinario.

Eso nos hizo felices por un motivo que no logro explicar, pero en serio nos dio una fuerza repentina, como si la magnitud de este viaje se revelara de golpe. Aunque al final quedara incompleto en su forma original, era incomparablemente único y valioso.

Por más corto que pareciera, para nosotros tenía un prestigio enorme: éramos dos jóvenes adultos que nos atrevimos a retar nuestros cuerpos y nuestras mentes, escapando de la rutina. No lo hicimos por lo común de la época ni por lo que dictaban los demás, sino por una ambición distinta, ajena a todo lo que era “normal” entonces.

Vivimos en ese breve descanso un ciclo de reflexión inigualable, solo para nosotros. Entre imaginación, preguntas y sentidos interiorizados, nos dimos un momento para comprender lo que estábamos viviendo.

Al levantarnos, no lo hicimos solo para avanzar de nuevo, sino con la firme decisión de estar presentes en cada instante de la experiencia. La mejor energía fluyó entre nosotros, como un lazo invisible que nos impulsaba a seguir adelante.

Aún en la ladera de la montaña seguíamos exhaustos, pero con ansias de continuar el camino que se extendía frente a nosotros. Martínez tomó la delantera y dio el primer pedalazo; yo lo seguí de inmediato, manteniendo la marcha que él marcaba.

El compás de los pedaleos comenzó a tomar firmeza. Esta vez me animé a cantar en voz alta. No recuerdo bien qué melodía fue, solo sé que de la nada surgió un fragmento de una animación de marcha militar: cuerpo de acero, mente de acero… y otras frases que inventaba sobre la marcha. Ese canto animó nuestro avance, y canté con tanta fuerza que lo último que recuerdo haber dicho, casi como grito de contagio, fue:

—¡Esto no nos puede quedar difícil, esto no es nada!

Y, como si la carretera respondiera a nuestro ánimo, vimos un cambio repentino: el camino se tornó más fácil y el pedaleo se volvió sorprendentemente ligero, casi al ritmo de nuestra propia canción.

No es mentira lo que voy a decir: habíamos terminado de subir la montaña. El entorno comenzó a llenarse de más presencia de fauna y, poco a poco, el camino se volvió más recto.

Lo curioso es que no lo comprendimos de inmediato. Íbamos tan concentrados en el pedaleo intenso que, sin darnos cuenta, habíamos dejado atrás lo más difícil. Solo al mirar alrededor entendimos que ya llevábamos un buen tramo recorrido: un enorme progreso, una conquista silenciosa que se había ido gestando paso a paso.

Fue alentador ver que nuestros pedalazos tenían más resultado y que la marcha se volvía más rápida. Esa sensación es única, como ver el fruto de tu esfuerzo casi de inmediato.

El ánimo estaba por los cielos. Además de la recta, comenzamos a notar cómo algunas bajadas aceleraban aún más nuestro avance, dándonos tiempo para descansar, porque por un momento no había necesidad de pedalear.

Recuperábamos terreno rápidamente, y poco a poco comenzaron a aparecer esas cosas únicas que en la ciudad habían dejado de verse. Eran señales claras de un aislamiento total frente al ajetreo de Santa Marta, donde el ritmo parece ir a mil por segundo y todo sucede con prisa.

Allí, cada persona lleva en el rostro un gesto de apuro, como si el tiempo nunca alcanzara. Y quizá eso sea lo más normal en una ciudad: un lugar donde siempre hay oferta y demanda, donde lo que mueve a la gente no es tanto la calma de vivir, sino la urgencia de conseguir, vender, comprar y correr detrás de lo inmediato.

Quienes se convierten en colaboradores de empresas privadas o públicas quedan sujetos a ese régimen: cumplir horarios, ajustarse a normas internas, seguir la rutina que la organización dicta. Así, la vida se ordena no por el ritmo natural del cuerpo o del entorno, sino por las exigencias de un sistema que rara vez se detiene.

La ausencia de calma en la ciudad es evidente, y quiero aprovechar para dar mérito a una de las prácticas que me ha brindado la oportunidad de sentirme pleno y de valorar la interiorización profunda. Hablo de la meditación y de los ejercicios de respiración consciente.

Llevo años incorporándolos en mi vida, casi ocho, y gracias a esos espacios he podido fortalecer cualidades y virtudes que nacen de la calma alcanzada en la práctica.

Para quienes no conocen mucho sobre el tema, me daré el gusto de compartir mi experiencia y recomendar lo que, con dedicación y constancia, me ha dado frutos durante estos casi ocho años de buena práctica.

Seguimos pedaleando todo lo que podíamos y lo único que había en el camino era nuestra voluntad de llegar a casa. Lo demás era la melodía de la calma natural: el canto de las aves y el murmullo del río a lo lejos.

Avanzamos sumergidos en un estado de paz, y algo llamó mi atención: la señal reconocida del Parque Tayrona. Esa fue la señal de que, después de tanta marcha, y siendo ya casi medio día, habíamos avanzado por lo menos unos 40 kilómetros desde Santa Marta, confirmando lo cerca que está aquel paraíso natural.

—¡Nunca lo he conocido! —gritó Martínez.
—¡Y yo menos! —respondí, sorprendido.

Aun así, la entrada ya se veía genial: varios letreros evocaban la promesa de un recorrido maravilloso, repleto de plantas y animales increíbles. También había fotografías espectaculares de visitantes acampando en hamacas, disfrutando de campings, y, si no me equivoco, hasta mostraban que en el interior del parque se podían encontrar cómodas cabañas para hospedarse.

Quiero dejar un pequeño paréntesis para quienes nunca han escuchado hablar del Parque Nacional Natural Tayrona. Yo mismo no lo conozco en persona, solo de nombre y por las experiencias que me han contado algunos conocidos, además de lo que pude ver en la entrada.

Este lugar está ubicado en la región Caribe, muy cerca de Santa Marta, y es considerado uno de los tesoros naturales de Colombia. Dicen que allí se combinan selva, playas de arena blanca, montañas y arrecifes. Es hogar de una gran variedad de animales —monos, aves, iguanas— y de una vegetación exuberante que conserva también el legado de los pueblos indígenas que lo habitan.

Por lo que pude notar en los letreros, se ofrecen opciones para acampar en hamacas, disfrutar de zonas de camping o incluso quedarse en cabañas dentro del parque. Muchos lo llaman el “Edén del Caribe”, y aunque aún no lo he pisado, ya me parece un lugar digno de admirar.

Entre gritos y pedaleos comenzamos una charla.

—Martínez, ¿has escuchado alguna vez de la transmutación de los metales? —le pregunté, casi sin pensarlo.

—¿No… y qué vaina es esa de la transmutación? —me respondió, jadeando mientras seguía pedaleando.

—¿Te acuerdas de los arhuacos que vimos de ida? —le insistí.

—Sí, claro… el señor que revoleaba un palo dentro de la calabaza.

Verlo me hizo recordar algo que, de repente, se vino a mi mente. Quizás fue por pasar otra vez por esos lugares donde exhibían las mochilas tejidas con pelo de oveja, o tal vez porque la Sierra misma guarda secretos en cada rincón. Recuerdo bien que un viejo arhuaco aparecía en la portada de un libro que encontré alguna vez, y allí hablaba de un poder antiguo: la transmutación. No solo como el arte de convertir metales simples en oro, sino como una enseñanza profunda de la tierra y de los ríos, una fuerza capaz de transformar lo que parece ordinario en algo de un valor inmenso.

Era un montón de cosas más que vinieron a mí de la nada, como información repentina que atravesó mi cerebro y se volvió charla de camino. Así que comenzamos a hablar de cuentos raros y cosas de misterio.

Y es que la Sierra Nevada de Santa Marta y todo el camino tenían historias para nosotros. Yo sabía algo de ello, no mucho, pero sí había averiguado un poco. Son temas interesantes. Mitos que giran alrededor de la Ciudad Perdida, no solo como un lugar arqueológico lleno de terrazas y escaleras cubiertas por la selva, sino como una ciudad abandonada hace siglos que, según cuentan, está protegida por entidades del más allá.

Dicen que sus alrededores son territorios sagrados, custodiados por los espíritus de la montaña y respetados por los pueblos indígenas que aún hoy le rinden ofrendas. Que en esos sitios nadie entra sin permiso, porque no son simples ruinas, sino espacios donde la naturaleza y lo espiritual se entrelazan. Algunos hablan de luces extrañas, de presencias invisibles, de guardianes que aparecen solo a los ojos de quienes no respetan el lugar.

Por eso mismo, cada sendero de la Sierra no era únicamente un camino físico; también era un recorrido entre leyendas, advertencias y memorias ocultas que se mezclaban con nuestro pedaleo.

Era como si el camino mismo quisiera hablar. Entre pedaleos y jadeos, la charla se fue llenando de historias raras, cuentos de misterio que parecían nacer de la Sierra misma. Yo sabía algunas cosas, no muchas, pero lo suficiente como para entender que esas montañas guardaban secretos. No se trataba solo de la Ciudad Perdida, ahora arqueológica y silenciosa, sino de algo mayor: la Línea Negra, ese límite invisible que no aparece en los mapas pero que envuelve toda la Sierra Nevada. Decían que unía la nieve con el mar y que, en cada punto sagrado, los mamos velaban para que nadie alterara el equilibrio del mundo. Algunos turistas tenían que pedir permiso para entrar, no porque lo dijera un letrero, sino porque, al traspasar esa frontera invisible, se entraba en un terreno donde lo espiritual pesaba más que lo físico. Y allí, entre la tierra, los ríos y los mitos, surgían las historias de transmutación: metales que podían volverse oro y guardianes invisibles que custodiaban el corazón de la montaña.

