Maloca Wayuu Está Vivo”
Este blog es el reencuentro con una iniciativa que alguna vez se perdió en el apogeo de la rutina diaria.
Hoy quiero retomarla porque, más que un pasatiempo, es una de las experiencias más propias de mi yo interior.Hace dos años vivo en Medellín y, en este tiempo, he pasado por mucho… y también por poco. Trabajo bastante, y eso, como muchos saben, puede consumir a cualquiera que no esté dispuesto a tomar el control de su vida y proponerse metas más allá de lo cotidiano. Todos, de alguna forma, atravesamos situaciones similares: algunas más complejas, otras más llevaderas. Y al final, no queda más que caminar hacia adelante, con resiliencia y esperanza.
No soy escritor ni tengo un título académico todavía (algo que estoy seguro conseguiré más adelante). Pero soy alguien sencillo, que con el paso del tiempo ha aprendido muchas cosas de manera autodidacta. Me considero un soñador consciente, alguien que valora las experiencias al punto de estar dispuesto a pagar por ellas si es necesario.
Algunos que me conocen poco dicen que soy aburrido, que vivo divagando en ilusiones vacías y que mi forma de vida no es la más adecuada. Respeto esas opiniones, aunque reconozco que a veces incomodan. Sin embargo, al final me digo: ¿qué más da? Así soy yo. Y yo aprecio mucho la calma. No me gustan los ruidos exagerados ni los ambientes donde la única forma de entretenimiento es beber o jugar billar.
Prefiero las buenas conversaciones, los retos genuinos y los juegos que realmente estimulen la mente. En mi camino, he adoptado prácticas que me mantienen en una especie de burbuja personal: el deporte, correr, entrenar mi cuerpo, la meditación… y algo que jamás pensé que me apasionaría: la lectura. Lo digo con sinceridad, porque en mi adolescencia nunca sentí interés por los libros. Hoy, en cambio, leer es una de mis formas favoritas de crecer y descubrir el mundo.
Desde prestar el servicio militar hasta viajar en bicicleta de Riohacha a Santa Marta con un presupuesto mínimo y apenas lo básico para superar el reto, he acumulado experiencias que me han marcado profundamente.
También recuerdo cuando entrené más de diez meses seguidos, corriendo cada mañana un largo tramo. Lo hacía porque sentía que esa disciplina me mantenía en constante mejora. Creía —y aún creo— que si tengo un cuerpo fuerte, también desarrollaré una voluntad fuerte, y que esa misma voluntad me ayudará a aprender cualquier cosa que me proponga.
Son estas experiencias, entre tantas otras, las que quiero inmortalizar y analizar a través de este blog. Hoy, a mis 25 años, siento que es el momento perfecto para detenerme un instante, mirar hacia atrás y compartir lo que he vivido, lo que me ha transformado y lo que me inspira a seguir adelante.
En el tramo de mi vida he cometido muchos errores, y debo admitir que fue duro asimilar la gravedad de algunos de ellos. Sin embargo, gracias a esos tropiezos también aprendí mucho.
Hoy entiendo que, para estar mejor, lo primero es reconocer lo vivido, aceptarlo y mejorar, incluso desde un punto de arrepentimiento sincero. Porque puedo decirlo con claridad: hay cosas que, aun cuando ya ha pasado mucho tiempo, todavía pueden doler más de lo que uno imagina.
También soy un emprendedor, aunque debo admitir que me he frustrado muchas veces. Aun así, sigo adelante.
Mi madre es artesana y desciende de raíces culturales Wayuu. Si me preguntan, diría que crecí en la ciudad de Riohacha, donde pasé casi toda mi infancia. Por eso, lo poco o mucho que sé de la cultura Wayuu se resume en algo esencial: para ellos, la familia es lo más importante, sin importar la casta. Esa casta es, más bien, un dato que identifica la procedencia de los abuelos y antepasados.