Mi amigo también aportó lo suyo. Mucha de la información la había visto en programas de televisión, en esos canales que buscaban mostrar la riqueza cultural del país. Señal Colombia, por ejemplo, con sus reportajes llenos de datos, o el Canal Uno, que además de noticias traía documentales y caricaturas que no se limitaban solo a los sábados como en Caracol o RCN.

Eran otros tiempos, y no siempre era fácil tener buena señal en casa. Había que ingeniárselas para captar lo que se pudiera, pero justamente por eso cada transmisión se volvía valiosa, como si abriera una ventana a mundos desconocidos. Eso explicaba por qué aquellas historias de misterios, culturas y territorios sagrados se quedaban grabadas en la memoria y volvían a la conversación mientras pedaleábamos.

La aventura continuó. Después de tanta charla sobre cosas extrañas y esas conversaciones que solo nacen en la carretera, seguimos avanzando. No había necesidad de detenernos ni de mirar el reloj: el tiempo, en ese camino, parecía no hacer falta.

¿Quién, en Riohacha, no inventó alguna vez una antena con aros de bicicleta para mejorar la señal? Entre más alta y con mejores bases, más alcance se creía tener. No puedo decir con certeza por qué funcionaba —eran supuestos, experimentos de barrio: aros de aluminio, cables de cobre conectados a la tele, una que otra improvisación—, pero lo importante era la intención: traer imágenes y relatos que de otra forma no llegaban.

La conversación se interrumpió de golpe cuando nos tentaron unas matas de coco al borde de la vía. Los frutos estaban grandes y maduros, fuera de toda cerca, y la tentación nos obligó a frenar. Miramos alrededor con cuidado: solo el tráfico pasaba veloz, nada más. “No hay nada de malo en coger algunos”, dijimos en voz baja; si alguien nos regañaba, pediríamos disculpas. El objetivo era claro: bajar los que pudiéramos en segundos, rápido y sin drama. Entre risas y planes de hurto exprés, nos lanzamos a la faena.

Uno tras otro, cada vez más rápido, Martínez parecía entrenado para descargar cocos desde lo alto sin escalera ni equipo de seguridad. Ninguno llegaba a estrellarse contra el suelo: yo estaba ahí, atento, atrapando cada fruto antes de que se partiera. Él calculaba bien los lanzamientos y me los tiraba directo a las manos, haciéndome más sencilla la atrapada.

En menos de diez minutos habíamos vaciado aquel gajo. Frente a nosotros se apilaban al menos quince cocos, listos para el festín. Era increíble: no solo porque servirían para hidratarnos, sino porque además sabían deliciosos. El primero que probé me supo a gloria; aunque fueron pocos sorbos, se sintieron como un premio ganado… pocos porque ese coco terminó partiéndose, víctima del afán del momento, sin ninguna necesidad real.

Cuando Martínez consideró que ya era suficiente, comenzó a descender con la misma soltura con la que había subido. Al pisar tierra, sonrió con aire triunfante, como diciendo: “qué fácil fue esto… y ahora, a comer”. Nos acomodamos en el mismo sitio, a un lado de unas matas que nos daban sombra y cierta cobertura para pasar desapercibidos, como si nada hubiera ocurrido.

La risa, el dulzor del agua de coco y la complicidad de la carretera fueron el sello perfecto de aquella travesura —que algunos podrían considerar robo, aunque conste que no estábamos en medio de una finca ni dentro de un cercado.

El primer reto vino después: abrir los cocos para comenzar a comer. De tanto hablar, casi habíamos olvidado la necesidad de alimentarnos. Además, aún no encontrábamos un río adecuado para descansar, darnos un baño y preparar el almuerzo.

Así que nos pusimos a reventar cocos con toda la energía. Y vaya que valió la pena: estaban deliciosos. La fibra aún tierna, frágil porque le faltaban algunos meses para madurar del todo, le daba a cada bocado una firmeza distinta, con esa sensación de estar probando algo fresco, único, como recién sacado de la naturaleza. Todo había sido fruto de un poco de esfuerzo y ánimo, porque los cocos no iban a bajarse solos para decirnos: “somos de ustedes, humanos, vengan y disfrútennos”.

Y claro, teníamos que contar nuestra manera de abrirlos, porque si no, la historia perdería sabor. Fue difícil, sí, pero el hambre despierta la creatividad de la supervivencia. Justo al costado había una cerca con un palo terminado en punta: perfecto para la tarea. Lo usamos como herramienta improvisada y le dimos varios macanazos por arriba, hasta que el primer coco cedió y dejó salir su pulpa.

Martínez observó sorprendido lo rápido que funcionó la maniobra. Yo no perdí tiempo: abrí el coco, bebí el agua de inmediato y no desperdicié ni una gota. Estaba espléndida, fresca, como un regalo inesperado en medio del camino. Después lo partí a la mitad y me puse a comer directamente de la fruta, disfrutando cada pedazo como si fuera un premio ganado a pulso.

Al final terminé comiendo con una cuchara, porque quedaba un poco de carne pegada y sin la herramienta adecuada era difícil sacarla. Pero con todo lo que encontramos y lo que cargábamos encima, logramos pulir el almuerzo y comer de manera adecuada, sin darle más vueltas al asunto.

Terminamos satisfechos con casi nada: tres cocos cada uno bastaron. El agua fresca y la pulpa suave fueron suficientes para darnos una sensación de saciedad instantánea, lo cual resultaba extraño, pues el hambre era de verdad. Sin entender del todo, observamos que aún contábamos con nueve cocos en espera. La decisión fue rápida: ahora teníamos cinco mangos y nueve cocos como parte de nuestro inventario de viaje, algo alentador, porque podíamos avanzar sin preocuparnos por el almuerzo.

Ese cálculo nos llenó de energía y alivio general. Limpiamos el lugar, cargamos lo que quedaba y nos sacudimos un poco el polvo que nos cubrió al habernos sentado directamente en el suelo para descansar después del pequeño festín. Luego de ese respiro, nos levantamos decididos: a marchar, que todavía quedaba pedaleo garantizado.

Aquella maniobra de operaciones especiales fue rápida y, sobre todo, efectiva: surtió combustible directo a nuestros músculos. La calma que trajo a la sed fue distinta, como de otro nivel. No sé qué cantidad de hidratación se consigue realmente con el agua de coco natural, pero la experiencia fue impresionante. El jadeo, la sequedad de los labios y la garganta desaparecieron como por arte de magia. Incluso Martínez lo soltó con esa manera suya de bromear:

—¡Joda, Torres, esos cocos me dejaron fue full!

Seguíamos en nuestro retorno, con el ánimo arriba pero con los bolsillos casi vacíos: apenas $4.600 de vuelto del último billete grande que nos quedaba y, en mi bolsillo, $2.200 más. Ese era todo nuestro saldo, a la espera de alguna idea gastronómica que pudiera darle vida al arroz que llevábamos. La liga ya se había acabado, el aceite quedaba en menos de un cuarto de botella, la sal era casi la bolsa entera, un ajo solitario y una ramita de cebollín marchita por lo aporreada. Ese era nuestro arsenal de cocina, el que teníamos que estirar con ingenio.

Así que, después de todo, aquello no era más que supervivencia directa. Los recursos naturales debían aprovecharse, y conocer la fauna y la flora era importante… pero, ¿a quién íbamos a engañar con la idea de comer tubérculos o ramitas secas? ¡Jajajaja! No, cocos y mangos no estaban nada mal para mantenernos en pie.

Pero eso no fue todo. Más adelante —mucho más adelante— nos topamos con algo que transformaría aquella calma en una sensación distinta, incómoda, casi como si la aventura quisiera recordarnos que no todo era disfrute ni abundancia.

Después de pasar distintos pueblos en el camino y algunos puentes que unían los cruces sin interrumpir el fluir de los ríos, seguimos viendo lo habitual para los cicloviajeros: monte a un lado y al otro, nada más cierto que eso. A veces, de repente, aparecían pequeñas comunidades que se abrían a los costados, formando barrios vivos en la ruta, en contacto directo con los pasajeros y turistas que transitaban por allí.

Por eso la venta de comida, frituras y frutos cultivados estaba presente casi en cada esquina. El turista que realmente sabe reconoce el valor de esas microactividades, porque en ellas está la esencia de las relaciones humanas: no solo se efectúa una transacción o un intercambio, también se conocen personalidades únicas y se prueban sabores auténticos. Era la comida cocinada a fuego de leña, la carne al carbón, el chorizo chisporroteante o el plátano relleno de queso.

Más de una vez, el olor de la carne hizo que el estómago reclamara con rugidos su atención, como un aviso contundente de que pedía un buen trozo. Y si el simple aroma bastaba para despertar antojos, al tener contacto visual con esos manjares, la conciencia del hambre se expandía de manera suprema, como si cada fibra del cuerpo quisiera unirse al picao sabroso.

Habíamos tomado el viaje de una manera distinta. Desde que la reflexión, el diálogo, el disfrute y las charlas comenzaron a fluir sin prisa, todo cambió. No había afán de nada, solo la continuidad propia de quien se propone llegar a un destino. Claro, avanzar era esencial, pero esta vez observábamos, valorábamos, nos deteníamos a orinar con calma o a “hacer del dos” sin la gestión acelerada de otros momentos. Se había convertido en una verdadera exploración.

En el camino de regreso a casa vimos cosas nuevas. Pasamos por muchos lugares que al inicio habíamos dejado pasar sin darnos cuenta. Eso fue sorprendente. Y lo digo con certeza: recuerdo lo que había de ida y lo que había de regreso; parecían vías distintas, casi como rutas alternas a las que usamos al comenzar. Aun así, era inevitable reconocer detalles grabados en la memoria periférica.