Los libros fueron una gran escuela para mí. Gracias a ellos aprendí y me convertí en el vendedor número uno de mi madre. Dediqué mucho tiempo a conocer la tradición oral, las costumbres, el impacto social y otras facetas de una cultura sumamente interesante.
Actualmente, los Wayuu son, injustamente, señalados por muchos. A los hombres, en particular, se les discrimina porque son las mujeres quienes suelen cargar el agua, cocinar, cuidar a los niños y, además, tejer. Pero este es un tema que me gustaría tratar con mayor detalle más adelante, porque merece una reflexión profunda.
MalocaWayuu es el nombre de nuestro pequeño emprendimiento. Mi madre crea diseños únicos con sus propias manos y yo me encargo de venderlos y de explorar diferentes mercados. Ahora mismo, mi gran interés es participar en una feria de renombre, sea como sea.
Durante mucho tiempo, la práctica habitual con las mochilas era simple: hacerlas, venderlas y, con lo obtenido, comprar algo para comer o cubrir necesidades urgentes. Así era la vida. Y es que, para quienes lo saben, crecer siendo tres hermanos guiados por una madre soltera no es nada fácil.
En aquellos días, debo confesar, yo era lo que muchos llamarían “un gran dolor de cabeza”. Pero incluso en medio de esa rebeldía, la artesanía y el esfuerzo de mi madre sembraron en mí una semilla que hoy florece en forma de sueños, metas y proyectos como este.
La vida tiene una manera curiosa de ponerte pruebas y oportunidades que fortalecen lo que ya llevas dentro. Lo descubrí después de terminar mi servicio militar, cuando regresé a lo que se conoce como la vida civil. Sin esperarlo, me encontré con un camino nuevo, muy distinto a todo lo que había hecho antes.
El inicio inesperado:
Apenas había retomado mi rutina, cuando de la nada me preguntaron si estaba disponible para trabajar en algo totalmente nuevo para mí: doblar mochilas. En ese momento me pregunté: ¿para qué? ¿por qué yo?
La respuesta llegó pronto: estaba a punto de colaborar en uno de los proyectos más grandes que se han dado en Colombia, nada más y nada menos que la mayor exportación de mochilas wayuu realizada hasta ahora, un lote de 24 mil mochilas.
La experiencia:
Gracias a una amiga de mi madre, tuve la oportunidad de formar parte de ese proyecto increíble. Allí conocí personas valiosas, hice amigos y aprendí muchísimo. Lo mejor es que esas relaciones no se quedaron en el pasado: todavía conservo una gran amistad con María Fernanda, una caleña admirable, firme y valiente para enfrentar la presión del trabajo.
También recuerdo con gratitud al señor Gustavo, siempre lleno de alegría en los momentos difíciles. Era de esas personas que saben levantar el ánimo con un chiste repentino o con una ocurrencia que sacaba sonrisas incluso en medio del cansancio. Y no puedo dejar por fuera a Alejandro, sobrino de María Fernanda, un gran compañero de trabajo que asumía la responsabilidad cuando ella o Gustavo no estaban.
La vida tiene una manera curiosa de ponerte pruebas y oportunidades que fortalecen lo que ya llevas dentro. Lo descubrí después de terminar mi servicio militar, cuando regresé a lo que se conoce como la vida civil. Sin esperarlo, me encontré con un camino nuevo, muy distinto a todo lo que había hecho antes.
El inicio inesperado:
Apenas había retomado mi rutina, cuando de la nada me preguntaron si estaba disponible para trabajar en algo totalmente nuevo para mí: doblar mochilas. En ese momento me pregunté: ¿para qué? ¿por qué yo?
La respuesta llegó pronto: estaba a punto de colaborar en uno de los proyectos más grandes que se han dado en Colombia, nada más y nada menos que la mayor exportación de mochilas wayuu realizada hasta ahora, un lote de 24 mil mochilas.