Más adelante, alejados de las casas, algo al otro lado de la cerca me atrapó la mirada. Era algo que me gustaba demasiado y, sin pensarlo mucho, incité a mi amigo a evadir la seguridad del alambre para infiltrarnos en propiedad ajena. Lo reconocí al instante: la forma del árbol, sus hojas y, sobre todo, los frutos, eran inconfundibles.

Se trataba de un árbol de guama, y desde lejos se veían listas, alargadas y provocativas. No pude contenerme y grité:

—¡Mira, Martínez, guamas! ¡Mira, mira, Martínez!

Él me respondió con rapidez, apuntando con la mano:

—Allá, en medio de ese pastizal a la izquierda… sí, se ven buenas.

Frenamos de inmediato, y sin pensarlo mucho se nos ocurrió cruzar la carretera para analizar la situación. Echamos a un lado las naves y, con mirada de cazadores urbanos, comenzamos a tantear el terreno, evaluando qué podíamos hacer para conseguir algunas. La intención era más que clara.

Bueno, ya no era intención: esto se volvió acción. Me pasé la cerca al ver que no había nadie por el lugar, ni siquiera a lo lejos hasta donde alcanzaba mi vista. Fui el primero en cruzar, usando el alambre como si fuera escalera; la cerca estaba firme y resistía bien el peso, al menos lo suficiente para dejarme pasar.

El siguiente fue Martínez, que no dudó en seguirme. Si íbamos por esas guamas, había que trabajar en equipo y hacerlo rápido: al fin y al cabo, estábamos en propiedad ajena. Pasamos y comenzamos a caminar hacia los árboles, que se levantaban a unos 350 metros más adelante. Desde allí todavía se veía la carretera, porque el monte no estaba tan alto, así que, atentos, no descuidamos las bicicletas ni un segundo.

Cuando por fin llegamos, la ilusión se vino abajo: era cierto que el árbol estaba bastante cargado, pero de cerca la impresión fue desalentadora… las guamas no estaban maduras. Todo el esfuerzo parecía en vano.

Bueno, ya no era intención… esto se volvió acción. Me pasé la cerca al ver que no había nadie por el lugar, ni siquiera a lo lejos alcanzaba a mirar alguna presencia. Fui el primero: crucé el alambre tomándolo como escalera, pues la cerca estaba bastante firme y resistía el peso, al menos lo suficiente para pasar.

El siguiente fue Martínez, que no dudó en seguirme. Si íbamos por las guamas, teníamos que trabajar en equipo y hacerlo rápido, porque estábamos en propiedad ajena. Pasamos y comenzamos a caminar hacia los árboles, que estaban por lo menos a 350 metros adelante. Desde allí todavía se veía la carretera, porque el monte no era tan alto. Eso sí, de manera atenta no descuidábamos las bicicletas ni un segundo.

Había mucha siembra de pasto, así que nuestra conclusión fue inmediata: estábamos en un pastizal para vacas. Y la idea se reforzó todavía más cuando vimos el suelo lleno de boñiga fresca en distintos puntos, clara señal de que aquello era territorio de ganado.

No le dimos más vueltas; antes de seguir investigando tomamos la decisión de subirnos a las matas y revisar fruto por fruto, con tal de conseguir al menos una guama lista para llevar. En el lote había dos árboles: uno más pequeño, que escogí yo, y otro más alto y cargado que quedó para Martínez.

De cerca era más fácil notar el estado de la fruta: si estaban muy delgadas y sin ese color amarillento, estaban verdes, y sería un desperdicio tomarlas. No tenía la mínima intención de arrancar alguna solo por ocio. El primero en cantar victoria fue Martínez, que encontró una en buen estado y de buen tamaño. Yo seguía palpando y mirando las que me quedaban cerca.

Después de un rato, y ya en lo más alto, hallé una lista para comer, pero la verdad no era tan grande, así que la tiré con desinterés: yo quería más. Seguí buscando hasta que, casi por terminar, encontré una de buen tamaño. Ya llevaba dos, y Martínez tres, porque había tenido suerte con dos más.

Pero justo cuando guardábamos nuestras ganancias con la persistencia en pie, algo comenzó a picarme intensamente en las piernas. Miré hacia abajo y no hizo falta mucho esfuerzo para ver un parche negro que cubría gran parte de mis pantalones. ¡Eran garrapatas! Pequeñas, pero montadas por todos lados, pegadas en cada hoja del árbol en el que estábamos trepados.

Eso fue una alerta inmediata. Con tono de tragedia grité:
—¡Nojoda, garrapatas por todos lados!

Martínez miró, y con cara de susto soltó un grito:
—¡Joda! Tengo un poco, son pequeñas…

Había garrapatas por todas partes, era una infestación total. Después de ver las primeras, notamos su presencia casi que en todos lados: en el pastizal, en las ramas, en los zapatos y hasta en los pantalones que teníamos puestos. Fue un fastidio total, de lo peor que uno pueda desear.

Sin pensarlo dos veces salimos corriendo de ese lugar, sin diálogo de por medio; fue una reacción contundente y necesaria. Al ver tantas pegadas a la ropa, lo único urgente era sacudirnos, limpiar todo lo que llevábamos encima y escapar de allí como fuera.

Corrimos de regreso por donde mismo habíamos entrado, todavía con las guamas en las manos, pero esta vez esquivando cualquier monte alto y evitando todo roce directo con las plantas del entorno. La sensación de picazón era inmediata, así que nos quitamos los suéteres de prisa y los usamos como armas contra la plaga, dándonos golpes y sacudidas con desespero.

Comenzamos a sacudir los jeans de manera exagerada, levantamos las botas de los pantalones hasta lo más alto posible y, con los dedos, arrancábamos una a una las garrapatas diminutas que ya estaban chupando sangre de nuestras piernas. Parecían pequeños botones clavados en la piel, y creo que así les llaman en algunos lugares, porque son difíciles de detectar y su picadura casi no se siente. La única forma de notarlas era cuando ya estaban llenas de sangre: redondas, infladas, parecían vejigas diminutas y asquerosas, reventadas de rojo.

eso fue no solo brutal era un mensaje claro de que fue el mas grande error de ese momento.

Fuera, al lado de las naves, casi que desnudos, supervisábamos que no quedara ni una sola de esas plagas en nuestros cuerpos. Martínez, desesperado por la rasquiña, se rascaba la espalda contra un árbol con tanto afán que terminó provocándose un enorme moretón. Todo ese desespero venía de la pelusa que se le había pegado al bajar del árbol, sumado a la comezón que ya traíamos encima. Fue como un regaño de la naturaleza, una lección directa por nuestros atrevimientos.

Había garrapatas por todas partes, una infestación total. Al principio pensamos que eran unas pocas, pero luego notamos su presencia en todos lados: en el pastizal, en las ramas, en los zapatos y hasta en los pantalones que teníamos puestos. ¡Un fastidio total! La peor cosa que alguien pueda desear en medio de una aventura.

Sin pensarlo, salimos corriendo de ese lugar sin cruzar palabra. Fue una reacción contundente y necesaria: sacudir la ropa, limpiar todo lo que cargábamos y escapar de allí como fuera. Corrimos de regreso por donde habíamos entrado, todavía con las guamas en las manos, pero esta vez esquivando cualquier monte alto y evitando el más mínimo roce con las plantas.

La sensación de picazón era inmediata. Nos quitamos los suéteres de prisa y los usamos como armas contra la plaga, golpeándonos y sacudiéndonos como locos. Los jeans los movíamos de manera exagerada, levantábamos las botas de los pantalones hasta lo más alto posible y, con los dedos, arrancábamos las garrapatas diminutas que ya estaban chupando sangre en nuestras piernas.

Parecían pequeños botones pegados a la piel, y entiendo por qué en algunos lugares les dicen así: son casi imposibles de detectar y su picadura pasa inadvertida. La única manera de notarlas era cuando ya estaban infladas, llenas de sangre. Redondas, brillantes, parecían vejigas diminutas repletas de rojo, una imagen tan desesperante como incómoda.

Nos marchamos de ese sitio con una experiencia más que contar y con una lección contundente del mismo universo: no siempre lo que se desea con afán está destinado a ser nuestro. A veces, la naturaleza nos recuerda con firmeza que la prudencia también forma parte del viaje. Ya teníamos cocos, ya teníamos mangos… suficiente para seguir adelante. Lo demás era solo capricho, y el precio por la imprudencia quedó marcado en cada picadura y en el recuerdo de aquel momento.

Aunque fue duro, llevábamos algunas guamas, así que les dimos de baja de una vez y comenzamos a comerlas. Estaban ricas, con buena pulpa en cada semilla y un dulzor que se sentía como un premio inesperado. Nos levantamos, y lo único que quedó de nosotros en ese lugar fueron las marcas alborotadas de nuestras pisadas, testigos del afán y la sacudida para librarnos de las garrapatas.

Martínez, que siempre se toma todo a broma, comenzó a decir que un poco más y quedábamos secos de tanta garrapata jalando sangre por todo lado. Sus palabras dieron ánimo, y entre la risa y las carcajadas seguimos adelante. Nos levantamos, cruzamos la cerca y retomamos el camino en las bicicletas. Al final no había sido tan malo, solo que nos quedó claro: nunca más entraríamos en un sitio lleno de pasto o cruzaríamos una cerca sin autorización.

Pedaleábamos de nuevo cuando le pregunté:
—Hey, ¿sabes en dónde estamos? No sé por qué, pero no logro diferenciar algunas cosas.

Martínez, con esa calma suya, respondió:
—Hay que darle, creo que más adelante hay un puente donde podemos cocinar la cena.

Y tenía razón. De tanto parar ya eran como las tres de la tarde y no habíamos almorzado, pues nos habíamos llenado solo de frutas recogidas en el camino.

Efectivamente, más adelante encontramos el puente. Habíamos avanzado bastante y decidimos bajar. No era muy diferente a otros ríos en los que habíamos estado, pero este tenía un detalle particular: había casas muy cerca, tan cerca que se escuchaban las voces y las risas de una familia que jugaba algún juego de mesa. Entre bromas, reclamos y celebraciones repentinas se alzó un grito que nos hizo sonreír:
—¡Gané! ¡Hagan sus apuestas, mi gente, que la suerte está de mi lado!

No había peligro. No creo que por cocinar responsablemente debajo del puente supusiera algún inconveniente para aquellas personas que solo alcanzábamos a escuchar a lo lejos.

Así que manos a la obra. Le dije a Martínez:
—Voy por la leña, mientras puedes ir armando las bases para el fogón con algunas piedras grandes.

Me marché río abajo, confiado en que lo bueno de los ríos es que siempre tienen una variedad de ramas a sus costados, seguramente arrastradas por la corriente en las crecientes. Eso siempre nos facilitaba todo. En poco tiempo reuní un buen tronco, varias ramas de buen peso —garantía de que arderían de maravilla— y otras más pequeñas, perfectas para prender rápido y asegurar el fuego inicial.

Tomé la leña en brazos y comencé a moverme hacia donde Martínez ya había elaborado la base del fogón con tres piedras bien acomodadas, listas, como esperando la leña para encender nuestra improvisada cocina.

Martínez comenzó a atravesar las ramas entre las piedras, dejando una base cómoda para acomodar el caldero sin problema. Esta vez, para prender el fuego, utilizamos unas bolsas que él ya tenía preparadas; eso aseguraba que la chispa se mantuviera bajo control mientras íbamos echando los trozos de madera más pequeños, que pronto empezarían a arder.

Mientras estaba en la tarea de encender, Martínez me dijo:
—Hey, Torres, este lugar está muy bonito. Adelante hay otra casa, vi a una pareja sentada en una silla bajo una enramada. El sitio tiene más siembras, se ve genial.

De mi recorrido no había visto más que monte, río y piedras, así que no tuve mucho que contar. El fuego, en cambio, sí me dio buenas noticias: la bolsa prendió rápido con la mechera que cargábamos, y en cuestión de segundos la llama tomó fuerza. En poco tiempo el fuego estaba vivo, respirando con intensidad, listo para alcanzar su punto más alto y darnos la base perfecta para cocinar.

Comenté que teníamos que aprovechar todo de una vez, que valiera por almuerzo y cena, pues quizás sería nuestra última comida cocinada a leña. Igual no había de qué preocuparse: aún guardábamos los cocos y los mangos para el día siguiente, así que comida no faltaría.

Decidimos preparar el arroz, aunque no había con qué acompañarlo. Lo justo era ponerme en marcha a pescar mientras se cocinaba. Entre risas, Martínez soltó su comentario:
—Con tus “si hubiera” me haces reír, Torres, ja, ja, ja…
—Pues sí, le respondí, fue una locura comprar tan pocas cosas y creer que serían suficientes para viajar tanto. ¡Definitivamente estábamos desubicados!

Las carcajadas siguieron entre el humo del fogón y el burbujeo del arroz. Al final, lo que había era lo que había. Me quité la ropa, quedé en bóxer y comencé a explorar el río, que estaba helado. El agua fría me puso la cosa muy complicada: el frío nunca ha sido lo mío, y a esa hora se sentía aún más intenso.

Con solo mover unas piedras me di cuenta de que el sitio estaba lleno de vida: peces pequeños que se movían en cardúmenes rápidos, y las piedras tapizadas de hongos verdes, que siempre son señal de buen lugar para buscar camarones. No tardé mucho en confirmar mis sospechas: uno, de buen tamaño y color oscuro, estaba ahí listo para probar mi paciencia. Apenas lo atrapé, sentí la fuerza con que trataba de escaparse, como si supiera que de esa lucha dependía seguir con vida.

En esos momentos, el tacto es el verdadero aliado. Las manos se deslizan suaves sobre la piedra, formando una malla natural, mientras el cuerpo entero está alerta a la mínima señal de movimiento. Si uno se confía, el camarón se escabulle en segundos, aprovechando no solo su velocidad, sino también su coraza que lo camufla tan bien que parece desaparecer. Esa es su manera de sobrevivir, y no es poca cosa, porque no solo yo ando tras él: en la orilla lo esperan garzas y martines pescadores, que con solo un picotazo se lo llevan; en el agua, bagres y mojarras lo acechan sin descanso, y hasta los mismos cangrejos o camarones grandes le hacen la guerra. Es un ser pequeño, pero siempre puesto a prueba por todos los lados.

Por eso, cuando lo sostuve en la mano, entendí que no era un simple bocado: era el resultado de su lucha en medio de tantas amenazas. En la costa, pescar camarones no es novedad, es costumbre. Cada familia aprovecha lo que el río ofrece, no con desperdicio sino con gratitud. Y así, mientras yo seguía buscando más, no podía dejar de pensar que esa práctica sencilla —levantar piedras, mojarse las manos, afinar la mirada— nos conecta con la naturaleza tanto como a las aves, los peces o las nutrias que también lo persiguen. Todos somos parte de lo mismo: sobrevivir y aprovechar la oportunidad que nos da el río.

Así que cuando atrapé mi primera presa lo ideal era no hacerla sufrir mucho. Con rapidez le estripé la cabeza, tal como me enseñaron hace tiempo mis primos, guías y practicantes dignos de respeto. Fue casi un reflejo: el primero ya estaba listo.

Al poco rato apareció otro, grande, escondido bajo una roca. Ese sí que me sorprendió: me dio un buen mordisco con sus tenazas. El dolor me sacudió, pero también me dio el impulso para actuar con destreza y rapidez. Lo aseguré, lo levanté y, aunque forcejeaba con rabia, lo sacrifiqué rápido. Este camarón era distinto: más grande, con un tono rojizo en el caparazón y la cola salpicada de puntos. Era hermoso, pero mi papel ahí era asegurar la comida y seguir.

Después de un rato, pude comprobar que la faena había sido excelente: tenía como catorce camarones en mis manos y un frío intenso que me hizo entender que era hora de terminar. Volví por donde había llegado, y a lo lejos vi que Martínez me hacía señas, como si fuera un aviador guiando un aterrizaje. Eso me dio risa, pero también me hizo darme cuenta de que el tiempo había pasado volando.

Salí a la orilla trotando, con las manos en el pecho protegiendo el botín. Apenas me acerqué, lo primero fue la joda:
—¡Oye, qué estabas haciendo! El arroz está listo hace rato, te fuiste muy lejos.

Le mostré los camarones y de inmediato le llamó la atención el grande, con las tenazas sobresaliendo entre los demás, más pequeños y oscuros.
—¡Joda, ese animal está gordo! —dijo—. ¿Cuántos hay? Bueno, no sé, pero vamos a cocinar, que el tiempo se fue volando.

Yo ya estaba preocupado porque el arroz llevaba rato listo y hasta Martínez se había bañado mientras me esperaba. Me cambié rápido y le dije:
—¿Y si no comemos ahora, sino en la noche?

—¡Estás loco! —respondió—. Yo sí me voy a comer lo mío y lo guardo en la barriga, en serio.

Al final, cocinamos de inmediato. Martínez no perdió tiempo en freír los camarones en el sartén; ese olor a marisco fresco fue una recompensa inmediata. Yo, por mi parte, no tenía tanta hambre todavía, pero él sí se sirvió al ojo y comenzó a devorar.

Fue entonces que noté algo raro:
—¡Hey, faltan camarones! ¿Qué pasó?

De una soltó la carcajada:
—¡Nojoña, tas atento! Me comí dos hace un rato, jajajaja.

Yo lo sabía. Solo había seis en el sartén, cuando tenían que ser ocho. Pero así era: cuando cocinaba Martínez, siempre cobraba “impuesto” en la cocina. Y yo solo podía reír, porque la verdad es que él es muy comelón… traga como si nada, sin reservas.

Martínez se comió todo, y sí que fue bastante: medio caldero de arroz y los camarones. Aunque eran pocos para tanto arroz, le dieron buena pinta al plato. Yo, en cambio, apenas probé un poco; lo demás lo guardé en una bolsa, “por si acaso”. Antes de salir, se me ocurrió abrir dos cocos para completar la comida. Esta vez fue sencillo: una vez retirada la parte superior por donde se sostenía la fruta, quedaba expuesta una concavidad. Ahí metí el cuchillo una y otra vez hasta alcanzar la pulpa. Con unos cuantos golpes firmes logré atravesar la coraza y el agua brotó. El segundo lo abrí igual: bebimos, sacamos la fruta con cuchara, y con eso cerramos la comida.

Organizamos todo y nos preparamos para salir. El esfuerzo fue grande: para volver al nivel de la carretera había que empujar las bicicletas por un sendero angosto, subiendo hasta recuperar el asfalto. Al salir, vimos venir a un señor con dos niños, en plan de bañarse: llevaban toallas y el hombre un machete, quizá por seguridad o para pescar. Nosotros seguimos, y antes de comenzar a pedalear vi a Martínez bostezar con gusto.
—Estamos como llenitos, ¿no? —le dije.
—Creo que me pasé… solo a ti se te ocurre comer tanto —respondió riendo.

La tarde estaba calmada. El sol ya no quemaba, el viento soplaba sereno y, tras un rato de marcha, el color del atardecer cerraba un día intenso. La idea era avanzar hasta llegar a casa, así que seguimos rodando. Ese día cruzamos Palomino, Río Negro, Río Ancho y Mingueo como si nada, sin darnos mucha cuenta de dónde estábamos realmente.