La experiencia:
Gracias a una amiga de mi madre, tuve la oportunidad de formar parte de ese proyecto increíble. Allí conocí personas valiosas, hice amigos y aprendí muchísimo. Lo mejor es que esas relaciones no se quedaron en el pasado: todavía conservo una gran amistad con María Fernanda, una caleña admirable, firme y valiente para enfrentar la presión del trabajo.
También recuerdo con gratitud al señor Gustavo, siempre lleno de alegría en los momentos difíciles. Era de esas personas que saben levantar el ánimo con un chiste repentino o con una ocurrencia que sacaba sonrisas incluso en medio del cansancio. Y no puedo dejar por fuera a Alejandro, sobrino de María Fernanda, un gran compañero de trabajo que asumía la responsabilidad cuando ella o Gustavo no estaban.
Dentro del proyecto cada persona tenía un rol importante. Recuerdo a Daniela, quien se encargaba de colocar la etiqueta de La Flor de Cali, el emprendimiento de María Fernanda. Una vez ella fijaba la etiqueta, en compañía de su hermano, me pasaban las mochilas y yo me encargaba de doblarlas cuidadosamente, formando una gran montaña lista para ser guardada.
Con la práctica fui aumentando mi velocidad y, al mismo tiempo, tenía espacio para observar el entorno y relacionarme con las demás personas del equipo. Esa dinámica de trabajo no solo era repetitiva, también era un escenario lleno de aprendizajes y descubrimientos.
Uno de esos descubrimientos llegó gracias a un ruido constante, parecido a un suspiro, que venía del primer piso. Al principio no entendía qué era, pero pronto lo descubrí: se trataba de una termoempacadora. Después de doblar, las mochilas pasaban a ser introducidas en una bolsa y selladas en esa máquina. Era un proceso fascinante, casi mágico, que convertía el esfuerzo de todos en un producto listo para viajar al mundo.
Con el tiempo comencé a aprovechar cada momento y decidí aprender a manejar la termoempacadora. Descubrí que podía hacerlo muy bien, y eso me dio mucha satisfacción. La señora María Fernanda, al notar mi iniciativa, empezó a reconocerme con un incentivo extra por el trabajo. Ese gesto me llenó de ánimo y me motivó todavía más.
Pronto ya no solo doblaba mochilas: también las empacaba, las echaba en los bultos y las guardaba. Lo hacía con gusto, con orgullo y, sobre todo, con gratitud. De esa maravillosa experiencia aprendí un sinfín de cosas que hasta hoy conservo como parte de mi crecimiento personal.
Quiero aprovechar este espacio para hablar de la señora María Fernanda, a quien considero una persona muy interesante. Además de liderar el emprendimiento La Flor de Cali, es enfermera de profesión y, si no me equivoco, también estudió filosofía, un tema que siempre ha despertado mi interés.
Durante las largas jornadas de trabajo compartía relatos de su vida profesional, historias que daba gusto escuchar en medio del ajetreo. Sus palabras tenían el poder de enseñarte algo mientras doblábamos mochilas o empacábamos. Por eso la valoro tanto: porque más allá del proyecto, me regaló el aprendizaje y la compañía de una gran persona. Le agradezco haber compartido un poco de su vida conmigo justo en pleno auge de aquel trabajo tan exigente. Entre tantas experiencias valiosas, hubo una que me marcó especialmente. María Fernanda llevó consigo hasta España varios bolsos en crochet tejidos por mi madre, junto con algunas otras piezas. Para mí eso fue un gran logro, no solo para el emprendimiento Maloca Wayuu, sino también a nivel personal: tuve la oportunidad de ser el vendedor oficial de los trabajos de mi madre.
Saber que esas creaciones viajaron tan lejos me llenó de orgullo y me hizo sentir que todo el esfuerzo, tanto el mío como el de mi familia, tenía un propósito mucho más grande de lo que imaginaba.
grandes experiencias en la vida sin ninguna duda..
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