El descanso y la pesca me habían dejado en un estado de calma: dentro de mí solo había un objetivo claro, avanzar y avanzar. Martínez simplemente me seguía. Al llegar a Mingueo pensamos en parar para dormir en algún sitio, pero él, viendo que yo ya planeaba algo, me dijo:
—Jhon, hoy démosle, por allá dormimos.
No hizo falta pensarlo mucho: seguimos.

Pasamos por la bomba de gasolina casi al final del pueblo, con el ánimo de haber logrado un gran avance ese día. Seguimos y seguimos. Ya era tarde, la noche nos envolvía, pero también nos regalaba cierta frescura: pedalear sin el sol encima era un alivio. La carretera se volvió distinta: oscura, con apenas la luz fugaz de los vehículos que pasaban rumbo a Riohacha o más allá. Esa luz, aunque breve, era un apoyo: nos permitía asegurarnos de que adelante no hubiera obstáculos.

Pedaleamos hasta el límite: sudados, con sueño, las piernas ardiendo como motores encendidos. A ratos hablábamos para animarnos: “si pasamos Mingueo, más adelante está la entrada de otro pueblo”, nos repetíamos, esperando encontrar allí un lugar donde dormir. La marcha se hacía lenta, pesada; el dolor en las nalgas ya pedía detenernos. Pero la oscuridad del camino, la claridad de la luna y la terquedad de ambos nos empujaban a seguir.

Después de unos 40 minutos de esfuerzo vimos lo que buscábamos: las luces de un pequeño caserío llamado Casa de Aluminio, reconocido por la máquina que tritura piedra a la entrada. Todo estaba cerrado, pero al lado izquierdo vimos una parada de bus hecha en concreto, con paredes anchas. Era la opción perfecta.

Me orillé primero para revisarla. Apoyé los brazos en un costado, tomé el borde, me alcé con esfuerzo y miré adentro.
—¡Guála, esto está perfecto! —dije. Era un planchón limpio, alto y seguro.

Me bajé cargado de paz y le dejé a Martínez que mirara. Subió sin esfuerzo, lo observó y dijo:
—Sí, Torres, aquí podemos dormir. Súbete.

Lo hice, y entre los dos subimos primero su bicicleta y luego la mía. El planchón era ancho: dejamos las bicis a un lado y todavía quedaba espacio suficiente para dormir sin problema. Habíamos encontrado nuestro refugio.

ERA COMO UNO DE ESTOS PARO MAS DESCONTINUADOS PUES ESTABAN ECHO DE SEMENTO BLOQUE Y CONCRETO. DE COLOR BLANCO 



La última noche fuera de casa

Después de cuadrar las bicicletas y ver el espacio, sacamos las hamacas para tenderlas en el poco sitio que teníamos para descansar, para al menos hacer una base cómoda, pues el concreto era rústico y frío. Usamos las sábanas como almohadas. Así comenzó el descanso, mirando al cielo y dándome cuenta de que estaba increíblemente estrellado, con pocas nubes y una luna en cuarto menguante espléndida. En medio de la poca contaminación lumínica, el cielo se volvía un lugar único para perderse en preguntas y sensaciones muy diferentes.

Tras unos minutos hablando sobre lo vivido y lo logrado, ya nos encontrábamos arriba, en un paradero de buses al aire libre, contemplando el cielo. Martínez solo me dijo que al día siguiente llegaríamos y que dormiría tres días seguidos para recuperar fuerzas. Me sonó exagerado, pero entrando en razón entendí que era la tercera noche durmiendo fuera de casa, ajustándonos como podíamos a las circunstancias, con latas y bajadas continuas, como si fuera una rutina de vida. Pero sabíamos que todo había sido de golpe y que el cansancio se acumulaba poco a poco.

Al mirar a un costado, vi a mi amigo ya dormido, y yo no quería hacerlo. Mirar el cielo es una de mis cosas favoritas, y desde allí se veía genial. Dormirme fue un reto. Después de un poco más de tiempo, se me vino a la mente la cena. Me levanté con cuidado, sin interrumpir el descanso de Martínez, me acerqué a mis cosas, tomé la botella de agua y la bolsa con la comida. Quería comer en calma mirando el cielo. Me senté con las piernas cruzadas, abrí la bolsita con cuidado y salió un olor espléndido.

Fue tan único que, de la nada, Martínez abrió los ojos, se levantó y fijó la mirada en mi comida. Eso fue de comedia: dormía profundamente y, al sentir el olor del arroz mezclado con los camarones fritos, resucitó de su sueño. Terminé riendo y también invitándolo a compartir. Sacó de sus cosas el sartén y las cucharas. Dividí por igual y comimos con calma. A lo lejos se escuchaban ladridos de perros, después pasó una moto que salía del caserío, todo normal. Luego, todo se volvió calma total.

Comimos, bebimos agua. Martínez me dijo “gracias” y se acostó a gusto en su parte a descansar. Los zancudos nos localizaron y comenzó el ataque. “Los helicópteros”, dijo Martínez entre risas.

Yo eché mi bolsita a un lado, guardé el agua y me acosté en calma. La brisa era tenue y discontinua. Mi cuerpo aún estaba muy caliente como para sentirme a gusto de arroparme, así que no hubo más que espantar y aplastar al enemigo mientras estuve consciente.

Me acuerdo bien: debajo de nosotros se escucharon voces de varias personas. Fue una alarma, y me asomé a mirar hacia abajo. Vi a varias personas esperando ser recogidas; todos tenían uniformes con logos de guineos en la espalda. Estar allí arriba de la nada se volvió incómodo. Escuché sus conversaciones: parecían conocerse, hablaban sobre cortes, riegos y trabajo pendiente. Eran como las cinco de la mañana. Con sueño todavía, solo quise seguir durmiendo y eso hice. Concluí que a esa hora los recogían y que cuando saliera el sol ya no estarían allí.

Salió el sol, era un nuevo día. Esta vez fue Martínez el que despertó primero. Me sacudió, y al abrir los ojos hizo el gesto de taparse la boca.
—No hagas ruido —me dijo en voz baja.

Amanecer en el paradero

—Hay gente debajo de nosotros todavía —repliqué, asomándome con calma. Esta vez eran más callados, todos pendientes de sus teléfonos y algunos hablando entre ellos. Se trataba de una manada de estudiantes esperando ser recogidos.

Martínez, un poco incómodo, me susurró:
—¿Y ahora qué? Se van pronto, pero toca esperar para bajar de aquí sin llamar la atención. Y apúrate, parce, necesito ir al baño, estoy que me hago.

—Tranquilo, calma, dentro de poco se van —le respondí.

Mientras tanto recogimos todo, guardamos cada una de las cosas que habíamos utilizado para descansar y amarramos nuestras pertenencias en las parrillas de las bicicletas. Sin pleito, solo quedaba aguantar. Pasaban carros, buses, motos, y la gente saludando con su clásico “buenos días”, mientras nosotros lo único que queríamos era bajar de allí. Fue hasta chistoso, así que me dediqué a cepillarme los dientes con un poco de agua, despacio, matando el tiempo.

Cuando terminamos, aún seguían los estudiantes abajo, y parecía que cada vez llegaban más. Martínez comentó:
—¿Y si bajamos con ellos, qué pasaría?

—Nada grave, pero mejor es no llamar la atención. Mira cómo estamos… Esperemos, falta poco —le dije.

De repente sonó un motor que se fue acercando, y la voz de un conductor se escuchó fuerte:
—¡Buenos días, vámonos mi gente!

Ese aviso encendió a todos: la multitud corrió rápido, como buscando el mejor puesto. Fue una señal increíble. Por fin podríamos bajar del lugar que habíamos usado como descanso: aquel paradero de buses.

Asomamos nuestras caras justo cuando escuchamos el motor arrancar. Era una chivera, esos carros que se usan para viajar de manera informal. Estaba repleta, tanto que parecía imposible que entrara una persona más.

Al verla perderse a lo lejos, Martínez se asomó con calma, miró debajo de nosotros y dijo:
—No hay nadie, mi gente.

De inmediato se bajó a toda marcha. Yo, al verlo en tierra, le pasé primero su bicicleta, luego la mía, y bajé enseguida. Nos hicimos a un lado del lugar y miramos el sector con la claridad del día: todo se veía distinto, más amplio y real.

Allí, en una pequeña subida, estaba una loma con un portón blanco y otros detalles que me trajeron recuerdos de aquel paso. Martínez, con urgencia, me dijo:
—Jhon, toca arrancar ya, que estoy que exploto.

Así que nos montamos de nuevo en las bicicletas y comenzamos a pedalear. Al menos nuestras piernas estaban descansadas, y eso nos daba ventaja para seguir el camino.

Adelante vimos un monte extenso, y fue allí donde a Martínez le llegó el momento. Yo no perdí la oportunidad, así que entramos a pie en la maraña, abriéndonos paso entre la vegetación. A medida que avanzábamos, la maleza se hacía más espesa. Martínez, con afán, sacó el papel y en un minuto desapareció entre los matorrales.

Yo miré hacia la derecha y, a pocos metros, encontré un buen lugar para mí. También fui con el papel en mano, y por ahí me acomodé.

Al terminar, salimos de la maraña. Esta vez, la cara de mi amigo mostraba una despreocupación total, como nunca antes lo había visto. Antes de montarme de nuevo en la bicicleta, revisé con cuidado las llantas, por si se habían encontrado con alguna espina que pudiera pincharlas. Lo que sí noté fueron muchísimos cadillos pequeños pegados en las ruedas, en ambas, y también en las de Martínez.

Los zapatos no se salvaron tampoco: estaban llenos de restos de maleza con pequeñas espinas , algo muy normal en mi tierra.

Era todavía temprano, quizá las siete de la mañana. No lo sabía con certeza, pero las clases de mi abuela me ayudaban mucho a calcular la hora según la posición del sol y la sombra. Ella solía decir que, si uno estudiaba con calma el movimiento del sol, podía medir el tiempo sin necesidad de reloj. Yo intentaba ponerlo en práctica mientras pedaleábamos, y Martínez se reía de mi insistencia en esa vieja enseñanza.

Lo único que nos alarmaba era la fuerza del sol. Apenas habían pasado unas horas desde su salida y ya se sentía ardiente, golpeando fuerte sobre la tierra y sobre nuestra piel. Esa era la señal más clara de que nos acercábamos a Riohacha: a medida que avanzábamos, los colores vivos desaparecían, dejando un paisaje más seco, más duro, donde la sequía dominaba todo.

La gente también hacía parte de esa escena. En el camino se escuchaba el alboroto de quienes esperaban su camión para llegar al trabajo o al colegio, mezclando voces y risas con el ruido de los motores viejos. Nosotros seguíamos adelante, sabiendo que el recorrido todavía era largo y que el viento en contra no nos daría tregua.

Ese cambio en el ambiente era propio de nuestra tierra. La Guajira tiene un clima caprichoso: por tramos, la frescura de los montes se convierte en un desierto abierto donde la tierra se agrieta y la vegetación se rinde. El sol aquí no es solo luz, es un reloj natural, un guardián que marca las horas y endurece a quien se atreve a cruzarlo.

No todos conocen cómo es Riohacha y su entorno. Pocos imaginan que aquí el desierto se mezcla con el mar Caribe, que en un mismo día se puede ver arena infinita y sentir la brisa salada. A los lados de la carretera aparecen las rancherías wayuu, humildes pero llenas de tradición; allí se tejen mochilas y chinchorros que guardan historias y colores de un pueblo que ha sabido vivir bajo este sol implacable.

Aún estábamos lejísimos —ni siquiera habíamos pasado el peaje ni llegado a Camarones—, pero el sol ya pegaba como para quemar. No era solo una señal: era la advertencia de que teníamos que aprovechar la calma que quedaba y, sobre todo, decidir si seguir de frente sin poner resistencia. Según nuestros cálculos, si no dábamos todo lo que teníamos en las piernas llegaríamos tarde; y moriríamos de hambre —los siete cocos y los cinco mangos no serían suficientes para aguantar otro día entero en la carretera. Así que la decisión fue clara: avanzar, encarar el viento y sacar lo último de nosotros para asegurarnos el regreso.

Dimos la mejor iniciativa después del desalojo de la tripa. Martínez, con esa voz medio ronca y clara de la mañana, soltó en alto:

—¡Joda, hace hambre! ¿Qué tal si abrimos un coquito y desayunamos?

De una le respondí que sí, que un coco no estaba nada mal. Así que, antes de darlo todo en el pedal, sacamos el cuchillo y abrimos dos cocos. Tomamos su agua, fresca y dulce, y luego nos dedicamos a la carne. Eran cocos firmes, con la pulpa más dura y resistente, nada de blanditos; pero para nosotros no había problema. Comimos todo, incluso dejamos un trozo aparte para seguir mascando mientras avanzábamos.

Después de sacarle el jugo al coco, lo único que quedaba en la boca era ese “babazo”, el afrecho difícil de tragar. Tocaba masticarlo lo más posible y, ya en la orilla del camino, botarlo de un soplo hacia afuera. Fue un desayuno raro, sencillo, pero suficiente para volver a agarrar fuerza y darle a la ruta.

La arrancada fue brutal, un impulso que salió de lo más profundo después de reconocer nuestra situación. No había otra opción: era darlo todo, como si fuera un sprint final, apretando hasta el último músculo para alcanzar el máximo resultado con el máximo esfuerzo. Martínez mantenía el gale, firme, abriendo camino adelante, y yo detrás, concentrado en no soltarle rueda, en mantener el paso.

Lo correcto habría sido arrancar el día con un buen desayuno, jugo fresco y pulpa de fruta para cargar energía como hacen los que entienden de resistencia. Pero esa nunca fue nuestra costumbre. Nosotros nos lanzábamos a la carretera sin más preparación que las ganas, medio a lo novato del año, confiando solo en la terquedad y el deseo de avanzar.

En esa falta de método había, sin embargo, algo poderoso. Dependíamos de nuestros recuerdos, de lo que improvisábamos, de lo que las personas que hicieron parte de esta aventura nos compartían en el camino. Éramos, en esencia, pura voluntad: el viaje más desajustado que podíamos haber hecho, pero también el más rico en experiencias únicas, en situaciones propias de una verdadera aventura.

No tardó mucho el afán. Martínez mantuvo un buen paso, firme, pero de la nada soltó una parada brusca y se orilló. Yo lo apoyé de una. Estábamos sudados, jadeando como perros, y con el sol pegándonos directo en la cara.

Dejamos las bicicletas a un lado y nos tiramos en la orilla de un canal que estaba junto a la berma. Ahí le dimos un respiro al cuerpo: riendo y sufriendo al mismo tiempo, pero sin llegar todavía al límite absoluto.

Después de descansar un poco nos levantamos, y ahí fue cuando Martínez, como loco, me invitó a realizar una competencia de flexiones. Obviamente no lo dudé y comenzó el reto. Nos volteamos y empezamos a flexionar con buen ritmo; alcanzamos 22 continuas, pero ya mamados apenas logramos unas 5 más, a lo mucho.

Al terminar, nos levantamos y bebimos agua como camellos. Eso nos dejó casi sin nada de líquido, señal de alarma que nos preocupó aún más. Teníamos claro que debíamos encontrar el siguiente río para recargar agua lo más pronto posible. En la mente nos rondaba la certeza de que se avecinaban tramos difíciles: escasez de agua, calor insoportable y, más adelante, los ríos salobres como el Ranchería, sumados a la sequía y al sol continuo.

Nos pusimos serios. Había dos opciones: si estábamos lejos del próximo río, tocaba aguantar… o pedir agua en alguna casa que encontráramos. Esa preocupación fue suficiente para retomar la marcha con cabeza fría, dosificando la energía: primero calmados, después un poco de empuje, otra vez calmados y luego más fuerza. De esa manera llegamos a Río Claro.

En cuanto lo vimos nos abalanzamos sobre él, no solo por la sed, sino también por el calor de las diez de la mañana. En ese momento algo se me vino a la mente: estar en Río Claro era una señal. Todavía nos faltaba Puente Bomba, después el Santuario de Fauna y Flora Los Flamencos, cruzar el peaje y llegar a Camarones. Y desde Camarones, al menos veinte kilómetros más. Esa idea fue como una gran cachetada de realidad, propia de un viaje que apenas nos estaba mostrando su dureza.

Debajo del puente lo primero fue beber agua a todo dar, como si no hubiera mañana. Nos enjuagamos la cara con las manos para sentir alivio y nos hicimos a un lado, bajo la sombra, para refrescarnos un rato. Entre el descanso y la calma noté que la bicicleta de Martínez estaba un poco baja de aire, se le veía hundida. Quizá solo era aire, porque a veces los gusanos dejan escapar muy despacio, como si la llanta estuviera apenas espichada o ponchada.

Sacamos la bomba y comenzamos a inflar con cuidado, apretando y soplando para no pasarnos de presión. Al final vimos que quedó bien: no se escuchaba ningún silbido que señalara fuga, así que no estaba pinchada, al menos no a simple vista.

Ya listos, mientras llenábamos cada botella con agua, saqué una camisa y la humedecí en el río para aliviar el calor. Martínez, al escucharme comentar dónde más o menos nos encontrábamos, agarró ánimo y de inmediato me jaló a retomar la marcha.

Cruzamos el puente y entramos al pueblo del otro lado del río. Vi un montón de canastas repletas de mangos siendo cargadas a un camión; se veían deliciosos. Pasamos frente a tiendas, billares, restaurantes y hasta gasolineras, avanzando sin parar.

Y de despedida casi nos ataca un perro. Salió de repente, ladrando con furia, pero por suerte su dueño lo detuvo con firmeza. Aun así, el animal retrocedió sin dejar de ladrar, acompañado por sus “amigos”, otros perros que se unieron al alboroto.

Pasamos el lugar y, más adelante, había ganado atravesado en la carretera. Varias vacas estaban justo en medio de nuestra ruta. Como Martínez iba adelante, comenzó a gritar:

—¡Fuera jaca, jaca!

No decía “vaca”, sino “jaca”, lo cual me pareció muy gracioso. Pero lo cierto es que las reses, al escuchar sus gritos, se apartaron sin afán y pudimos avanzar. Intrigado, le pregunté qué significaba eso de “jaca”. Entonces me contó que, en su niñez en la finca, ayudaba a mover el ganado para el ordeño, y así era como gritaban sus tíos cuando arreaban las vacas a caballo.

Ese recuerdo dio paso a algo más profundo: Martínez comenzó a narrar cómo su familia había sido desplazada por grupos armados no identificados, que los corrieron de su tierra porque querían el ganado y usar el lugar para pernoctar. Incluso su papá se atrevió a reclamar y, por ello, fueron amenazados. Sus padres, viendo lo delicado del asunto, decidieron salir de inmediato.

Desde entonces, su vida cambió. Llegaron a Riohacha, donde tuvieron que pagar arriendo y aprender a vivir en la ciudad, enfrentando múltiples dificultades. Él no pudo terminar de estudiar porque tuvo que comenzar a trabajar y aportar en la casa. Esa experiencia lo marcó profundamente, le dejó un sabor de desinterés por las oportunidades truncadas, y en medio de todo decidió prestar el servicio militar. Fue allí donde lo conocí yo.

El “Picinero”, como lo llamaban cuando apenas lo distinguía entre pelotones, resultó ser una persona muy humilde, sin lugar a dudas.


Después de escuchar su historia con atención, seguimos pedaleando y reflexionando sobre lo duro que es tener que adaptarse a la fuerza, de repente, en condiciones muy difíciles. Es muy duro, pero a pesar de tanto esfuerzo, solo hay una opción: seguir avanzando, porque la vida sigue.

Aunque no lo creamos, nunca seremos las mismas personas. Jamás. Las cosas siempre son diferentes; siempre hay algo nuevo, algo novedoso en nuestro particular entorno.

Aquellos que nos proponemos estar atentos para aprender, lo logramos. Y en ese camino nos enriquecemos con lo que vivimos, siempre.

Cada experiencia, en especial un viaje como este que estaba a punto de terminar, fue novedosa y estuvo llena de lecciones simples. Recuerdo algo que me sirve de motivación cuando estoy en medio de algo intenso: cada pedaleo es importante, avanza y aprende. A eso me refiero cuando digo que una historia vivida puede marcarme como persona. En mi brazo me tatué “La vida sigue”, en homenaje a momentos como estos, donde todo parece perdido, difícil o simplemente complicado. Ver esas palabras me recuerda la verdad de estar presente y afrontar la adversidad de este plano momentáneo en donde vivimos.

Después de una hora y media de marcha llegamos a Puente Bomba. Eso fue alentador: desde Río Claro hasta allí, según el medidor de distancia de Google Maps al que tengo acceso ahora, fueron trece kilómetros. Fue un buen avance, pero desde ahí comenzó el hambre. Ya solo quedaban 5 cocos y 4 mangos.

Bajamos, descansamos un buen rato, partimos dos cocos y nos comimos los mangos, aunque dos de ellos estaban muy maltratados. Con eso almorzamos. Esta vez no nos pusimos a pescar: solo nos bañamos con calma en el río, sin otra intención. Había muchas personas bañándose también, y se escuchaba a lo lejos el sonido de una motosierra, de seguro cortando algún árbol para madera.

Terminamos el baño, salimos y continuamos. Estábamos muy conscientes de que debíamos avanzar. La idea de solo tener 3 cocos para tanta actividad por delante era muy desalentadora.

Desde ese instante la situación comenzó a tornarse diferente. Teníamos que avanzar por lo menos cuarenta kilómetros, y eso era demasiado en una situación normal, sin tanto agotamiento y hambre. Anhelábamos un buen trozo de pollo, carne de res o unas simples pastas con condimentos que nos brindaran sazón y ese aroma reconfortante de comida caliente.

A partir de ese punto entramos en un estado extraño, como de resistencia automática. No hicimos más que avanzar; era la única opción legible en nuestras miradas, en nuestro cuerpo y en nuestra fuerza de voluntad. Tanto así que casi no recuerdo nada del tramo siguiente, hasta que apareció la curva y una señal alentadora que anunciaba la presencia del peaje a 100 metros.

A la derecha vi varias motos de alto cilindraje de la Policía de Tránsito realizando revisiones, acompañados del Ejército Nacional. También había un tanque militar y tropas con reflectivos y señalizaciones de “Pare”. A nosotros ni nos miraron; pasamos sin problema por el estrecho carril para vehículos de dos ruedas, en su mayoría motocicletas, que no pagan peaje.

Imagino que tanta presencia militar en los peajes es algo normal, pues en el mercado se escucha mucho hablar de contrabando y de otros negocios ilegales, como el del cigarrillo y el alcohol. Eso parecía explicar aquella vigilancia tan fuerte.

Pasamos el peaje sin ánimos en el rostro, y desde ahí nos quedaban todavía unos treinta kilómetros. El cansancio y el dolor en los músculos, sumado al ardor en las nalgas por tantas horas de bicicleta, se sentían cada vez más pesados. Más adelante paramos para hidratarnos y buscar sombra. Era ya más del mediodía y el sol estaba en su punto: si se derramaba agua en el suelo, se evaporaba de inmediato. Lo más duro era la exposición constante al sol, eso sí que puede acabar con cualquiera.

Las temperaturas extremas que sentimos en ese tramo se deben a la geografía propia de la Guajira. Esta región combina un clima semiárido y desértico, con muy poca humedad en el ambiente, escasas lluvias y una radiación solar muy intensa durante la mayor parte del año.

En las horas cercanas al mediodía, el sol cae de manera casi vertical sobre la superficie, lo que eleva la sensación térmica y hace que el suelo se recaliente con rapidez. Además, al no haber muchos árboles ni vegetación densa, no existe sombra natural suficiente para contrarrestar ese efecto. La brisa del Caribe, que a veces refresca, en otras ocasiones llega caliente, como si avivara aún más la sequedad.

Todo esto explica por qué, a pesar de que eran solo unos kilómetros más, la sensación de fatiga se multiplicaba: el sol no perdona en esa tierra, y cada minuto bajo él desgasta el cuerpo más de lo normal

La pasamos tan mal en ese tramo final que parecía increíble. Nos quedaban apenas treinta kilómetros de los ciento setenta y dos, y aunque en números era casi nada, en nuestro estado se sentía como lo más duro de todo el camino. Muchas cosas se nos olvidaban; el cansancio nos nublaba la mente.

Después de un rato en la sombra y de recuperar un poco el aliento, notamos algo extraño. Si mirábamos al horizonte, parecía que del asfalto saliera un vapor, una ilusión provocada por el calor extremo. Aquello nos dejó atónitos. Martínez ya no reía; el ánimo se había apagado por completo.

Yo, por mi parte, apenas podía cubrirme la cara con una camisa, intentando soportar esa sensación sofocante que traía el aire ardiente. El sol y el calor nos envolvían como un castigo inevitable, haciendo que cada pedalazo pareciera eterno.

No era una ilusión, era la verdadera realidad que estábamos experimentando, y sí, era vapor puro. Al retomar, las energías ya no eran las mismas: cada pedalazo parecía el de un cuerpo débil y lento, pero contaba, y por eso no podíamos dejar de darlo.

Recuerdo que el viento estaba en contra nuestra; por eso el esfuerzo era mayor. Si esos soplos hubieran sido refrescantes, otra historia sería, pero eran ráfagas de un ardiente porvenir, ¡jajajaja!

Las ilusiones comenzaron a aparecer, y eso da risa porque nos obligó a bajarnos de las bicicletas. Cada vez que un carro pasaba a nuestro lado, sentíamos como si nos empujara fuera del camino, sin resistencia alguna. Entonces decidimos caminar, porque era mejor que aguantar viendo cómo cada pedalazo se volvía insignificante. Después alternábamos: un rato pedaleando, otro a pie.

Eran como las dos de la tarde, y a diferencia de los ritmos anteriores, esta vez no había nada que alentara; era como si ya estuviéramos al límite. Más adelante nos orillamos bajo un viejo trupillo que apenas daba sombra. Orinamos, partimos dos cocos —quedaba uno—, comimos, bebimos agua para ajustarnos y luego nos echamos un rato a la orilla de la carretera.

Primero seguimos caminando. Faltaba poco para llegar a Camarones; desde la distancia se veía la torre de señal telefónica. Parecía cerca, pero en realidad no lo estaba. Avanzamos y avanzamos, y aunque parecía que nunca llegaba el final, después de un buen rato, por fin habíamos llegado a Camarones.

Con el ánimo por los suelos, hechos polvo por el camino y todavía con veinte kilómetros por delante, solo había una opción: seguir.

Pasamos por la entrada de Camarones y, de la nada, salió una persona en bicicleta. Ese fue el primer avistamiento de alguien que también planeaba afrontar la vía sobre dos ruedas. Era un señor que llevaba puesto un sombrero y lucía unas guaireñas wayuu de color azul, con suela hecha de llanta de carro. Pasó casi al lado de nosotros y nos saludó con un “¡yejjje!” corto. Nosotros respondimos con un “¡guepaaa!”.

Nos pasó como si nada, se le notaba el afán, pero lo más curioso fue su pedaleo: hacía seis u ocho impulsos seguidos, luego una pausa, y después volvía al ritmo. Una técnica auténtica para manejar el viento y guardar fuerzas. Aun así, no insistimos en seguirle el paso.

Decidimos bajarnos justo en el mismo lugar donde antes habíamos reparado la bicicleta. Nos recostamos contra una pared y nos relajamos de manera descuidada. Por suerte, al menos no nos robaron las bicicletas. En medio de ese descanso nos echamos más que un micro sueño, fueron por lo menos unos veinte o treinta minutos.

Al despertar, vi a Martínez profundamente dormido, con babas y ronquidos, mientras a mí me ardían los ojos como si estuvieran completamente resecos. Sentía una sensación de cansancio muscular extremo, pero al mismo tiempo el cuerpo y la mente se percibían frescos. Ya eran como las cuatro de la tarde y el sol seguía persistente, empeñado en achicharrarnos vivos.

Pero mi decisión en el momento fue despertarlo para seguir. Se despertó de inmediato y su reacción fue preguntarme la hora. Además de mí, Martínez también quería regresar a casa y descansar en el seno de su familia con un triunfo personal, aunque sabía que la familia siempre espera por ti.

Nos levantamos con un aura diferente, frescos. Martínez se limpió la cara con agua, porque realmente el sueño había sido profundo. Yo también me lavé el rostro, refrescando mis ojos y limpiando el polvo y el sudor acumulados.

Al levantarnos, sabía que faltaba poco, y considerando el cansancio, era un gran muro que teníamos que derribar. Abrimos y comimos el único coco que nos quedaba, lo hicimos con gusto y bebimos agua. Ya no llevábamos más que nuestros calderos, hamacas, sábanas y la poca ropa que nos acompañaba.

Nos movimos empujando las bicicletas, sin apartar la vista de nuestra dirección. Veinte kilómetros no son nada si podemos llegar. Mi amigo Martínez me pidió que esta vez yo fuera delante y manejara como si fuera la última vez.

Comencé con un movimiento lento, pero consciente, plenamente consciente de todo mi entorno. Acepté el calor que hacía, acepté nuestro agotamiento, acepté mis decisiones y mis equivocaciones. Acepté todo. Me puse en sincronía con el ambiente. No era la primera vez que sentía este sol en la cabeza, ni la primera vez que no tenía qué comer, ni la primera vez que enfrentaba algo difícil. La vida misma me había enseñado mucho, y era hora de levantar todo lo que yacía en mí para motivar a mi amigo a seguir y llegar a casa, sanos, con una aventura única que, al menos para nosotros, era muy valiosa.

Desde el primer pedaleo hasta que llegamos a la Cachachaca, fue para mí el tramo más especial de nuestro recorrido. El atardecer yacía nuevamente detrás de nosotros, y estábamos como a cinco kilómetros de llegar a Riohacha, con la frente en alto. Desde allí, todo se volvió alegría. Vimos nuestra tierra a lo lejos, y eso sí que fue emocionante. En nuestras miradas se reflejaba felicidad.

No éramos los más rápidos ni los más expertos, pero habíamos llegado a la tierra deseada con nuestras fuerzas. Sin ninguna duda, quisimos detenernos para pedir un aventón, pero lo olvidamos al ver nuestra trayectoria. Debíamos llegar en nuestras bicicletas, manejando con nuestras fuerzas, especialmente siguiendo a pesar de todo el estrés que experimentábamos.

Martínez emanaba y compartía sensiblemente que, aunque no había logrado alcanzar su objetivo por completo, había disfrutado cada tramo. Yo lo acompañaba en ese orgullo. Esos cinco kilómetros finales fueron menos de lo que creíamos.

En medio del avance, escuchamos un grito:

—¡Martínez! ¿De dónde vienes, carajo?

Era un amigo que lo reconoció y disminuyó la marcha solo para saludarlo. Luego se rieron juntos. Cuando le preguntó de dónde veníamos, Martínez respondió con un tono único:

—Vengo de Santa Marta, echándole pedal con gusto.

—¡No joda! —dijo el amigo—. ¿En serio estás loco? ¿Vienes de Santa Marta?

Esta vez, fijó la mirada en mí:

—Sí, en serio, venimos de Santa Marta.

Miró las bicicletas, la parrilla, y no preguntó más.

—Bueno, viejito, nos vemos por la casa.

—¿Quién era ese? —le pregunté.

—Es un vecino del barrio, vive cerca de la casa —me respondió

Bueno, al menos teníamos a alguien más que formaba parte de nuestra pequeña trayectoria: otro testigo, alguien que nos llamaba locos y callaba sin poner demasiado en duda.

Adelante, comenzamos a ver chivos a los costados, animales tradicionales, cuidados por jóvenes que los guiaban. Imagino que iban de regreso a su ranchería con afán, lo que quería decir que la manada se había escapado y estaba siendo orientada por tres jóvenes de manera rápida. Fue extraño, pero el rebaño regresaba a casa igual que nosotros, casi con el mismo afán.

Seguimos y pasamos frente al motel con letreros que decían Tentation, la mejor señal de acercamiento. Después de otro esfuerzo más, ¡bienvenidos a Riohacha! Por fin habíamos llegado a nuestra tierra. Estábamos felices, y la marcha desde allí fue diferente.

Todo parecía diferente. En serio, el clima estaba fresco, incluso al ver la bomba y tomar la Carrera 25, luego cruzar por la Calle 26 y llegar a la Carrera 15, la vía que llevaba al Aeropuerto Almirante Padilla. Desde ese punto, todo se volvía más familiar para mí. Personalmente, era mi punto de referencia para las marchas y trotes matutinos, desde allí hasta la playa.

Los recuerdos que surgen de la nada en nuestra mente son valiosos, porque se activan al ver cosas que se relacionan directamente con ellos. Es como una botella de agua que, en el fondo, contiene polvo quieto; ese polvo representa los recuerdos. Cuando un pequeño objeto cae dentro de la botella, el polvo se levanta de manera natural. De igual forma, al ver lugares o personas, ese polvo se levanta dentro de nosotros, llenándonos de memorias casi olvidadas que necesitaban ser despertadas por algún detonante. Desde ese punto, una dosis de emociones comienza a experimentarse de manera casi tangible; es un proceso único que realiza nuestro cerebro.

Eso es maravilloso, y es que la vida es un misterio: cada uno vive en un mundo diferente, con creencias y costumbres distintas. Hay personas que nos caen bien desde el primer momento, y otras que ni de lejos queremos ver; cada uno en su mundo. Pero debemos darnos la oportunidad de aprender y de experimentar emociones únicas que deseamos.

Amemos y aprendamos de cada una de las personas que se nos aparecen de la nada; escuchemos y valoremos el tiempo, que es lo único que da legitimidad a nuestra existencia. Llevemos una vida digna y respetable, con buenos principios y con ganas de servir al prójimo con gusto. Seamos humildes, riamos mucho y vivamos con conciencia y con la mente tranquila, porque siempre debemos dar otro pedalazo para seguir hacia el futuro.

 Justamente eso teníamos que hacer, así que seguimos adelante. Tomamos la Carrera 14 hasta la 39, cruzamos a la Carrera 12 y, desde allí, sentimos nuevamente que estábamos cerca de casa: solo faltaban exactamente ocho cuadras.

Le dimos ánimo a las bicicletas hasta llegar a la cuadra de mi casa. Cruzamos a la derecha y luego a la izquierda, y al ver los pocos metros que faltaban, el descanso se nos adelantó sin nuestro consentimiento: nuestras pedaladas se volvieron las más lentas de toda la marcha.

Al llegar a la entrada de mi casa, nos bajamos para tocar la puerta. Vi a mi madre asomarse, abrirnos y saludarnos, solo preguntarnos cómo nos fue, prestando atención a nuestras caras negras por el polvo y a nuestras miradas llenas de hambre. Entramos y saludamos.

No tardamos mucho en soltar las bicicletas como bultos, recostarlas en la pared y, paso a paso, acercarnos a la alberca para tirarnos ahí, sin energía alguna.

Pero en medio de toda la escena, Martínez dijo:
—En serio, no quiero saber nada de bicicletas por un largo tiempo.

Eso cerró el viaje con una risa general, pues mi madre y mis hermanas nos acompañaron con mucha energía, contagiándonos alegría después de tanta fatiga.

Tirados nos mantuvimos por lo menos una hora, sin casi hacer un movimiento. Yo escuchaba los ruidos familiares: las carcajadas de la vecina, el ladrido de los perros… solo eso. No recuerdo nada más.

En medio del descanso, Martínez se levantó, se sentó y me preguntó:
—¿Será que resisto hasta mi casa?
—Jajaja —le respondí—. En serio, ¿te vas? Si no, no quiero quedarme aquí, porque no sé cuántos días voy a dormir.

—¡Vaya, Martínez! —le dije entre risas—. En serio, estás hecho polvo.

Su decisión fue irse. Se levantó, tomó la bicicleta de la que no quería saber por un largo tiempo, se despidió y arrancó hacia su casa de manera lenta, llegando después de un rato, pues tuvo el detalle de escribirle a mi madre a través de Facebook.

Yo me bañé por orden de mi madre. Saqué agua de la alberca como pude; me dolían los brazos, pero logré mover el tanque hasta el baño. Me desvestí y, al sentarme en el escusado, tomé un momento para dejarme llevar por el estado de ensoñación que cargaba.

Mi mamá me llamó muy fuerte:
—¡Jhon! ¿Te dormiste? ¡Muévete, necesito el baño!

Eso me obligó a levantarme. Cuando eché la primera taza de agua sobre mí, un escalofrío me despertó momentáneamente. Echando otra taza, tomé el jabón y comencé a restregar mis brazos, pecho y espalda rápidamente. Al llegar a mis piernas, noté algo sorprendente: estaban más duras de lo normal. Mis piernas no eran voluptuosas, pero estaban increíblemente fuertes. Me llevé una gran sorpresa: después de ese baño, me sentía extremadamente fuerte de la cintura para abajo, mientras que mis brazos estaban normales. Fue chistoso, pero sí, manejar bicicleta por un largo tramo da un excelente resultado muscular.

Terminé de bañarme, me puse la toalla y dejé que el agua que aún quedaba en mi piel me mantuviera fresco mientras me lavaba los dientes. Comencé a soñar con la cama, salí de allí y me fui directo a dormir.

Me acosté, olvidándome incluso del hambre, y dormí hasta muy tarde del día siguiente. Me levanté como a las [hora de la tarde] porque me llamaron. No fue complicado moverme, pero me dolían mucho las piernas, la espalda y las nalgas, y tenía muchísima hambre.

Había arroz y frijoles para el almuerzo. Comí con mucha gratitud y también bebí bastante agua. Descansé un rato y, de repente, me vino la pregunta: ¿dónde estaba la bicicleta? No recordaba haberla guardado. La encontré en la segunda habitación; mi mamá la había guardado.

Ver la bicicleta, todavía con mis cosas y en completo estado de quietud, fue algo muy extraño. Mi cuerpo respondió de una manera rara, como si fuera una emoción que no podía comprender. Me senté en la silla y, de la nada, sentí un impulso de caminar. Me sentía estancado, incapaz de concentrarme en nada. Mis hermanas estaban en el colegio y mi mamá había salido a hacer algo.

Saber que estaba solo despertó en mí la necesidad de salir de casa, y lo hice. Me levanté, busqué la llave, me puse las chancletas y salí por la parte de adelante. Crucé a la izquierda en busca de algún lugar tranquilo.

Caminé unas diez cuadras hasta llegar a un espacio que estaba limpio; había sido arreglado por una máquina, dejando todo despejado y ordenado, aunque muy desolado.


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